A continuación les dejamos la exposición que realizó Andrés Fielbaum, actual presidente de la FECh, en la presentación de la segunda edición del libro “Los secretos de la Concertación” de Carlos Ominami, en la Fundación Chile 21 el pasado Lunes 14 de Enero del presente año, quien comentó desde su punto de vista el texto. Además del actual vocero de la CONFECh el libro también fue comentado por el Senador UDI Juan Antonio Coloma y el ex diputado DC Gutenberg Martinez.

Estimados, parto saludando al público presente, a la organización y a los otros panelistas, agradeciendo la siempre enriquecedora posibilidad de debatir.

Mi presentación se basará obviamente en el libro, pero entendiendo que es un libro político, que lanza su segunda edición en un momento político determinado. Por lo tanto, lo interesante no es comentarlo en abstracto, sino entender que además de agregar elementos para una mejor comprensión del presente, busca reajustar ciertas piezas en la política chilena. Lo cual es particularmente relevante después de la derrota Concertacionista en 2009, y especialmente después de las movilizaciones del 2011 y 2012, momentos en los que los diversos sectores antineoliberales se debaten sobre cómo enfrentar el futuro.

En ese marco, el principal aporte que hace el libro tiene que ver con una explicación parcial para el proceso que protagonizó la Concertación para llegar al Gobierno (desde que se asume la tarea de ganar el plebiscito de 1988) y principalmente sobre los años que gobiernan.

Cuando uno compara el Chile de 1990 con el de 2010, el resultado es un Chile en el cual el modelo neoliberal impuesto por la dictadura es aún más profundo. Allí se inventó el financiamiento compartido en educación, se permitió a las AFP utilizar el dinero de todos los
chilenos para invertir afuera del país y hasta algunas calles fueron privatizadas, solamente por nombrar algunos ejemplos. No solamente eso: la Política terminó absolutamente alejada de las grandes mayorías, encerrada entre 4 paredes. El concepto de “clase política” no es gratuito, sino que se debe a que se observa un grupo que se autorreproduce y defiende sus propios intereses. Es además un país donde no existe ninguna fuerza política antineoliberal realmente consolidada, que represente una alternativa.

Lo que he dicho no constituye ninguna novedad. Pero lo interesante, es que el libro permite reafirmar que aquello no es un accidente ni es exclusiva responsabilidad de que tengamos una derecha decimonónica, sino que respondió al proyecto de quienes condujeron a la Concertación durante esos años (y que la siguen conduciendo hoy). Tanto porque hay muchos que se enriquecieron con estas profundizaciones (en particular con la mercantilización de la educación) como porque bajo la excusa de la gobernabilidad se decidió priorizar la relación con los principales grupos económicos por sobre el resto de los grupos sociales. Y el actual mapa político tampoco es un accidente, sino que responde a que los sectores “más a la izquierda” de la Concertación, que tuvieron en su momento el arraigo social para constituir un polo antineoliberal potente, decidieron someterse a la misma lógica recién descrita.

Somos varios los que en diversas oportunidades hemos sostenido esta crítica. Pero que los elementos que la sustentan provengan de la experiencia de un importante ex-Concertacionista lo hacen aún más irrefutable. Aún así, me permito insistir: el análisis que ofrece el libro es sólo parcial, pues si bien detalla varios hechos puntuales relevantes, no profundiza en las causas de los mismos, así como omite, por ejemplo, mayor reflexión sobre la relación entre Concertación y empresariado, entre Concertación y movimientos sociales. Es un libro que no alcanza a explicarle a mi generación porqué la alegría nunca llegó. Por lo mismo, como tal explicación
sigue pendiente, ya no solamente como historias y esfuerzos individuales que podamos encontrar, sino como una comprensión del proceso en su conjunto, es que las autocríticas y los arrepentimientos que podamos ver siguen siendo insuficientes y que los distintos rostros de la vieja política nos parezcan tan distintos como comparar Yingo con Mekano.

En esa línea, la Concertación no es el único actor relevante en esta revisión. Si bien el libro es muy decidor para convencer por qué la Concertación no conducirá un proceso refundacional (como el propio libro sugiere), también juegan roles protagónicos la campaña de ME-O el 2009 y la actuación del propio ex-Senador. Respecto a este último, el libro tiene un dejo a autocomplaciencia en términos individuales que no corresponde para alguien con una visión tan crítica según el propio autor. No es posible eximirse de responsabilidad, cuando por ejemplo fue una prioridad “democratizar el derecho a emprender” (como lo define el propio Ominami), y no lo fue el derecho a la educación o a la salud. Y por cierto, cuando se tuvo un rol protagónico en la consolidación de la privatización de empresas públicas, que podrían haber provisto los recursos precisamente para pasar de la focalización a un enfoque de garantía de
derechos sociales en forma universal.

Como decíamos, una temática en la que el libro no profundiza fue el rol que tuvieron los gobiernos Concertacionistas en el desmantelamiento de los movimientos sociales. Y justamente esa carencia caracteriza también el proceso que encabezó (y que al parecer volverá a liderar este año) ME-O. El libro presenta su candidatura de 2009 como una candidatura “en la búsqueda de una renovación de ideas y de liderazgos”. Sin embargo, obvía que es una candidatura que nace sin base social, sin participación en las luchas reinvindicativas que realmente dan sentido a tales renovaciones; el tema no es renovar por renovar, sino que tales renovaciones sean caracterizadas justamente por las mayorías excluidas.

En caso contrario, por muy honestas que sean las intenciones, se convierten en aventuras personalistas, en las cuales el solo ser candidato es más importante que el proyecto que se vendría a representar, que incluso puede no existir. Un ejemplo muy evidente, particularmente claro para quienes provenimos de las luchas estudiantiles, lo podemos encontrar en el propio libro: cuando sobre el final se introducen ciertos lineamientos programáticos, se dice “es probable que, a estas alturas, no sea posible eliminar completamente el lucro del sistema educativo”, y lo restringe solamente a las Universidades; ¡cuando justamente la demanda de
una educación sin lucro en todos sus niveles ha sido una de las principales que han movilizado a los estudiantes!

Más aún, el 2006 cuando hablamos de fin al lucro, el centro estaba puesto en el sistema escolar. No es la intención aquí entrar a debatir sobre este aspecto que puede parecer muy puntual, sino simplemente reflejar cómo liderazgos que simplemente aparecen, por novedosos que sean, no representan realmente un cambio en el carácter de la política si no abren materialmente la política a las demandas y a la participación de las mayorías. Y esta vocación democrática no es algo que simplemente pueda “nacer” como promesa de campaña, sino que se forja justamente en los procesos de construcción que sustentan cualquier proyecto político.

Ahora bien, la pregunta viene a ser entonces ¿qué es lo que requiere Chile? ¿Cómo avanzamos, tal como sugiere el libro, a una refundación de la política en Chile, que permita recuperar nuestros derechos sociales básicos y apuntar hacia una Asamblea Constituyente? El libro sugiere poner el tema de los cambios políticos y en particular de una nueva Constitución en el centro del debate programático del año que empieza.

Me permitiré discrepar con esta tesis, pero prefiero partir con elementos más propositivos.

Ya lo diagnosticamos: en Chile hoy no existe un bloque antineoliberal realmente conformado. Sin embargo, no estamos en 2010. Las masivas movilizaciones de los últimos años demuestran que sí hay en Chile inmensas cantidades de personas que quieren un país distinto, que quieren un Estado más presente, que quieren tener derechos, que no quieren que todos los aspectos de sus vidas estén sujetos al mercado y a la decisión de pequeños grupos de poder. Más aún, estas cientos de miles de personas han estado dispuestas a movilizarse para lograr las transformaciones que buscan, y con ello han demostrado que confían en la acción colectiva y en la política como una herramienta necesaria. Todo ello refleja que hoy día hay mucho mejores condiciones para la generación de un polo político, capaz de reimaginar la izquierda, que realmente apunte a la conquista definitiva de nuestros derechos y a la ampliación de la democracia, y que no requiera subsidiarse en la Concertación para poder existir. A terminar con el rol meramente subsidiario del Estado y con el carácter excluyente y tecnocrático en la toma de decisiones.

La conformación de un bloque de tales características no es tarea sencilla. En lo que respecta a lo que refiere este libro, definitivamente no puede quedar en manos de quienes justamente construyeron el modelo contra el cual nos toca luchar. Hoy muchos nos pueden decir que están arrepentidos, desde la Concertación o desde fuera de ella (porque seamos claros, arrepentirse el 2009, pocos meses antes de la elección presidencial que más difícil se veía para la Concertación, en ningún caso exime de responsabilidad sobre el proceso histórico que esta coalición protagoniza). Sin embargo, tantos años de falsas promesas tienen como consecuencia que nuestra reacción natural sea el escepticismo, suponer que tal arrepentimiento es más bien oportunista para recuperar el gobierno.

Más aún cuando diversos militantes de los mismos partidos que hoy nos dicen que quieren representar políticamente el
malestar mantienen vínculos con el negociado en el que han convertido nuestros derechos, como por ejemplo, con Universidades privadas que legítimamente podemos sospechar que lucran (como el señor Martínez aquí a mi lado). Un gesto mínimo de coherencia sería que los Tribunales de Honor de cada uno de estos partidos, que en los momentos álgidos han manifestado estar contra el lucro en la educación, revise estos casos.

No se trata de excluir a nadie, pero sí de entender que justamente hoy diversas luchas sectoriales asoman por distintos rincones del país, y por tanto diversas fuerzas nuevas han venido despertando e imaginando con una país distinto. La unidad y la proyección política de estas fuerzas, que por construcción son abiertas, inclusivas, transformadoras, y por tanto genuinamente comprometidas con una democratización radical de nuestro país, es lo que le dará sentido y dotará de contenido cualquier proceso refundacional. Carlos Ominami se pregunta en el libro si, en el paso del viejo mundo al nuevo mundo, él será uno de los monstruos que aparecen en el claroscuro, que roban la vida de lo nuevo para extender la vida de lo viejo. La respuesta no está dada, para nadie. Pero para aportar a la llegada de lo nuevo, es condición necesaria que las energías estén por fortalecer la emergencia de nuevos esfuerzos y no por suplantarlos. Y allí no importará si los suplantadores son jóvenes o viejos.

Justamente el carácter poco inclusivo y poco democrático que tiene nuestra política es lo que nos hace preguntarnos si una Asamblea Constituyente hoy sería realmente transformadora. Por cierto que un proceso refundacional debe tener como punto cúlmine una nueva Carta Magna construida en forma abierta. Pero cuando la política en Chile sigue absolutamente secuestrada entre 4 paredes, la Asamblea Constituyente puede convertirse simplemente en una forma más extrema de gatopardismo. Se requiere un compromiso real de los partidos políticos con procesos participativos y con formas democráticas de deliberación. Y esto no son solamente promesas para el futuro, sino que la democracia se construye en el presente. Ya sea siendo gobierno, siendo oposición o siendo una candidatura.

Para finalizar, quisiera hacer una mención al “Silencio de Bachelet” tratado en la parte correspondiente a la 2da edición del libro. Concuerdo plenamente: su silencio puede ser una buena estrategia electoral, pero no construye bases para un futuro gobierno. Un próximo gobierno de la Concertación, liderado por quien optó por restarse de los debates en Chile justo en los momentos más álgidos (en especial el 2011), sin lugar a dudas será un gobierno en que no bastará una sonrisa para silenciar las profundas demandas que han salido a la luz estos últimos años. Será un gobierno con movilizaciones. Nosotros nos encargaremos de ello.