Endeudamiento y capital financiero en el Chile de la última década

 

El endeudamiento de los hogares es una práctica tan antigua como el país. Prácticas como los préstamos o colocar bienes en prenda (“empeñar” bienes del hogar) siempre han existido en la historia de la vida económica chilena. Sin embargo, sólo hoy se les considera económica y socialmente relevantes. Ninguna forma de conflicto durante el Siglo XX tuvo al endeudamiento como un eje programático relevante en la vereda de la organización política de la clase trabajadora. La razón para esto es que el desarrollo de las instituciones financieras en Chile fue más bien una disputa al interior de una fracción de la élite, desde finales del siglo XIX  hasta inicios de la década de los ochenta.

Entonces ¿en qué momento y por qué motivos el endeudamiento pasa a ser relevante en el mundo del trabajo? Desarrollaremos esto a lo largo del artículo.

 Los hogares y el consumo

En términos simples, el salario es la principal fuente de ingresos de los hogares, el cual es destinado hacia el consumo de los bienes y servicios que, al menos, permitan la reproducción biológica de la fuerza de trabajo (es decir, una “canasta básica”). Aquí es donde aparece un término que debemos precisar, el “consumo”.

Muchas veces el “consumo” es visto como un término desagradable desde el mundo de la izquierda, como un engendro particular del neoliberalismo, que representa la antítesis de lo colectivo y del espacio público, y que se cristaliza en la figura del “hombre masa”: enajenado, poco creativo, donde su vida en verdad es la consumida por los bienes que cree consumir.

En su definición económica, “consumo” se distingue de “inversión”. El consumo en esta clave representaría el único momento en que los bienes y servicios son valorados por sus características intrínsecas, es decir, valen por lo que son, y no para lo que “sirven”. A modo de ejemplo, si uno compra una entrada al cine, y se encuentra que el cine está lleno, tiene dos alternativas: o utiliza el boleto para entrar a la sala y ver la película, o la revende frente a una cantidad de personas que estaría dispuesta a comprarla. En el primer caso nos sentimos afortunados por haber podido ver la película, mientras en el segundo por la cantidad de dinero adicional obtenida de la reventa. En la primera opción buscamos quemar el dinero, en la segunda multiplicarlo. Esto es lo que distingue consumo de inversión.

En definitiva, el consumo constituye un momento dentro de la vida material del ser humano que no está de espaldas a la producción, al trabajo, sino que es lo que está delante de él, o al término de su día. De hecho, el análisis de cualquier serie económica de largo plazo, nos muestra que las horas trabajadas y el consumo tienden a mantenerse constantes en el tiempo. Esto indica que el trabajo y el consumo son los únicos momentos que no pueden dejar de existir para una organización económica y social, sea o no capitalista. Los hogares, como organización de este tipo, son la principal molécula de las clases sociales.

En este sentido, se nos hace necesario comenzar a replantear algunas aproximaciones que, además de falsas respecto a la dinámica de los agentes económicos (hogares-empresas-Estado), responden a un estado muy particular y específico de desorientación generalizada en las ciencias sociales luego de la transición. Es en ese estado que emergen ciertas tesis, que lograron conformar un imaginario que en la práctica ha sido más bien un elemento de clausura hacia la comprensión estratégica de los problemas de nuestra organización económica y social.

 El endeudamiento y el fin del “Jaguar de Latinoamérica”

Retomando la pregunta inicial, el desarrollo entre por un lado los hogares, y por otra parte el capital financiero y sus instituciones, comienza a expandirse en un momento de particular expansión del Producto Interno Bruto (PIB) chileno, como lo fue desde la década de los 90. Se trató de una década en que, en su primera mitad, efectivamente existió un aumento de los principales componentes del PIB: los salarios, los niveles de inversión y de gasto público, con un desempleo que bordeaba el 5% (prácticamente “pleno empleo”). Lo anterior además se tradujo en una reducción de los niveles generales de deprivación absoluta, lo que es posible observar en la progresiva erradicación de enfermedades tales como el tifus o el cólera, asimismo como en el término de los procesos de alfabetización.

En este escenario, el crecimiento real de los salarios permitiría suponer que el endeudamiento por bienes y servicios de consumo sería sustentable, en la medida en que las necesidades básicas comienzan a ser cubiertas de manera íntegra por el salario. De aquí que la imagen del crédito bancario de consumo haya sido vista más bien como un vehículo sustentable en el largo plazo para la ampliación general de los niveles de consumo. Los primeros noventa, por lo tanto, no son una década fértil para dar respuesta a la expansión del capital financiero en los hogares, tanto de manera intensiva (monto promedio de las deudas de los hogares en su conjunto), y extensiva (proporción de hogares endeudados).

El desarrollo del endeudamiento de los hogares debe ubicarse en la reorganización post-crisis asiática, coyuntura que marcó el término de los años del “Jaguar de América Latina”, evidenciando lo frágil y espurio del crecimiento de aquellos años. Esta crisis constituyó un verdadero evento de fractura social y económica subterránea, donde ya comienza a asomarse y larvarse como un problema social, pero recién hoy empieza a asomarse como problema político a nivel de los partidos y otros actores, así como también recién hoy es un tema relevante para instituciones llamadas en teoría a “disciplinar” al capital, como lo es el Banco Central.

En la práctica, la “salida” a la crisis asiática la pagaron los hogares. Estos costos, por un lado, consolidaron algunas tendencias de mediana-larga data que se arrastraban de antes, tales como la fuerte caída en la capacidad de reajuste salarial por negociación colectiva y en el porcentaje de sindicalización. Por otra parte, vino además acompañada de nuevas tendencias que persisten hasta hoy, tales como la fuerte caída de los índices de salario, y la compensación de las crecientes tasas de desempleo vía subempleo (el famoso “millón de empleos” de Piñera).

Es justamente entre estas nuevas tendencias post crisis asiática que se encuentra el avance extensivo y expansivo del capital financiero al interior de los hogares. Cuestión que resulta de toda lógica en un contexto en que el panorama de los hogares está marcado por una caída real de los salarios, sumado a un nivel de precios especialmente alto a nivel de los bienes y servicios básicos tales como alimentación, salud, educación y transporte.

 Más allá de los bancos

Según cifras del Banco Central, la deuda de los hogares ha crecido a un ritmo del 12% anual durante la última década, generando un aumento sustancial en la relación deuda/ingreso de los hogares desde un 35% a un 60%. Lo último significa que más de la mitad de los ingresos de los hogares no provienen del salario, sino del crédito. Este proceso tiene dos importantes momentos.

El primero es el caracterizado por la expansión del sistema bancario, específicamente en sus departamentos de consumo. Entre los años 2003 y 2008 la cantidad de deudores de créditos de consumo bancarios aumentó en un 55%, y el monto promedio de la deuda de los hogares lo hizo en un 34%. El crédito hipotecario por su parte, a diferencia del anterior, se alimentó fundamentalmente por el aumento del monto promedio más que por el número de deudores, aún cuando este ha tendido a crecer recientemente, debido al “boom” inmobiliario de los últimos cinco años.

Este primer momento puede ser definido como la saturación creciente del mercado del crédito hacia hogares de altos ingresos. El hecho de que se flexibilice el acceso al crédito no es en rigor un fenómeno empujado por los bancos, ya que los grupos de menores ingresos son considerados “riesgosos”. Por tanto, el segundo momento en dicho proceso dice relación sobretodo con la penetración de instituciones financieras no bancarias: las tarjetas del retail, particularmente las casas comerciales y los supermercados.

En efecto, estas son las instituciones financieras populares por excelencia. Considerando una conservadora división de la distribución del ingreso en quintiles, para el segundo, tercero y cuarto, las tarjetas comerciales representan un 50% promedio de su carga financiera dentro del consumo (el cual a su vez presenta un 67% de la carga financiera total de los hogares de ese segmento).

Este mismo proceso que caracteriza las dimensiones económicas reales de la expansión de la Educación Superior (ESUP) en Chile desde la segunda mitad de la década pasada. Aquí podemos agregar el hecho de que al día de hoy, para casi la mitad de los estudiantes que no terminará sus estudios en general, y para el 70% de su mayoría dinámica -quienes cursan sus estudios en instituciones no tradicionales (en su mayoría hogares de menores ingresos) – se generará una carga de deuda del orden de los 3 millones (MM) pesos promedio (arancel y matrícula) anuales, los más caros del mundo.

Supongamos que, a crédito completo, desertamos al tercer año de una carrera, lo cual generaría un monto agregado de 12 MM, lo que con un interés promedio del 5,8% (nivel recién ajustado el año pasado al 2%), llega a dar con una carga de deuda de 21 MM y fracción, contra un perfil de ingresos promedio del trabajo, que para un trabajador con educación superior incompleta equivale a 44,5 MM en diez años (sin considerar que los ingresos de ese tramo educativo son altamente heterogéneos). Esto quiere decir, que podríamos pagar el total de esta deuda sin consumir ningún bien o servicio durante cinco años, o en diez años consumiendo la mitad de esta cifra (lo que equivale a un gasto cercano a los 200.000 pesos mensuales para cubrir alimentación, transporte, vivienda, salud, calefacción, etc), y así podríamos seguir sucesivamente.

En definitiva, esto muestra dos caras de una misma moneda, pues el endeudamiento a nivel de hogares significa comprometer una fracción del trabajo futuro para compensar los ajustes a la baja en el salario, al mismo tiempo que dicho compromiso permite activar un ciclo de acumulación de capital jamás visto en la Historia General de Chile.

Dicho ciclo ha hecho posible que nuestra élite sea capaz de expandir sus negocios hacia el resto de la región, e incluso de colocar tres grupos económicos nacionales entre las 100 fortunas más grandes del mundo. El desarrollo del capital financiero a nivel de los hogares ha sido la base a partir de la cual se constituye y desarrolla la primera burguesía propiamente tal en Chile. Sí, burguesía, pues es una clase social no constituida alrededor de la posesión de la tierra, ni por la concesión directa de un monopolio estatal. Ninguno de estos apellidos es vinoso (salvo los Matte), sino de inmigrantes sin mayor historia que el pillaje, y con una capacidad de acumulación inédita.

Es posible cuestionarse el pelaje productivo de esta elite, especular sobre el carácter rentista de los beneficios del capital y sostener finalmente que es la vieja oligarquía vistiendo nuevas ropas. En verdad, las burguesías modernas, industriales y productivas no son más que un acápite formal en la historia económica general. La escuela de Chicago fue más clara en esto que gran parte de la retórica circulante: basta con recordar el título de la obra de Rhamura Rajan “Salvando al capitalismo de los capitalistas”.

De aquí que para comprender (y transformar) los problemas sociopolíticos que se derivan de las estrategias de expansión del capital financiero anteriormente descritas, necesitamos tener conciencia de una de sus principales características: su alta capacidad de diferenciación. La apertura del crédito no bancario vino a culminar un ciclo en el cual el capital financiero se expandió hacia la totalidad del ciclo de vida de la fuerza de trabajo. Esto imprime grandes complejidades a la hora de identificar a los actores sociales que constituyen la base de toda forma de representación política, dado que la historia del trabajo a crédito recién comienza.

 

Rodrigo Fernandez

Sociólogo U. de Chile