Tarapacá y el desafío del Frente Amplio

Tarapacá y el desafío del Frente Amplio

Columna de Rodrigo Oliva, dirigente de Izquierda Autónoma y precandidato a diputado por Tarapacá, en conjunto con el equipo de comunicaciones de Izquierda Autónoma Iquique.

Publicada originalmente en Edición Cero

El despertar del 2017 viene marcado por las tareas que las fuerzas transformadoras debemos asumir, tanto para intervenir en la forma que va tomando la lucha social en el país, como también en el vacío político que se presenta y caracteriza por la falta de conducción del pacto social de la transición sobre la sociedad. Entre el agotamiento de la vieja política concertacionista y la incapacidad de que emerja una sustantiva fuerza social cohesionada, se nos presenta un claroscuro que tendrá uno de dos resultados opuestos: provocar que todo se cambie para que no cambie nada o posibilitar las condiciones de constitución de un actor social capaz de incidir política y socialmente con nuevos intereses empujados a la política.

Si bien es cierto, que la ecología política local posee ciertos niveles de particularidad, la dinámica del escenario de la totalidad cobra sentido y se impone en su tablero general. Es así, que nuestras castas locales, burócratas partidarios y ciertos dirigentes cooptados, son parte de una cultura que impone una política determinada desde el ethos concertacionista donde se gestiona la política del malestar (de la deuda, del CAE, de las AFP, entre otras). Esa política, que condiciona la vida de todos y todas, terminan por dirimir a espaldas de la sociedad, puesto a ojos de esta es impresentable. En definitiva, es aquella dimensión la que se busca alterar cuando trabajamos para constituir una nueva alternativa política en Tarapacá, intervenir la totalidad desde nuestra particularidad.

Desde esa vereda, los esfuerzos emergentes con vocación de cambio comienzan a recoger los patrones de unidad del impulso que recorre Chile, mediante la convocatoria a la constitución de un Frente Amplio que tenga su expresión natural en Tarapacá, y que avance en dos objetivos: consolidar una alternativa política electoral que permita enfrentar al corrompido duopolio y su expresión local y, a la vez, comenzar a caracterizar una convergencia de identidades sociales y políticas para enfrentar el ciclo de luchas sociales pendientes.

El criterio básico para la constitución de este Frente Amplio es invitar a todos quienes quieran ingresar, mientras posean independencia total de los actores constitutivos del duopolio y de los dineros del empresariado. Esto requiere que el Frente Amplio condense su amplitud en la idea de transformarse en una herramienta útil para dotar con capacidad de disputa a la sociedad Tarapaqueña, e impulsar la recuperación de nuestros derechos sociales, sexuales y reproductivos como eje de articulación de una política de cambios, obligando a retroceder de los espacios de decisión a los representantes del mercado y el gran empresariado.

Es por ello que un Frente Amplio en Tarapacá se transforma en un punto de llegada de todo un conjunto de actores sociales que desde su heterogeneidad, vagan por el descampado y la despolitización inducida del modelo, dispersando una voluntad que está ahí, y que se sabe víctima de la irracional forma de convivir que impone el neoliberalismo en Chile. En ello nuestra responsabilidad radica en convencer de lo útil de proponerse una mirada común de lo que representa este escenario electoral para la materialización y conquista de reivindicaciones sociales, que apunten en hacer retroceder la mercantilización que promueven los actores políticos del duopolio como respuesta a las necesidades de la sociedad.

En ese sentido el Frente Amplio es un táctica para derrotar a nuestros adversarios. Pero también, configura un punto partida de una voluntad que mira la política como un campo al cual intervenir, de un largo y pujante proceso de (re)constitución del entramado social. Lo segundo, es una de las principales tareas que deberían asumir los proyectos políticos transformadores de la región.

El ciclo electoral es un aspecto coyuntural de la política, una raya en el agua respecto a las tareas y desafíos de la constitución de mayor unidad política del pueblo, pero no por eso, podemos dejar de atenderlo. La posibilidad de aunar criterios prácticos debe estar resuelta sobre la capacidad de llegar a acuerdos concretos en torno a un objetivo común, en donde se definan las principales labores de las fuerzas de cambio, buscando que apunten a acumular posiciones para transformar los cimientos del actual estado de las cosas.

En ese orden, creemos que la idea de una bancada parlamentaria que dispute la materialización de las demandas que han levantado desde el campo de los Derechos Sociales, sexuales y reproductivos como norte es un objetivo de unidad política concreta, un sentido y orden a la posibilidad de intervenir coherentemente el escenario electoral. No se trata de construir espacios donde ocurra una oscura negociación burocrática, sino de dotar de contenido al triunfo venidero de una nueva sociedad, que busque construir para sí instrumentos que le permitan disputar su felicidad mediante la conquista de sus derechos, siendo la voluntad unitaria del Frente Amplio mejorar sustantivamente la vida de los chilenos y chilenas. El frente debe ser amplio en los intereses que lo constituyen, solo así será útil.

En Tarapacá el momento político es crítico, pero a su vez presenta una interesante oportunidad para enfrentarlo. La región se encuentra empantanada por la conducción de las fuerzas del duopolio, ambas coaliciones son gobernadas por el ABC del dinero y el cohecho, atrincherados en cargos públicos, no logran resolver sus fratricidas disputas que extrapolan al conjunto de la sociedad, poniendo a las necesidades de la gente como carne de cañón de uno u otro bando. Han fracasado en la idea de situar un imaginario de región que sea compartido por sus habitantes; la colonización y cooptación del aparato del Estado por parte de grupos económicos y transnacionales, con su descarada forma de intervenir los asuntos públicos, subordinó el desarrollo de la región a sus utilidades en desmedro del buen vivir y del bien común, y construyó una política que empobrece paulatinamente a la población, entre trabajos precarios y altos costos de vida. Así, se sitúa a Tarapacá entre los peores indicadores nacionales respecto a bienestar.

La Nueva Mayoría y la Derecha, con su centralismo, le han hecho daño a la sociedad tarapaqueña. Desde ellos no vendrán las respuestas para salir de dicha condición, es más, sólo pueden responder con más de lo mismo, haciéndonos creer que algo cambia, para que en realidad no cambie nada. Ante eso, el Frente Amplio debe elaborar una política unitaria para enfrentar conflictos como el de la Ley de Pesca, la avanzada del modelo extractivista y sus proyectos energéticos, la precariedad de la educación y salud públicas, y la negación del derecho a la vivienda, todos conflictos que azotan fuertemente a la región.

En Tarapacá existen condiciones sobre las cuales considerar la posibilidad de un triunfo electoral y una conquista de posiciones para las fuerzas emergentes. Sin embargo, la izquierda local, las fuerzas de cambio y las expresiones de la ola constitutivas de partidos y movimientos emergentes que han ido aflorando la región, en sí mismos, no son suficientes para movilizar la energía y materia para un triunfo electoral. Debemos impulsar una situación que hoy no está dada, pero que podemos construir inteligentemente para obtener la victoria. La política revolucionaria se trata de eso, de derribar gigantes.

Tampoco el estado actual del desarrollo político nos pone en una posición de avanzada respecto a una cultura política que le dispute los cimientos culturales, morales y políticos al capitalismo y al patriarcado, debemos construir esas trincheras. Debemos estar consciente de aquello, porque así como podemos ganar, existe la posibilidad siempre cierta de perder y ser borrados del mapa o quedar vivos pero náufragos, existiendo por existir.

Es por ello que esto va más allá de juntar a todas las organizaciones pequeñas y precoces, ni de posicionar marcas y elaborar eslóganes pegadizos que sean utilizados por no más de cinco minutos. Se trata de dotar de densidad social y política al carácter del malestar que promueve la cultura política concertacionista en Tarapacá, para subirlo al impulso nacional de cambios necesarios para el País. Un Frente Amplio que recién se propone caminar, no debe tenerle miedo a la tecnología del movimiento social, debe someterse a su juicio en tanto su utilidad está dada por la capacidad de situarse como herramienta de este. Por las condiciones de Tarapacá, no puede juntarse, ni fundarse sin aquello.

¿Cómo enfrenta la región de Tarapacá la constitución de esta fuerza?, ¿Cual es el estado de sus luchas y sus organizaciones sociales?, ¿Cuál es el rol de los intelectuales que emergen con el nuevo campo de sujetos y sujetas que sostienen la idea de una transformación que perfile justicia social y que puedan mediar aquello con las condiciones propias y particulares del fenómeno regional sin caer en regionalismos básicos?, ¿Cómo lograr el protagonismo de los y las luchadores sociales y dirigentes sociales que cotidianamente enfrentan el peso de la cultura política clientelar de la concertación?

Las respuestas a estas interrogantes deben ser trabajadas desde la convergencia, no obstante, la dinámica de la situación obliga a pensar un 2017 con los mayores grados de unidad, realismo y responsabilidad posibles, porque hay posibilidades de una victoria, que por lo demás es necesaria. La idea de situar intereses colectivos por sobre los parciales y particulares, nos obliga a consagrar el principio de la unidad, para lograr obtener la capacidad de hacer retroceder al adversario político, quien promueve la política que nos priva nuestros derechos y precariza nuestra vida.

Es por ello que, el desafío del Frente Amplio, está en convocar a la comunidad Tarapaqueña a convencerse de que la única forma en la cual se curarán los males que ha dejado la política del malestar y desencanto, es volviendo a construir protagonismos colectivos, situar los intereses generales de la sociedad que puja por bienestar, convocando a su participación y empoderamiento. El tablero está tambaleando, de todos y todas depende darlo vuelta.

Refichaje en partidos políticos

Refichaje en partidos políticos

Carta de Javiera Toro, Militante de Izquierda Autónoma

Publicada originalmente en La Tercera

Señor director:

A raíz de los escándalos de corrupción recientes, se aprobaron el año pasado leyes que aseguran mayor financiamiento público a los partidos políticos. Como contrapartida, se les exigió únicamente demostrar la cantidad real de militantes que tenían a través del refichaje de sus miembros.

Varios partidos, especialmente el PPD, incapaces de reencantar a sus antiguos militantes, presionaron al Servel logrando modificar el sistema de reinscripción (que ya se podía hacer de manera electrónica) para realizarlo por email. Con ello esperan mantener sus privilegios para postular candidatos, formar pactos electorales y acceder a financiamiento público, mientras la formación de nuevos partidos sigue sujeta a la obligación de reunir firmas ante notario.

A diferencia de lo que han sostenido los defensores de esta decisión, fortalecer el sistema de partidos no pasa por asegurar las posiciones que tienen hoy los de la Derecha y la Concertación, sino que la responsabilidad con la democracia llama a permitir la participación política de las grandes mayorías. Si partidos como el PPD no logran cumplir ciertos requisitos mínimos, nada justifica que sigan ocupando el espacio político que se les ha reconocido hasta ahora.

Con las recientes decisiones del Servel, lejos de terminar con las barreras económicas y burocráticas que dificultan la irrupción de nuevas fuerzas políticas, las nuevas leyes terminan reforzando la exclusión, ahora con más financiamiento estatal para los partidos constituidos.

Parece irónico que los tibios avances de la agenda de probidad del gobierno terminen obstaculizados por la subordinación del Servicio Electoral a los partidos, siendo que la primera – y grandilocuente- medida de esta agenda fue dotar de autonomía constitucional al organismo.

Se confirma una vez más que la recuperación de la política para la ciudadanía solo podrá venir de la mano de fuerzas de cambio que sean autónomas de los partidos del duopolio.

El modelo forestal chileno está fuera de control

El modelo forestal chileno está fuera de control

Frente Socioambiental Izquierda Autónoma

 

Dos grupos económicos llevan cuatro décadas dirigiendo una transformación social y ambiental de magnitud histórica en el centro-sur de Chile. El interés que los mueve no es otro que el crecimiento de sus capitales. Las ganancias obtenidas han puesto a tres miembros de la familia Matte y un Angelini en el ranking Forbes de los más ricos del mundo. La otra cara de su éxito económico son las condiciones propicias para el desastre: pueblos y ciudades que permanecen como islas entre plantaciones forestales, rodeadas de suelos cargados con desechos madereros combustibles y sequía.

 

El rol del Estado durante este proceso de transformación territorial ha quedado reducido a la canalización de recursos públicos para subsidiar la expansión del negocio forestal. La época de los subsidios partió en dictadura con el Decreto Ley 701 y atravesó todos los gobiernos de la Concertación hasta su suspensión hace muy poco, a raíz del destape de la estafa del “cartel del confort”, liderado por los Matte. No es que desde la Concertación hubiera voluntad política de terminar con los subsidios, sino que su mantención tenía un tono de complicidad poco conveniente para su mermada legitimidad.

 

Los incendios de este verano ya cobraron sus primeras víctimas fatales, hicieron desaparecer un pueblo entero y tienen a miles de personas bajo amenaza. Parte de nuestro patrimonio natural hoy corre el riesgo de desaparecer completamente: el fuego acecha las dos últimas reservas de flora y fauna nativa de la costa de la Séptima Región. Pero las forestales degradan el ambiente y empobrecen pueblos completos incluso sin incendios de por medio. La industria forestal concebida como un nicho de acumulación privado, bajo un modelo extractivista y subdesarrollado, representa en sí misma una crisis social y ambiental.

 

La magnitud del desastre y la predicción de que las condiciones favorables para el fuego se incrementarán durante los próximos años nos enfrentan a la raíz del problema: la industria forestal está fuera de control, y el duopolio no puede hacer nada al respecto. Nuestra crisis es la crisis de una política colonizada por el gran empresariado y subordinada a sus intereses. Los incendios nos vienen a enrostrar que los intereses de la sociedad han sido excluidos de la política estatal.

 

En el Chile de la transición una transformación racional y democrática del territorio es imposible. El gran empresariado dirige el destino del país sin ningún contrapeso. El Estado reducido a un carácter subsidiario no es capaz de incorporar los intereses de la sociedad en la planificación territorial. Ni siquiera puede ofrecer herramientas institucionales para coordinar la solidaridad y el trabajo voluntario que emergen transversalmente ante cada desastre. Todos estos esfuerzos quedan atomizados en iniciativas locales, y la organización se diluye en un modelo que disocia  la sociedad de la política.

Estamos ante el desafío de darle una proyección colectiva a nuestra solidaridad. Solo con el despliegue de una política propia, con autonomía del gran empresariado y la Concertación, lograremos poner fin a nuestra impotencia democrática para hacerle frente definitivamente a la crisis. Recuperar la política para los intereses hasta ahora excluidos de las grandes mayorías implica superar el Estado subsidiario y su transformación en una herramienta capaz de garantizar derechos sociales, participación y nuestro propio bienestar social.

Frente Amplio: Entre la historia y la anécdota

Frente Amplio: Entre la historia y la anécdota

Publicada originalmente en El Desconcierto

Columna de Andrés Fielbuam, Coordinador Nacional de Izquierda Autónoma

Para quienes militamos o somos cercanos a las organizaciones que conformamos el naciente Frente Amplio, revisar el domingo las redes sociales mostraba un día que podía ser histórico. Miradas hacia el futuro, voluntad de transformación profunda y potentes discursos acompañados por la selfie de rigor daban cuenta de las esperanzas depositadas en este esfuerzo. La pregunta que debe acompañarnos es cómo se percibió este lanzamiento para el resto del país, para las mayorías excluidas de la política.

El Frente Amplio en formación tiene potenciales no vistos desde la vuelta de la democracia: dirigentes sociales y presencia en la institucionalidad política, demandas sentidas por la mayoría del país, unidad entre sus componentes y lenta decadencia de la política tradicional. Sin embargo, este potencial corre riesgo de diluirse si nuestra irrupción se naturaliza, asumimos las mecánicas del poder y no logramos romper el divorcio política-sociedad.

Para lograr abrir un nuevo ciclo histórico en Chile, que vaya dejando atrás al neoliberalismo, debemos ser brutalmente honestos con nosotros mismos. La realidad siempre es más porfiada que la mayor de las voluntades, y el camino es sumamente difícil. Sólo lograremos sortear los diversos obstáculos si somos capaces de reconocerlos, problematizarlos y discutirlos hasta agotar nuestras inteligencias. En esa línea, en lo que sigue intentaré visibilizar algunos de los desafíos críticos que presenta el Frente Amplio hoy, con el ánimo de contribuir a elaborar estrategias colectivas para su superación:

Superar la distancia con la sociedad

Este nudo es el más relevante. En ningún momento podemos dejar de ver la foto completa, pensando que nuestro entorno es representativo y olvidando que casi todo Chile ve hoy la política con profunda distancia y desconfianza, situación que nosotros hasta hoy no hemos logrado cambiar. Los niveles de abstención en las últimas elecciones son un claro botón, donde la participación de candidatos del FA no implicó la participación de nuevos electores, ni siquiera en el principal éxito electoral de Valparaíso. Si no somos capaces de salvar esta distancia, seremos simplemente el ala izquierda de una política en decadencia. No lograremos patear la mesa de la transición y, peor aún, podemos terminar ayudando a una nueva reoxigenación temporal.

Conquistar reformas transformadoras

Si hay algo que alimenta el punto anterior, es la sensación -hasta hoy entendible- de que estamos haciendo política para ser parte del circo habitual y no para transformar la realidad. Si a pesar de las masivas movilizaciones, la presencia en el Parlamento, la organización estudiantil, de profesores o de mujeres, la debilidad del gobierno, no fuimos capaces de defender posiciones en las principales reformas -educacional, aborto o carrera docente-, corremos el riesgo de volvernos inútiles y prescindibles. Debemos elaborar tácticas para lograr avances en los años que vienen, cuestión que se facilita con un buen resultado electoral, pero que no se asegura de manera mecánica, sino que requiere enfrentar al duopolio en los diversos planos, articulando las luchas políticas, sociales, culturales e intelectuales.

Dinamizar la movilización

El punto anterior nos remite al estado actual de las movilizaciones en Chile, pues es finalmente la fuerza de la protesta y de la masividad lo que nos dará la potencia para alcanzar los triunfos que nuestro país necesita. Desde ese punto de vista, el escenario requiere también un remezón. Si bien el Frente Amplio mantiene una presencia muy relevante en el movimiento estudiantil y una expectante posición en el Colegio de Profesores, y pese a que el 2017 mostró grandes movilizaciones en temas que antaño no convocaban de esa manera, ello no puede nublarnos frente al hecho de que la masividad va en declive. La capacidad de sostener movilizaciones largas y con capacidad de alterar la discusión política ha retrocedido en estos últimos años. El impacto se ha vuelto episódico y mediático. Pareciera ser que para el país se vuelve normal que hayan algunos cientos de miles protestando dos o tres veces al año. Confundir las necesarias presencias en Federaciones o alianzas entre grupos con una conducción efectiva de los movimientos sociales sería un grueso error, pues corremos el riesgo de burocratizar los mismos. Una tarea primordial de un Frente Amplio debe ser revitalizar la organización y la protesta social, potenciando su capacidad reivindicativa y apostando porque se traduzcan en cambios concretos.

Construir una cultura de diálogo interno

Este punto es de una naturaleza distinta a los anteriores, pues remite a aspectos más internos. Sin embargo, de no resolverse, resultará dificultosa una articulación efectiva para lo ya descrito. La cultura de diálogo interno del Frente Amplio se está recién forjando, siendo aún demasiado frágil. Si bien algunas señales positivas se han ido dando -el evento del sábado recién pasado es la más importante-, otros hitos como lo ocurrido con el partido País dan cuenta de que falta mucho por avanzar para resolver las tensiones de manera colectiva y constructiva, más aún cuando en el FA necesitamos sumar también a los militantes desencantados de la Concertación y otras situaciones complejas pueden volver a aparecer.

El pesimismo de la inteligencia siempre debe contraponerse al optimismo de la voluntad. Hoy tenemos la chance de abrir un nuevo ciclo histórico, de dejar atrás el pesado legado de la transición, de conquistar los derechos sociales que Pinochet privatizó y con los que la Concertación se enriqueció. Los pasos de estos últimos meses, aunque sean los iniciales, son gigantes en comparación con toda la experiencia previa. Vamos construyendo la unidad de las fuerzas políticas de cambio, aquellas que han apostado por armarse desde la autonomía política y desde la potencia de los marginados de siempre. Los obstáculos mencionados, y muchos otros, nos pueden hacer caer. Enfrentarlos y superarlos, con una unidad a toda prueba, es el desafío que mostrará si estamos a la altura. Debemos dejar la vida en la cancha para lograrlo.

Francisco Figueroa: “Alejandro Guillier es el candidato del vacío político”

Francisco Figueroa: “Alejandro Guillier es el candidato del vacío político”

Este martes, Francisco Figueroa, Dirigente de Izquierda Autónoma, participó de un debate sobre actualidad política en Agenda Propia, programa de Bio Bio TV. En el espacio, comentó que “los partidos están desechos en la concertación, las élites y cúpulas tratan de salvarlo, pero no hay grandes estrategias. El naufragio de Lagos, es el naufragio de una coalición que tenia mucha capacidad de orden y control social,  y el rostro más paradigmático de esto, es ridículo ver como intenta llamar la atención de la sociedad y los partidos políticos y no le sale”.

“Cae Lagos y la vieja concertación, y emerge esto (Guillier): deslavado, vacío, con un discurso ciudadanista pero falto de contenido. Guillier es el candidato del vacío político, es el candidato del partido sin proyecto, el partido sin programa, preocupado únicamente de quién se sitúa con la ciudadanía versus los políticos, no muy distinto al discurso de la derecha.
Discursos que se hacen en función de las encuestas y nada más”.
En noviembre de 2016, Izquierda Autónoma emplazó a Guillier a explicitar cuáles son las ideas que defiende y cuál es su posición en materias de educación, pensiones, impuestos, salud, trabajo, y aborto. Pero no hubo ninguna respuesta por parte del Senador.
El dirigente agregó: “Hay un verbalismo reformista enorme, pero a  la hora de los que-hubo, no hay reformas tan distintas de las que hizo Piñera. Eso tiene consecuencias negativas para la democracia después, la desafección está relacionada con la pérdida de credibilidad de las promesas. La centro izquierda se ha pasado haciendo promesas, “crecer con igualdad” de Lagos, el “gobierno ciudadano” de Bachelet, y ahora lo mismo con Guillier, pero no es un problema de gestión, es un problema de continuar con un modelo que no ha funcionado”.
Sobre la emergencia de fuerzas de cambio, planteó que: “hoy tu ves que hay un malestar difuso y heterogéneo, pero que algunos sectores de la sociedad, los más golpeados por el neoliberalismo, por la privatización de derechos, tiene un carácter progresivo muy importante, y son precisamente esas las bases que se están organizando y desde donde está naciendo una izquierda emergente. Hay un proceso histórico largo”.
¿Debe la PSU resolver los problemas de inequidad en la educación?

¿Debe la PSU resolver los problemas de inequidad en la educación?

Columna de Iván Salinas, miembro de Izquierda Autónoma

Publicada originalmente en El Mostrador

Los resultados de la Prueba de Selección Universitaria han vuelto a llenar titulares. En particular por reflejar, nuevamente, las brechas de logro académico que separan a los estudiantes pobres de los estudiantes ricos. Los expertos han tenido una ocupada agenda explicando los resultados y las brechas, compartiendo sus pareceres sobre la prueba y su relación con el sistema de admisión del Consejo de Rectores (CRUCh). En la discusión técnica podemos acabar largamente hablando de estadísticas, de confiabilidad, de validez, y de capacidad predictiva de la prueba. Enmarcar el debate en esos términos produce una consecuencia interesante. Los expertos dirán que no es la prueba de selección la responsable de resolver los problemas de inequidad, aun cuando se le demande hacer eso. Una forma de entender esta posición es tal vez mirar el problema en otro lugar.

Sabemos que el problema con la PSU y la selección es que ha ido contribuyendo a la conformación de un sistema productor de castas. Estas castas serían grupos de personas que crecen con experiencias educativas muy homogéneas en su círculo, pero segregadas del resto en términos socioeconómicos. De acuerdo al último informe Education at Glance de la OCDE, Chile es el segundo país donde el logro académico, en términos de escolaridad, representa mayores grados de diferencia en los ingresos de quienes trabajan a tiempo completo. Es decir, En Chile la diferencia de ingresos entre una persona que va a la universidad y completa un programa de estudios y alguien que termina la educación secundaria (o no lo hace) es de las más grandes de los países de la OCDE. Esta diferencia es aún mayor cuando se consideran programas de postgrado en comparación con los otros niveles de escolaridad. En Chile, por tanto, hay un tremendo incentivo para continuar estudios post-secundarios, dado que representa una salida para reducir brechas de ingresos. Es relevante que una reforma a la educación, escolar y superior, considere estas condiciones y su impacto en la subjetividad de quienes hoy se están escolarizando.

Sin embargo, la ideología que ha primado hasta ahora en la reforma educativa no ha contribuido a comprender y menos resolver el problema. La liberalización del sistema, la competencia en un mercado, y la falta de centralidad pública han llevado a multiplicar las instituciones de educación superior segmentadas por ‘clientela’. Es decir, fuera del universo de la selección vía PSU convive la mayoría de la educación superior con instituciones destinadas a estudiantes ricos, a estudiantes pobres, y a toda la segmentación posible entre esos extremos. En ese espacio, los estudiantes que no logran ingresar o siquiera postular a la universidad en el proceso que conduce el CRUCh se ven empujados a ingresar a las otras instituciones que los segmentan por capacidad de pago y /o endeudamiento. Ello es posible también dado que el CRUCh representa quizá ya menos de un tercio de la matrícula total de la educación superior. Los altos retornos relativos a los graduados que muestra el informe de la OCDE son vistos como justificaciones para el endeudamiento de estudiantes pobres y de ingresos medios, en planteles destinados a ellos. Mientras, esos retornos no son tan relevantes para estudiantes de más ingresos que no se endeudan para estudiar.

Desde la perspectiva de la totalidad del sistema de educación superior, el sistema de selección vía PSU pasa obviamente a un segundo plano. Lo primario para la selección, en este caso, es la capacidad de pago y/o endeudamiento de los estudiantes. Las brechas socioeconómicas que expresa la PSU afectan –por diseño- a un número relativo muy bajo de quienes estudiarán en educación superior, pero construyen una franja de estudiantes que ‘fracasan’ por causa de los ingresos de sus familias y optan por asumir otras vías para responder a la presión social por tener un título. Estudiantes que quedan fuera del sistema de selección vía PSU y que logran adquirir un título, podrán incluirse en el mercado laboral con una deuda a cuestas, lo que en la práctica genera nuevas brechas de ingresos con quienes no se endeudaron y tendrían un título equivalente en una institución ‘para su segmento’.

En este proceso de selección vía PSU, estudiantes de familias ricas están en mejor posición para competir por las vacantes que ofrece el sistema público, creando una paradoja: la selección a la educación superior pública favorece a la educación secundaria privada. La tentación obvia –ya probada con muy poco éxito- es darle a la selección una posibilidad de resolver el problema con artificios estadísticos: bonificaciones por modalidad educativa, por ranking de notas. Pero, como acordarán los expertos, no está en esos instrumentos la responsabilidad por la equidad del sistema. Hay que pensar en otras soluciones.

¿Cómo puede entonces el Estado, a través de su sistema de educación superior pública, asumir el desafío de la inequidad que incuba y produce (y que tan claramente muestra la PSU y el informe OCDE)? Una opción es mirar fuera del tecnicismo de ponderaciones y tecnologías de detección del mérito de la selección y admisión las instituciones públicas. Hasta ahora, lo que el Estado ha hecho mirando el problema de la selección/admisión es parecido a salir a pescar enfocándose únicamente en el mejor anzuelo. Si solo nos preocupamos del anzuelo, sin mirar cuántos cardúmenes de peces hay, cuántos otros botes de pesca están cerca, qué carnadas funcionan mejor, es difícil que podamos entender por qué no capturamos el pez que queremos capturar, aun teniendo el anzuelo más sofisticado. Hay que mirar otras cosas alrededor. Algo clave sería entender que necesitamos pescar sabiendo que hay más peces disponibles. El problema público de la selección inequitativa, entonces, se reduce si como país tenemos menos que seleccionar y más que ofrecer.

Es importante acá volver a enfatizar la centralidad de lo público que han expresado los movimientos sociales de recuperación del derecho a la educación. La inequidad del acceso a estudios post-secundarios podría enfrentarse si tomamos como país la decisión de actuar con energía desde lo público. Fortalecer el sistema público, haciéndolo crecer racionalmente de tal forma que la selección no sea un problema de inequidad. Para eso, es necesario contar con políticas que contundentemente aumenten la participación pública en la matrícula de la educación superior en su totalidad. Tenemos que asegurarnos de pescar donde hay peces. En esa conversación, ya no hablamos de cómo seleccionamos a los ‘más meritorios’, sino de cómo la educación superior pública otorga al país una vía para que los estudiantes ricos, pobres y los que estén al medio tengan la oportunidad de conocerse e interactuar, como un derecho. El anzuelo con el que pescamos dejaría de ser lo importante y no le tendríamos que pedir a la PSU, al instrumento, que resuelva la inequidad del sistema escolar.