Un balance después de las Primarias, por Francisco Figueroa

Un balance después de las Primarias, por Francisco Figueroa

La votación del Frente Amplio en las primarias presidenciales estuvo dentro de lo que las fuerzas que lo componen esperábamos. No es una votación menor para una alianza con apenas 6 meses de existencia. El balance es más crítico, sin embargo, en comparación con la votación de la derecha y en relación a las grandilocuentes expectativas provenientes de nuestras propias filas. No permite, en todo caso, sacar juicios concluyentes de cara a las generales de noviembre. Pero sí hacer evaluaciones de medio camino para corregir el rumbo.

La derecha demostró una notable capacidad de movilizar a su electorado duro. Y lo hizo bajo el predominio no de una renovación sino de una afirmación de su versión más regresiva. El prometido asomo de una derecha “liberal” volvió a esfumarse y el sector demostró capacidad de procesar el descontento en una clave conservadora, de aversión al cambio. En un contexto de baja participación, el avance de esta fórmula puede aumentar la eficacia de las viejas máquinas partidarias y el distanciamiento mayoritario de la política.

El Frente Amplio irrumpe por primera vez en la arena electoral y queda mejor parado que ayer en miras de la batalla parlamentaria. El problema es que la grandilocuencia contribuyó a sembrar expectativas mucho más altas, expectativas que por supuesto no se cumplieron y que hoy nuestros adversarios usan contra nosotros. Me refiero a las afirmaciones sobre que apostábamos a ganarle a Piñera en esta primaria y que poco menos que ya habíamos echado abajo al duopolio. Ayer quedó claro lo que todos sabemos: que el FA es un proyecto en formación y que recién debuta en política.

La situación, guardando las proporciones, me recuerda a la bofetada que recibió de vuelta Podemos en 2016 tras prometer un “sorpasso” al PSOE que nunca llegó. Hiperventilados por las encuestas y la compulsión por mostrar credenciales de gobernabilidad, el sector que más confianza depositó en el poder “constituyente” de la “guerra electoral” acabó imponiéndole a Podemos los criterios de evaluación que sus adversarios habían cocinado. De este modo, lo que en realidad fue un triunfo (71 escaños parlamentarios, peor votación histórica del PSOE, quiebre del bipartidismo, cohesionamiento de fuerzas de cambio) quedó como una derrota. Esto sobredeterminó muchas cosas en adelante.

Nosotros no hemos ganado nada aún, que no quepa duda. Pero acudo a este ejemplo porque a nosotros también nos acecha el problema de cifrar todos nuestros movimientos en función del corto plazo. Ya por la vía de sacrificar la identidad y programa propio para ampliar la base electoral, confundiendo amplitud con ambigüedad, problema que predominó en la candidatura de Beatriz Sánchez (ver última declaración que sacamos como IA para conocer nuestra posición más en extenso). Ya por la de adoptar una línea de “todo vale” para posicionarse en la disputa interna y un foco en una versión estática de la izquierda, problema que prevaleció en la precandidatura de Alberto Mayol.

Por anga o por manga, en la antesala de la primaria presidencial predominó lo electoral como fin en sí mismo y no como medio, como una dimensión total y no parcial de nuestro proceso de constitución y acumulación política.

Para corregir el rumbo no basta con introducir “matices” en el discurso. Hablando, por ejemplo, más seguido de fortalecer los movimientos sociales o haciendo autocríticas moralistas de cuando en vez. Tampoco se trata de hacer ajustes a la estrategia electoral. Esta no es una discusión a sostener entre estrategas electorales y asesores de contenido. Es un debate que debemos protagonizar las fuerzas políticas y sociales que componemos el Frente Amplio, dándolo franca, directa y abiertamente.

Estos meses, además, ha quedado claro que apelar a una vacía “transversalidad” no significa un mejor desempeño electoral. Se intentó y no rindió lo prometido. En cambio, como aspiramos a construir un proyecto de transformación social, nuestra votación debe expresar la formación de un nuevo sentido común, que sea base socio-cultural de una alternativa al propio régimen de la transición y no sólo a sus excesos más abyectos. Por eso es tan importante tomar e impulsar definiciones nítidas de cambio en la concepción de Estado y modelo de desarrollo vigentes, para encarar con claridad y mirada global la demanda social por redistribución del poder y la riqueza.

Si renunciamos a hacer esto en aras de “ir a buscar votos al centro” o la tentación tecnocrática de proponer mejores políticas pública aisladas, sin proyecto distinto de sociedad y Estado, el 20 de noviembre tendremos las manos vacías. Incluso si aumentamos nuestra presencia parlamentaria, serían sólo más voces de denuncia y fiscalización mediática. El avance del Frente Amplio debe ser el avance de una fuerza social y cultural que rompa las bases del consenso neoliberal de la transición.

Para lograrlo, la grandilocuencia no sólo es insuficiente, se ha demostrado contraproducente. En adelante, en el Frente Amplio el diálogo y la soberanía de las organizaciones, movimientos y partidos, debe prevalecer sobre las ocurrencias de nuestras vocerías más visibles y mediáticas. Sólo así podremos autodeterminarnos y trabajar sobre nuestras propias definiciones y no las que nos impone el ambiente. Ahora que tenemos una candidatura presidencial única, en ésta se debe dar cabida a la pluralidad de esfuerzos que han hecho posible el FA y a quienes miran desde fuera con dudas.

Hay que asumir también que la modalidad de construcción del programa debe ser repensada. Habiéndolo planteado desde un comienzo, hoy lo mantenemos: el programa del Frente Amplio debe ser construido con las fuerzas sociales organizadas en la lucha por expansión de derechos, recogiendo sus demandas y dotándolas de proyecto, no a partir de la suma de pareceres individuales. Además de obedecer a un paradigma que mantiene desarmadas a las mayorías, este modelo ha dejado a nuestras candidaturas careciendo demasiado tiempo de contenido y alianzas sociales relevantes.

Finalmente, el Frente Amplio debe perder el miedo a confrontar a la Concertación. Y, de haber diferencias, discutirlas abiertamente, no disfrazándolas de matices de estrategia electoral. Hacerlo es fundamental porque la construcción de una nueva izquierda, amplia y anclada en el Chile actual y el que viene, supone desarmar la domesticación impuesta sobre los sectores democráticos por el progresismo neoliberal. Lo que hagamos en la segunda vuelta será definido por lo que hagamos desde hoy hasta la primera. Es ingenuo desestimar la influencia que la Concertación ejerce sobre algunos sectores del FA. Por eso, debemos poner nuestros términos y actuar con unidad. En buena medida, allí se juega el constituirnos como una fuerza política y no sólo electoral.

Nadie dijo que iba a ser fácil. Pero en la desazón sólo pueden caer quienes primero se pasaron películas. Para quienes trabajan con los pies en la tierra y la mirada puesta en las grandes transformaciones, la esperanza está intacta. Ahora, a trabajar en dotarnos de más y mejor unidad política, en perfilar mejor nuestra candidatura presidencial y en conquistar una bancada parlamentaria comprometida con dejar atrás el Chile del pacto derecha-Concertación. ¡Allá vamos!

Francisco Figueroa: Ganar las primarias y reimaginar la izquierda

Francisco Figueroa: Ganar las primarias y reimaginar la izquierda

Originalmente publicada en The Clinic 

Cambian los payasos pero el circo sigue, cantaban Los Miserables allá por 1997. La frase no era sólo el título de una canción, condensaba un sentimiento de desidentificación con la repartija binominal del poder que comenzaba a expandirse con rapidez en la sociedad chilena. 20 años después, la afirmación no es ya una proclama antisistémica, achacable a una marginal actitud punk. Está en el ánimo de la mayoría, en el sentido común de una ciudadanía que al no ver grandes diferencias entre derecha y Concertación, simplemente piensa que elegir entre una u otra coalición carece ya de sentido.

Este fenómeno no es una distorsión del sistema político, es su resultado natural. Desde que para los partidos la confianza de “los mercados” pasó a ser más importante que la confianza de la ciudadanía, el destino de la política binominal quedó sellado: ir a remolque del gran dinero y recibir de la mayoría una estoica e inmutable indiferencia. Que cada elección convoque menos personas que la anterior no es sólo culpa del voto voluntario o del efecto disuasivo de la corrupción. Es la consecuencia de un Estado cuyo soberano no está entre quienes son convocados a votar sino entre quienes concentran el poder económico.

El Frente Amplio surge de las entrañas de este proceso. Es un proyecto que para avanzar necesita conectarse con un Chile que cambió, uno en el que no sólo las filiaciones partidarias están debilitadas, sino la propia capacidad de la política de invocar propósitos, concitar lealtades y aunar voluntades de cambio. La candidatura presidencial de Beatriz Sánchez ha tomado nota de esa realidad. De ahí su foco en no dar por sentada la confianza de las personas en la política y por demostrar convicciones ahí cuando la vieja política transa todo lo que puede transar. Su trayectoria profesional, su independencia de la política binominal y su compromiso con los movimientos sociales más expresivos de la última década, la sitúan a la cabeza del esfuerzo por revertir y no sólo administrar el abstencionismo.

A juzgar por sus actos, las demás candidaturas piensan lo opuesto. Derecha y Concertación calculan que estas elecciones serán definidas por el “voto duro” de cada sector y actúan en consecuencia sin complejos. La derecha dando rienda suelta a su personalidad cavernaria y la Concertación sumergiéndose en disputas de poder por mantenerse en el Estado sin siquiera esforzarse en persuadirnos para qué. Con la mira puesta exclusivamente en las primarias, Mayol no ha escapado a esta tendencia en nuestra vereda. Ha concentrado sus esfuerzos en ocupar el nicho de lo que electoralmente se entiende como “la izquierda”, sin tomar en cuenta que construir izquierda hoy pasa por construir la unidad y organizar la rebeldía precisamente de quienes la política ha privado del derecho a disentir e identificarse políticamente.

Pero combatir la indiferencia para traducirla en votos no basta. Si queremos abrir un ciclo de grandes transformaciones debemos ser más que una nueva coalición electoral y convertirnos en un actor político. Uno que dispute los propios márgenes de lo políticamente discernible, hoy constreñidos por los consensos de las elites, para enfrentar la contradicción fundamental de nuestro tiempo entre capitalismo y democracia que el progresismo neoliberal resuelve sistemáticamente a favor del primero y contra la segunda. Es aquí donde más al debe estamos como Frente Amplio. Y para lograrlo, amplitud no puede confundirse con indefinición.

Ya sabemos de indefinición y ambigüedad. El Gobierno de Bachelet y la Nueva Mayoría las han practicado con entusiasmo y a gran costo. Elevaron las esperanzas en reformas que resolvieran la ausencia de derechos sociales para ganar una elección, sólo para pulverizarlas en cuanto retomaron control de La Moneda. ¿No fue acaso la retroexcavadora apenas una pistola de agua? La indefinición, ya sea como recurso para ampliar una base electoral o como reflejo de la aversión al conflicto y la diferencia, siempre es caldo de cultivo para la reproducción silenciosa de las pautas y hábitos dominantes.

Uno de los requisitos de la amplitud es superar el marco tecnocrático que reduce la imaginación política a discutir ajustes aislados a las políticas públicas vigentes y entiende la responsabilidad como dar muestras de buen comportamiento según las pautas de conducta de esta política sin ciudadanía. Es que el Frente Amplio, incluso a la hora de enfrentar las primarias presidenciales de este domingo, se está jugando algo mucho más grande y en un plazo más largo: la posibilidad de reimaginar la izquierda para transformar los propios principios que sustentan nuestro modo de convivir y producir. Y esto no se mide ni exclusiva ni principalmente en votos.

Votar por Beatriz Sánchez este domingo es abrir la puerta de ese camino. En adelante, sin embargo, hay mucho que recorrer. Los cantos de la política marketizada y la tecnocracia electoral no nos pueden alejar de lo más importante: mejorar el debate interno y fortalecer la unidad política del Frente Amplio. Tenemos una candidata que, con un gran sentido de la condición colectiva de la política de izquierda, ha puesto todo de su parte para facilitar eso. Ahora somos los movimientos que conformamos esta confluencia los que debemos estar a la altura. Será el mejor antídoto cuando enfrentemos las verdaderas adversidades que nos depara el futuro próximo y los payasos del circo busquen recambio.

Carlos Ruiz: “Uno de los desafíos del Frente Amplio es ampliar la participación electoral y política sustantiva”

Carlos Ruiz: “Uno de los desafíos del Frente Amplio es ampliar la participación electoral y política sustantiva”

Como un defensor de la intención del Frente Amplio por llegar a los votantes que hoy no se manifiestan en las urnas se mostró el director de Nodo XXI, académico y fundador de Izquierda Autónoma en el programa Hablemos el Lunes de Radio ADN, conducido por los periodistas Mirna Schindler y Mauricio Hofmann, en el que por tercer lunes consecutivo compartió con Luis Mayol, Jorge Burgos y Carlos Maldonado.

La pobre y desinformada presentación del precandidato presidencial de Chile Vamos, Manuel José Ossandón, en el programa Tolerancia Cero emitido el pasado domingo 4 de junio fue la que motivó la conversación de los panelistas Carlos Ruiz, académico, director de Fundación Nodo XXI y fundador de Izquierda Autónoma; Luis Mayol, RN y ex ministro de Sebastián Piñera; Carlos Maldonado, PR, ex ministro de Justicia y miembro del equipo político de Alejandro Gullier; y Jorge Burgos, DC, ex ministro del Interior de Michelle Bachelet y defensor de la candidatura de Carolina Goic.

La comentada intervención de Ossandón, que recibió incontables burlas a través de redes sociales, donde los usuarios dieron cuenta de su falta de conocimiento sobre temas básicos, como el Acuerdo de París, generó críticas entre los panelistas, quienes atribuyeron su pobre manejo a falta de lectura o falta de preparación para estar en política. Ruiz, sin embargo, fue más allá y señaló que esto responde a “un vacío de la política” que ha hecho que los candidatos tengan que migrar de sus propios partidos para ofrecerle alternativas a una ciudadanía que no cree en la política tradicional.

Precisamente sobre este punto, la lejanía que parece percibir la ciudadanía entre sus intereses y los de los partidos políticos tradicionales, el sociólogo planteó que “la gente siente un divorcio de este sector de la sociedad que empieza a construir una ‘política ensimismada’ (término de Norbert Lechner) que se habla a sí misma y no habla de lo que ocurre en la sociedad. De algún modo, los pactos que condujeron a la transición establecieron límites muy fuertes a lo que se podía comenzar en política. Y quizás si operaron en una primera instancia, después se volvieron costumbre, sencillamente, y terminaron amparando un silencio de la propia elite, donde empezaron a pasar cosas muy feas que recién estamos destapando”.

En el programa emitido el pasado lunes, que discute sobre la contingencia noticiosa de la semana, surgieron voces críticas a la adhesión alcanzada por la precandidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, en la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), donde, planteó Luis Mayol, la abanderada alcanzaría poca votación en regiones y entre la gente de menores ingresos.

Al respecto, Ruiz puntualizó que el fenómeno más decidor no es ese, sino la evidente baja en el apoyo a las dos coaliciones que en los últimos 25 años han marcado la pauta de la política, y que la misión del Frente Amplio hoy es ampliar la participación electoral y política efectiva, a fin de que en las próximas elecciones se acerquen a las urnas quienes no lo han hecho en las últimas votaciones, y revertir de ese modo la escasa participación electoral de los chilenos desde la implementación del voto voluntario. Al respecto, sentenció: “en ese charco cada vez más seco, claro que el porcentaje que siguen teniendo esas figuras históricas es cada vez mayor, pero porque quedan cada vez menos gotas de agua”.

El programa se emite todos los lunes desde las 9:00 A.M a través de Radio ADN, 91,7 FM.

Discurso Francisco Figueroa: Reimaginar la izquierda o el Frente Amplio que necesitamos

Discurso Francisco Figueroa: Reimaginar la izquierda o el Frente Amplio que necesitamos

Como rara vez habemos tantos autónomos juntos, y es más raro aún que lo estemos a la vez con gente importante para nosotros como organización pero también para cada uno como personas, dan ganas de aprovechar la instancia y decir muchas cosas. Pero mientras preparaba estas palabras, caí en la cuenta de que lo más importante es tal vez referirme a lo que está en juego este año para todos nosotros, militantes y no militantes, luchadores sociales y políticos, frenteamplistas e independientes, disconformes y rebeldes de los más diversos tipos.

Con no poca razón, los izquierdistas de antaño advertían contra la “ilusión democrática” que suelen despertar las elecciones. El bombardeo de propuestas hechas a la medida de lo que cada miembro del público quiere escuchar, la facilidad con que los candidatos ofrecemos una sonrisa, van produciendo un ambiente en el que no parece tan descabellada la idea de que una persona puede valer un voto. Razón, digo, porque la realidad se encarga rápidamente de demostrar que los poderes que moldean cómo vivimos nuestras vidas no suelen presentarse a elecciones. Gobiernan por la fuerza, y las más de las veces no por la bruta, sino por la fuerza de quien controla los medios con los que subsistimos.

Esto es incluso más cierto que ayer. Los señores Luksic, Angelini o Matte nunca han puesto sus nombres en una papeleta. Y aún así determinan si podemos acceder o no, y a qué precio, no ya a bienes de consumo, sino al agua, a la salud o a la educación.

Pero vista desde hoy día, esta advertencia izquierdista parece extemporánea, incluso un tanto tierna, como los chistes con los que se reían nuestros abuelos. Pero no porque haya sido refutada, sino porque parece estar de sobra: con esta democracia ya casi nadie se ilusiona. Cada vez menos chilenos esperan algo de la política, ni hablar de dejarse seducir por discursos y programas. Si la fiesta de la democracia no fuera una imagen, sino una fiesta de verdad, sería una extremadamente aburrida, decadente incluso, con apenas un par de invitados dando tumbos en las paredes, mientras se retan a un duelo de cinismo y beben sobras con más cenizas que trago, animando una escena sumamente poco atractiva.

Es inevitable, sin embargo, no sentir que los que vienen llegando a esta malograda fiesta, ilusionados con abrirla a los que pasan afuera, somos nosotros. Para decirlo sin rodeos: enfrentamos la cruel paradoja de querer construir una nueva política justo cuando la política se encuentra más desprestigiada. Solamente asumiendo y encarando esta realidad podremos revertirla.

El desafío de las fuerzas de cambio que componemos el Frente Amplio, por lo tanto, no es “entrar” al sistema político de la transición, ni tampoco arrancarle a éste una cuota de “representación” para quienes han permanecido excluidos. Es que el propio sistema político está en el suelo, la sociedad le pasa por el costado.

No hay que tener un doctorado en sociología para entender por qué pasa esto. Las razones son muy concretas, mucho más que las metafísicas explicaciones que invocan los sacerdotes del neoliberalismo. Si las instituciones representativas, las que se deben al electorado, tienen cada vez menos capacidad de incidir en el modo en que producimos y convivimos, ¿por qué entonces molestarse en salir a votar o en gastar el poco tiempo que nos deja la pega en reuniones de partido?

La política democrática no convoca, porque la propia democracia juega un rol cada vez menos relevante en la sociedad. El Estado resultó a tal punto capturado por la elite empresarial, que ya no es capaz de mediar de forma legítima entre los derechos de las personas y los afanes de ganancia de sus patrones. En el lugar de la democracia se impuso al mercado, y hoy chapoteamos en sus aguas, sórdidamente utilitarias y egoístas, para sobrevivir.

Lo que está en juego, por lo tanto, si queremos cambiar para mejor nuestras condiciones de vida, no es menos que reconstruir las condiciones de posibilidad de la democracia. No darlas por sentadas. Y para lograrlo debemos ir a la raíz del problema y encararlo sin ambigüedades. Podemos calmar nuestras conciencias hablando de las virtudes de la transparencia, prometer que bajaremos nuestros sueldos si llegamos al Parlamento, seducir a nuestra audiencia con el hecho de que no robamos y somos jóvenes… pero todo eso será decoración si no asumimos que para expandir la democracia y conquistar una soberanía efectiva sobre nuestras vidas, desmercantilizar la vida debe ser un principio irrenunciable de nuestra acción política.

Esto implica superar decididamente la engañosa creencia según la cual puede haber democracia sin haber derechos, según la cual puede haber una república sin ciudadanía. Romper, en definitiva, con la piedra angular del proyecto histórico de la Concertación.

Hay quienes piensan que esto no es muy difícil, ahora que los héroes aparte de fatigados están formalizados. Pero la cuestión no es tan simple, porque sigue estando en pie el binominal, y no me refiero al sistema electoral, porque nunca fue sólo eso, sino a la cultura binominal, ese conjunto de hábitos mentales y disposiciones prácticas que presionan para que las fuerzas de cambio nos subordinemos a las disputas internas de la Concertación, como si Chile todavía fuera el país del Sí y el No.

Si algo dejó en evidencia lo inútil que es dejarse llevar por la cultura binominal ha sido el gobierno de la Nueva Mayoría. Su fracaso es también el fracaso de la tesis de las “dos almas de la Concertación”. El bando supuestamente “progresista” de la coalición por fin tomó control del barco, pero sólo para llevarlo por la misma senda ya trazada. Pese a la retórica reformista manoseada, nunca antes se había subsidiado con tantos recursos estatales la conquista emprendida por el sector privado de los servicios públicos. Si esto es reformismo, nosotros somos astronautas. La Nueva Mayoría despilfarró la posibilidad de emprender grandes reformas, posibilidad que se había ganado en la calle, peleando con autonomía por ampliar los límites de lo posible.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos autonomía política.

Pero autonomía no significa que los que estamos bastamos, ni que esto comienza con nosotros. La corrosiva invasión del mercado sobre cada vez más aspectos de nuestra vida individual y colectiva, ha vuelto a poner a la orden del día el problema de la oposición entre capitalismo y democracia. Resuenan así las preocupaciones originales del socialismo, y en un sentido más amplio, la preocupación de la izquierda por hacer de la democracia y la libertad no sólo palabras en un papel, sino una realidad para todos y todas.

Nuestros objetivos inmediatos son entonces pasos en un camino mucho más largo, que se extiende no sólo al futuro con un alcance insospechado, sino también hacia el pasado, conectándose con las generaciones anteriores que lucharon por mantener viva la esperanza en una sociedad distinta.

No se trata de un deber moral. Se trata de una necesidad política. Debemos enfrentar los desafíos de nuestro tiempo con la creatividad con que Recabarren enfrentó los del suyo, levantando organización allí donde los poderosos menos la esperan; luchar, como luchó Eugenio González, por poner los grandes avances técnicos y científicos de nuestro tiempo al servicio de las personas y no al revés, para hacernos más y no menos libres; trabajar, como lo hizo Raúl Ampuero, por darnos partido y proyecto, por darnos brújula y barco para hacer de la política no un deporte, sino una herramienta de efectiva transformación social.

La magnitud de los desafíos que enfrentamos, en definitiva, nos obliga a reimaginar la izquierda. No como un pequeño núcleo de convencidos. Reimaginarla como la herramienta de la unidad social y política de las mayorías, del nuevo en Chile en movimiento que se rebela por un sistema de auténtica seguridad social, por acabar con el yugo del endeudamiento en educación, por la autonomía y la plena ciudadanía de las mujeres, por la conquista de derechos sociales fundamentales.

Llegar al punto de proponerse estas metas, de pensarlas como posibles, no ha sido fácil. Y en adelante, incluso si nos va bien, sobre todo si nos va bien, se vienen más dificultades. Pienso que el ciclo de luchas sociales del que nosotros como Izquierda Autónoma provenimos, de lo que se ha tratado, al final, es de luchar por el derecho a disentir y a imaginar sin permiso una política distinta. No se ha traducido en grandes reformas todavía, de ahí que sea tan difícil encontrar de dónde agarrarse para mantener la esperanza, especialmente considerando toda la derrota que hay para atrás y la incertidumbre que hay cuando miramos para delante.

Sobre esta cuestión de la esperanza es que quiero compartir con ustedes unas palabras que escribió Manuel Rojas, tal vez para saber cómo lidiar con la esperanza, con el hecho de que sea tan esquiva y tan intempestiva a la vez…

Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella.

Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.

Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.

Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.

Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?

Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.

(De qué se nutre la esperanza, Manuel Rojas, 1948)

Francisco Figueroa

Coordinador Nacional de Izquierda Autónoma

Santiago, Mayo 2017

 

Víctor Orellana: “sin entender la colonización empresarial de la política, no podemos desarmarla”

Víctor Orellana: “sin entender la colonización empresarial de la política, no podemos desarmarla”

En foro progresista en Chile21

En respuesta a la invitación a discutir un marco programático para una alianza progresista, el director de Nodo XXI e integrante de Izquierda Autónoma, invitó a realizar un crudo análisis del gobierno de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

 

El pasado Jueves, en las dependencias de la Fundación Chile 21, tuvo lugar la discusión del documento “Por una convergencia de la izquierda para una coalición progresista” redactado por Carlos Ominami y Manuel Antonio Garretón. A esta instancia fueron invitados Carlos Ruiz (reemplazado por Víctor Orellana), Pablo Veloso (Secretario General PS), Javiera Parada (Coordinadora Comisión Contenidos Constitucionales RD) y Gonzalo Navarrete (Presidente PPD).

Las distintas expresiones de izquierda presentes en el debate saludaron la instancia y reconocieron la necesidad de articular una nueva alianza mayoritaria de izquierdas que pueda realizar transformaciones. Al mismo tiempo, criticaron duramente el devenir del PPD, partido ligado a la Fundación Chile 21, y su colaboración activa en la radicalización de las políticas neoliberales en Chile.

Víctor Orellana, sociólogo, militante de Izquierda Autónoma y director de Nodo XXI, dice que el gobierno de Lagos pudo haber revertido esta situación y no lo hizo. En cambio, optó por enfrentar los desafíos del país “creando nichos de acumulación privada con ganancia asegurada con subsidios públicos y con condiciones aseguradas. Ese gobierno radicalizó una colonización empresarial de la política que no había llegado a ese nivel en los gobiernos anteriores democratacristianos”, precisó.

Durante el debate, el sociólogo puso especial énfasis en la colonización empresarial de la política y puntualizó respecto a sus aspectos más importantes: “Primero, a nivel institucional (…) En el caso educacional, la ley de acreditación le da a los actores empresariales lucrativos de la educación una participación directa en los procesos de acreditación y regulación”.

Además, apuntó a la fuerte colonización hacia los partidos tradicionales que comienza en el gobierno de Lagos, pero se acentúa en los siguientes. Para Orellana “lo más escandaloso ha sido el financiamiento a las campañas, pero no se detiene ahí. Podemos ver las puertas giratorias entre directorios de empresas y ministerios. Entonces se va configurando un giro incluso dentro de los márgenes estrechos de la propia transición a una suerte de radicalización neoliberal impulsada, ya no por los militares, la derecha o Lagos, sino por quienes los sucedieron”.

Orellana subrayó que el gobierno de Lagos “se separó de las voluntades que lo llevaron a la moneda y termina en un contubernio empresarial en Casa Piedra”. Para éste, esa política terminó dañando gravemente a la polis, lo cual sostiene mencionando la consecutiva asunción de Velasco al Ministerio de Hacienda en el gobierno de Bachelet, al cual califica como “neoliberal confeso”. Para Izquierda Autónoma “hay que reconstruir la historia de esa sociedad y cómo ese poder colonizó a la política. De lo contrario, sin entender como eso ocurrió, no podemos desarmarlo” afirmó.

Cerca del final, el sociólogo señaló que resulta contradictorio el llamado a converger respecto de la expansión de políticas neoliberales en el actual gobierno: “La gratuidad. ¿Es un avance o no?” polemizó el sociólogo de Nodo XXI. “El mes anterior durante enero y febrero se celebraba que la gratuidad había llegado al doble de personas. Se incorporan estudiantes de IP y CFT, los cuales son dispositivos fundamentales de la división sexual del trabajo. (…) En el sistema masivo lucrativo de educación superior se lucra con esas diferencias (entre carreras para hombres y carreras para mujeres), las estimula, las promueve, y hoy con recursos públicos. Vamos a terminar la reforma educacional el 2017 con más educación privada, con menos educación pública, con más financiamiento público a la educación privada y con más lucro” finalizó.

Estudiantes de universidades en crisis

Estudiantes de universidades en crisis

Carta de Diego López, Secretario Ejecutivo FECH y miembro de Izquierda Autónoma

Publicada originalmente en La Tercera

Señor director:
Las últimas semanas ha quedado en evidencia que la crisis de la educación superior sigue profundizándose. La Universidad Arcis se enfrenta a un inminente cierre por falta de rentabilidad, sus trabajadores han sido despedidos y sus estudiantes siguen a la espera de alguna certeza sobre su futuro. En la Universidad de las Américas -una de las principales instituciones que controla el ya famoso grupo Laureate- los estudiantes han denunciado cobros abusivos de un crédito interno, el cual reemplazó al Crédito con Aval del Estado (CAE) durante los años en que no estuvo acreditada. En la Universidad Iberoamericana se han agudizado los conflictos debido a la renuncia de su rector, el retraso del inicio de clases y la crisis financiera en que se encuentra.
Estos casos no son hechos aislados: son las consecuencias de una educación regida por criterios de mercado. Por lo mismo, las universidades públicas debiesen abrir sus puertas a los estudiantes que verán interrumpidos sus estudios, ofreciendo la posibilidad de terminar sus carreras.

En particular, en la Universidad de Chile, invitamos a nuestro rector Ennio Vivaldi a que considere esta propuesta. Como él mismo ha declarado, debemos asumir un compromiso con la educación pública, por lo que abrir nuestras universidades a esos estudiantes es un primer paso hacia una reforma que se haga cargo de los problemas sustantivos del actual modelo.
Solo así avanzaremos en la dirección que la sociedad ha demandado en los últimos años.