Estudiantes de universidades en crisis

Estudiantes de universidades en crisis

Carta de Diego López, Secretario Ejecutivo FECH y miembro de Izquierda Autónoma

Publicada originalmente en La Tercera

Señor director:
Las últimas semanas ha quedado en evidencia que la crisis de la educación superior sigue profundizándose. La Universidad Arcis se enfrenta a un inminente cierre por falta de rentabilidad, sus trabajadores han sido despedidos y sus estudiantes siguen a la espera de alguna certeza sobre su futuro. En la Universidad de las Américas -una de las principales instituciones que controla el ya famoso grupo Laureate- los estudiantes han denunciado cobros abusivos de un crédito interno, el cual reemplazó al Crédito con Aval del Estado (CAE) durante los años en que no estuvo acreditada. En la Universidad Iberoamericana se han agudizado los conflictos debido a la renuncia de su rector, el retraso del inicio de clases y la crisis financiera en que se encuentra.
Estos casos no son hechos aislados: son las consecuencias de una educación regida por criterios de mercado. Por lo mismo, las universidades públicas debiesen abrir sus puertas a los estudiantes que verán interrumpidos sus estudios, ofreciendo la posibilidad de terminar sus carreras.

En particular, en la Universidad de Chile, invitamos a nuestro rector Ennio Vivaldi a que considere esta propuesta. Como él mismo ha declarado, debemos asumir un compromiso con la educación pública, por lo que abrir nuestras universidades a esos estudiantes es un primer paso hacia una reforma que se haga cargo de los problemas sustantivos del actual modelo.
Solo así avanzaremos en la dirección que la sociedad ha demandado en los últimos años.

“Ciudades democráticas, ciudades para mujeres”

“Ciudades democráticas, ciudades para mujeres”

Columna de Valentina Saavedra, Dirección Nacional de Izquierda Autónoma

Publicada originalmente en La Región Hoy 

Hace dos días se desarrolló el paro y la marcha internacional por la conmemoración del día de las mujeres trabajadoras. Miles de compañeras, amigas, hermanas nos encontramos en las calles como forma de protesta contra la violencia machista y la desigualdad de género.

Ocupamos las avenidas más importantes de las ciudades del país. El uso del espacio público es una de las formas más tradicionales para protestar de los movimientos sociales. Para las mujeres tiene un doble significado, porque hacemos ocupación de un espacio que nos es permanentemente negado, el lugar donde no pertenecemos, donde se nos acosa, donde se nos violenta día a día. Ocupamos ese mismo espacio para demandar fin a esa violencia.

El uso del espacio físico donde nos desenvolvemos, toma relevancia cuando dejamos de considerarlo sólo el escenario de desarrollo de las dinámicas sociales y lo analizamos como parte de los procesos sociales que vivimos. El espacio condiciona en gran medida nuestro desenvolvimiento en la ciudad, desde las decisiones de caminar o tomar el trasporte público, hasta el ritmo y las redes sociales que construimos.

La ciudad en la que vivimos actualmente es una ciudad hecha a la medida del sistema neoliberal, adaptada para mejorar las condiciones del mercado, con alta carencia de regulación y planificación. Se ha constituido en el espacio propicio para las empresas inmobiliarias y constructoras, grandes acumuladoras de riquezas de nuestro país.

Esta dinámica la entrega no sólo facilidad al empresariado, sino que convierte el espacio físico en una herramienta de reproducción de la violencia machista y la sociedad patriarcal.

No nos sorprende la creación de “barrios especializados”, adaptados para mejorar la competencia del mercado y que generan una monofuncionalidad del suelo. Estos van desde los barrios más tradicionales de ventas de autos o ropa, hasta el uso de enormes predios para malls. La monofuncionalidad implica horarios “muertos”, que producen inseguridad al ser espacios propicios para delitos sexuales, que afectan principalmente a las mujeres.

Sin embargo, contrario a lo que en primera instancia pensamos, a las mujeres no sólo se nos violenta en el espacio público. De hecho, el espacio de mayor violencia a la mujer se encuentra en su propia vivienda. Cuando hablamos de violencia intrafamiliar, se omite en parte que la gran mayoría de las víctimas de esa situación es la mujer y en un país que cada vez nos quita más derechos sociales y no nos permite decidir por nuestros futuros y cuerpos, lo que produce es una mayor responsabilidad para las mujeres en el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Esto sumado a políticas sociales basadas en subsidios y bonos que no resuelven una visión compleja de la vida y el desarrollo social, profundizando cada vez más las desigualdades de género.

Ejemplo de lo anterior es cómo en materia de vivienda, se trabaja a través de soluciones parciales, donde cada vacío le corresponde a la familia resolverlo. La configuración residencial que se da principalmente villas populares, tiende a precarias condiciones de habitabilidad, mayores niveles de hacinamiento y falta de privacidad. Es decir, se entrega una vivienda sin considerar la complejidad de insertarse en la dinámica de la vida urbana.

Cada medida que aplica el diseño de dicha vivienda y de los barrios donde se localizan, que tensiona las relaciones familiares, se puede considerar una medida que pone en mayor riesgo a la mujer. Ejemplos de esto son la relocalización de familias de menores recursos y la pérdida de redes vecinales, que produce una mayor desprotección de las mujeres víctimas de violencia, o cómo la falta de equipamiento y centros de trabajo, acrecientan las dificultades del cuidado de los hijos y las posibilidades de las madres de poder acceder a independencia económica (considerando la inexistencia de remuneración del trabajo del cuidado familiar, responsabilidad asignada principalmente a las mujeres), factor fundamental para abandonar los espacio de violencia machista.

Construir un país democrático, con derechos sociales y reproductivos, debe incorporar el espacio físico donde nos desarrollamos. Espacios que nos deben pertenecer a todos y todas.

Masvida, la “Universidad del Mar” de la salud

Masvida, la “Universidad del Mar” de la salud

Columna de Matías Goyenechea, miembro de Izquierda Autónoma y presidente de la Fundación Creando Salud

Publicada originalmente en The Clinic

La crisis de Masvida como se ha señalado, no responde solamente a un problema aislado de mala gestión. Esta crisis es producto del crecimiento del mercado privado de la salud, que se ha expandido violentamente en los últimos 17 años y que ha priorizado el negocio y enriquecimiento de unos pocos por sobre el derecho  a la salud. El elemento central en la comprensión de la crisis de Masvida es el cómo se ha gestado el crecimiento de la industria de los seguros de salud. Puesto en simple, se ha generado una concentración del mercado, reduciendo el número de Isapres. Un segundo paso en la transformación del mercado de la salud privada fue la conformación de los grandes holdings que hoy rigen el mercado, los cuales están respaldados a su vez por grandes conglomerados, como por ejemplo PENTA, Grupo Bethia o la Cámara Chilena de la Construcción.

La conformación de estos Holdings, dio paso a la integración vertical, en donde aseguradoras y clínicas son parte de un mismo grupo de empresas lo que permite a la Isapre actuar como intermediario financiero dirigiendo a  donde van los fondos de sus cotizantes, es decir en que clínica se gastan. Esto permite que el dinero quede en casa, entendiendo por casa, a  las clínicas de un mismo grupo o holding de salud. En el caso de Masvida no se contaba con las espaldas financieras otorgadas por los grandes conglomerados. No obstante , se embarcó en una  política de expansión a través de la compra de clínicas, utilizando fondos de la Isapre, y es por esta razón que se comienzan a “alterar” los estados financieros, y dado que las inversiones no resultaron tan rentables como se pensaba, , deja sin liquidez a Masvida produciendo problemas con los pago de los servicios a las clínicas en donde sus afiliados se atendían.

Masvida es a la salud lo que la Universidad del Mar fue a la educación, dondeel lucro de los mercaderes conducen a una situación de desprotección de las personas, con la venia del Estado. Masvida solía presentarse como la “isapre buena”, por su política de evitar el alza de precios, pero lo anterior es más bien fruto del marketing Masvida, como todas las isapres, es un negocio lucrativo, basado en la tarificación según la probabilidad de enfermar de sus afiliados. Y el congelamiento de los precios respondió a que sus utilidades no se ponen en riesgo, dado que la cartera de afiliados es una de las que tiene menor riesgo de “enfermar”, por tanto menos costosa y tiene un menor gasto en atenciones de salud.

Masvida nos muestra lo fundamental que es avanzar en una reforma estructural de la salud en Chile, en donde el centro no este puesto en maximizar la utilidad individual sino el bienestar colectivo.

Tarapacá y el desafío del Frente Amplio

Tarapacá y el desafío del Frente Amplio

Columna de Rodrigo Oliva, dirigente de Izquierda Autónoma y precandidato a diputado por Tarapacá, en conjunto con el equipo de comunicaciones de Izquierda Autónoma Iquique.

Publicada originalmente en Edición Cero

El despertar del 2017 viene marcado por las tareas que las fuerzas transformadoras debemos asumir, tanto para intervenir en la forma que va tomando la lucha social en el país, como también en el vacío político que se presenta y caracteriza por la falta de conducción del pacto social de la transición sobre la sociedad. Entre el agotamiento de la vieja política concertacionista y la incapacidad de que emerja una sustantiva fuerza social cohesionada, se nos presenta un claroscuro que tendrá uno de dos resultados opuestos: provocar que todo se cambie para que no cambie nada o posibilitar las condiciones de constitución de un actor social capaz de incidir política y socialmente con nuevos intereses empujados a la política.

Si bien es cierto, que la ecología política local posee ciertos niveles de particularidad, la dinámica del escenario de la totalidad cobra sentido y se impone en su tablero general. Es así, que nuestras castas locales, burócratas partidarios y ciertos dirigentes cooptados, son parte de una cultura que impone una política determinada desde el ethos concertacionista donde se gestiona la política del malestar (de la deuda, del CAE, de las AFP, entre otras). Esa política, que condiciona la vida de todos y todas, terminan por dirimir a espaldas de la sociedad, puesto a ojos de esta es impresentable. En definitiva, es aquella dimensión la que se busca alterar cuando trabajamos para constituir una nueva alternativa política en Tarapacá, intervenir la totalidad desde nuestra particularidad.

Desde esa vereda, los esfuerzos emergentes con vocación de cambio comienzan a recoger los patrones de unidad del impulso que recorre Chile, mediante la convocatoria a la constitución de un Frente Amplio que tenga su expresión natural en Tarapacá, y que avance en dos objetivos: consolidar una alternativa política electoral que permita enfrentar al corrompido duopolio y su expresión local y, a la vez, comenzar a caracterizar una convergencia de identidades sociales y políticas para enfrentar el ciclo de luchas sociales pendientes.

El criterio básico para la constitución de este Frente Amplio es invitar a todos quienes quieran ingresar, mientras posean independencia total de los actores constitutivos del duopolio y de los dineros del empresariado. Esto requiere que el Frente Amplio condense su amplitud en la idea de transformarse en una herramienta útil para dotar con capacidad de disputa a la sociedad Tarapaqueña, e impulsar la recuperación de nuestros derechos sociales, sexuales y reproductivos como eje de articulación de una política de cambios, obligando a retroceder de los espacios de decisión a los representantes del mercado y el gran empresariado.

Es por ello que un Frente Amplio en Tarapacá se transforma en un punto de llegada de todo un conjunto de actores sociales que desde su heterogeneidad, vagan por el descampado y la despolitización inducida del modelo, dispersando una voluntad que está ahí, y que se sabe víctima de la irracional forma de convivir que impone el neoliberalismo en Chile. En ello nuestra responsabilidad radica en convencer de lo útil de proponerse una mirada común de lo que representa este escenario electoral para la materialización y conquista de reivindicaciones sociales, que apunten en hacer retroceder la mercantilización que promueven los actores políticos del duopolio como respuesta a las necesidades de la sociedad.

En ese sentido el Frente Amplio es un táctica para derrotar a nuestros adversarios. Pero también, configura un punto partida de una voluntad que mira la política como un campo al cual intervenir, de un largo y pujante proceso de (re)constitución del entramado social. Lo segundo, es una de las principales tareas que deberían asumir los proyectos políticos transformadores de la región.

El ciclo electoral es un aspecto coyuntural de la política, una raya en el agua respecto a las tareas y desafíos de la constitución de mayor unidad política del pueblo, pero no por eso, podemos dejar de atenderlo. La posibilidad de aunar criterios prácticos debe estar resuelta sobre la capacidad de llegar a acuerdos concretos en torno a un objetivo común, en donde se definan las principales labores de las fuerzas de cambio, buscando que apunten a acumular posiciones para transformar los cimientos del actual estado de las cosas.

En ese orden, creemos que la idea de una bancada parlamentaria que dispute la materialización de las demandas que han levantado desde el campo de los Derechos Sociales, sexuales y reproductivos como norte es un objetivo de unidad política concreta, un sentido y orden a la posibilidad de intervenir coherentemente el escenario electoral. No se trata de construir espacios donde ocurra una oscura negociación burocrática, sino de dotar de contenido al triunfo venidero de una nueva sociedad, que busque construir para sí instrumentos que le permitan disputar su felicidad mediante la conquista de sus derechos, siendo la voluntad unitaria del Frente Amplio mejorar sustantivamente la vida de los chilenos y chilenas. El frente debe ser amplio en los intereses que lo constituyen, solo así será útil.

En Tarapacá el momento político es crítico, pero a su vez presenta una interesante oportunidad para enfrentarlo. La región se encuentra empantanada por la conducción de las fuerzas del duopolio, ambas coaliciones son gobernadas por el ABC del dinero y el cohecho, atrincherados en cargos públicos, no logran resolver sus fratricidas disputas que extrapolan al conjunto de la sociedad, poniendo a las necesidades de la gente como carne de cañón de uno u otro bando. Han fracasado en la idea de situar un imaginario de región que sea compartido por sus habitantes; la colonización y cooptación del aparato del Estado por parte de grupos económicos y transnacionales, con su descarada forma de intervenir los asuntos públicos, subordinó el desarrollo de la región a sus utilidades en desmedro del buen vivir y del bien común, y construyó una política que empobrece paulatinamente a la población, entre trabajos precarios y altos costos de vida. Así, se sitúa a Tarapacá entre los peores indicadores nacionales respecto a bienestar.

La Nueva Mayoría y la Derecha, con su centralismo, le han hecho daño a la sociedad tarapaqueña. Desde ellos no vendrán las respuestas para salir de dicha condición, es más, sólo pueden responder con más de lo mismo, haciéndonos creer que algo cambia, para que en realidad no cambie nada. Ante eso, el Frente Amplio debe elaborar una política unitaria para enfrentar conflictos como el de la Ley de Pesca, la avanzada del modelo extractivista y sus proyectos energéticos, la precariedad de la educación y salud públicas, y la negación del derecho a la vivienda, todos conflictos que azotan fuertemente a la región.

En Tarapacá existen condiciones sobre las cuales considerar la posibilidad de un triunfo electoral y una conquista de posiciones para las fuerzas emergentes. Sin embargo, la izquierda local, las fuerzas de cambio y las expresiones de la ola constitutivas de partidos y movimientos emergentes que han ido aflorando la región, en sí mismos, no son suficientes para movilizar la energía y materia para un triunfo electoral. Debemos impulsar una situación que hoy no está dada, pero que podemos construir inteligentemente para obtener la victoria. La política revolucionaria se trata de eso, de derribar gigantes.

Tampoco el estado actual del desarrollo político nos pone en una posición de avanzada respecto a una cultura política que le dispute los cimientos culturales, morales y políticos al capitalismo y al patriarcado, debemos construir esas trincheras. Debemos estar consciente de aquello, porque así como podemos ganar, existe la posibilidad siempre cierta de perder y ser borrados del mapa o quedar vivos pero náufragos, existiendo por existir.

Es por ello que esto va más allá de juntar a todas las organizaciones pequeñas y precoces, ni de posicionar marcas y elaborar eslóganes pegadizos que sean utilizados por no más de cinco minutos. Se trata de dotar de densidad social y política al carácter del malestar que promueve la cultura política concertacionista en Tarapacá, para subirlo al impulso nacional de cambios necesarios para el País. Un Frente Amplio que recién se propone caminar, no debe tenerle miedo a la tecnología del movimiento social, debe someterse a su juicio en tanto su utilidad está dada por la capacidad de situarse como herramienta de este. Por las condiciones de Tarapacá, no puede juntarse, ni fundarse sin aquello.

¿Cómo enfrenta la región de Tarapacá la constitución de esta fuerza?, ¿Cual es el estado de sus luchas y sus organizaciones sociales?, ¿Cuál es el rol de los intelectuales que emergen con el nuevo campo de sujetos y sujetas que sostienen la idea de una transformación que perfile justicia social y que puedan mediar aquello con las condiciones propias y particulares del fenómeno regional sin caer en regionalismos básicos?, ¿Cómo lograr el protagonismo de los y las luchadores sociales y dirigentes sociales que cotidianamente enfrentan el peso de la cultura política clientelar de la concertación?

Las respuestas a estas interrogantes deben ser trabajadas desde la convergencia, no obstante, la dinámica de la situación obliga a pensar un 2017 con los mayores grados de unidad, realismo y responsabilidad posibles, porque hay posibilidades de una victoria, que por lo demás es necesaria. La idea de situar intereses colectivos por sobre los parciales y particulares, nos obliga a consagrar el principio de la unidad, para lograr obtener la capacidad de hacer retroceder al adversario político, quien promueve la política que nos priva nuestros derechos y precariza nuestra vida.

Es por ello que, el desafío del Frente Amplio, está en convocar a la comunidad Tarapaqueña a convencerse de que la única forma en la cual se curarán los males que ha dejado la política del malestar y desencanto, es volviendo a construir protagonismos colectivos, situar los intereses generales de la sociedad que puja por bienestar, convocando a su participación y empoderamiento. El tablero está tambaleando, de todos y todas depende darlo vuelta.

Recuperar la democracia para conquistar la alegría

Recuperar la democracia para conquistar la alegría

Columna de Diego Rodríguez, miembro de Izquierda Autónoma, en conjunto con Atilio Herrera (Partido Igualdad), Carlos Pizarro (PODER), y Pablo Riveros (Partido Ecologista Verde) sobre el #FrenteAmplioChile

Publicada originalmente en El Desconcierto

Hace ya casi 30 años, un gran arco de fuerzas políticas y sociales, diverso como pocas veces se había visto en la historia, prometió a Chile recuperar la alegría y la democracia. Algunos creyeron, otros no tanto, pero al final del día, los militares -que habían gobernado el país por 17 años- volvieron a sus cuarteles para que la democracia hiciera su entrada triunfal.

Con la vuelta de los militares a los cuarteles, la movilización social que empujó su retirada volvía a sus casas. Ese era el trato. Ahora vendrían los tecnócratas a hacerse cargo del país. Había costado demasiado recuperar la democracia, debíamos cuidarla, y ellos eran los expertos.

¿Y la gente? ¿Y el pueblo que se había movilizado para recuperar el control sobre sus vidas de manos de la dictadura?. Trabajando, haciendo todo lo posible por surgir, por dar un mejor vivir a sus familias, tratando de educar a sus hijos, pues entendía que esa era ahora la clave del éxito. La alegría en realidad sólo llegó para unos pocos, había que esperar que chorreara, pero al menos había democracia, podíamos votar y eso antes estaba prohibido. Punto para el arcoíris.

Así fue pasando el tiempo, pasaron los primeros 10 años, la gente seguía en sus casas, tratando de surgir, uno por uno, estudiando, trabajando y endeudándose. Volvimos a ir a un mundial, no nos fue muy bien. El penal que nunca fue penal, otra vez nos arrebataba la alegría.

Siguió pasando el tiempo, la democracia cada día más cansada, se le veía enferma, agotada, muchas veces violentada. Esa democracia no lograba cumplir con tantas promesas y se fue volviendo en un eslogan vacío. Es verdad, ya no estaban los militares, pero cada día nuestras vidas nos pertenecían menos. Si querías estudiar, debías endeudarte, si te enfermabas, tenías que endeudarte, si envejecías…no, mejor ni hablar de envejecer. El Chile que habíamos recuperado para el beneficio de la gente resultó que, cada día más, beneficiaba a los mismos pocos de siempre.

Con una democracia carente de sentido, fuimos poco a poco dejando de ir a votar. Total, no había  mayor diferencia si ganaba uno u otro, la alternancia del poder se cambió por turnos en el poder. Nuestras vidas las empezaron a controlar las deudas. Los derechos sociales -base para una democracia plena- fueron entregados a los grandes grupos económicos. La alegría no llegaba y la democracia, por la que tanto peleamos, cada vez parecía menos importante. Había que conformarse con que “al menos ya no te matan”. Bueno, salvo que seas mapuche.

En la quietud de la eterna transición, algunas voces se levantaron. No debemos olvidarlas. Familias de mineros que vieron una vida cerrada ante sus ojos; los mapuche que volvieron a reclamar por tierra y cultura; las familias que buscaban un lugar digno donde vivir y terminaron endeudadas, viviendo en ghettos lejos de sus orígenes y redes.

Pero con el tiempo el miedo empezó a desaparecer. Nuevas generaciones que no vivieron el terror empezaron a buscar esa alegría prometida que nunca llegaba. Llegaron los pingüinos, y exigieron su derecho a una educación de calidad, igual que la de los colegios del barrio alto. Lógico, les dijeron que ahí estaba la clave del éxito. Y ahí estaban los expertos de todos los colores, que agradecieron el llamado de atención de los jóvenes y levantaron sus manos anunciando un nuevo porvenir. Pero la alegría tampoco llegó, ni mucho menos el tan anhelado sueño de hacer caer la educación de Pinochet.

Seguía pasando el tiempo y esos mismos jóvenes crecieron, entraron a distintas universidades, porque ahora todos podemos estudiar, es cosa de pedir un crédito. Pero pese a que todos podemos estudiar, los secretos del éxito seguían siendo enseñados a unos pocos, igual que 20 años atrás. Entonces estos jóvenes volvieron a salir a la calle. Tras, o junto, a esos jóvenes salieron los adultos, los que por más de 20 años habían guardado sus banderas, obedientes de este nuevo trato donde la política era cosa de expertos y la democracia había que cuidarla del manoseo populista y del enfado militar.

Creció el descontento de los estudiantes, de las regiones olvidadas. Salimos a las calles diciendo “No a Hidroaysén”, defendiendo nuestros ríos, parando Alto Maipo y Castilla, exigimos proteger nuestra tierra. Se levantó el malestar y cansancio de la gente adulta mayor que no tenía cómo vivir la vejez, de las y los pobladores que vivían hacinados, de trabajadoras y trabajadores que sufrían nuevas formas de explotación, y para las cuales las viejas organizaciones sindicales -dirigidas por los partidos de gobierno- no tenían respuestas. Nos manifestamos, llenamos las calles de colores, felicitaron nuestra creatividad, nuestra capacidad de instalar temas en la agenda. Parecía que ahora sí estábamos rozando la democracia, una hecha a pulso y, aunque estábamos molestos, al mismo tiempo estábamos un poco más alegres.

Pero como las leyes no se redactan en las calles, alguien tenía que llevar esas banderas al gobierno. Ahí volvió la presidenta, esa que prometió a las mujeres un nuevo horizonte, que se fue entre aplausos. Y si bien no eran las mismas banderas, prometió llevar al gobierno unas más o menos parecidas. Error. Chile había cambiado, había despertado, habíamos vuelto a llenar las calles, los que no habían cambiado eran los tecnócratas, los que hacían las leyes.

Con el retorno de la presidenta desembarcó en el gobierno un gabinete que venía directamente de los directorios de las principales empresas del país, y rápidamente fueron poniendo paños fríos a las demandas sociales. Estos nuevos expertos nos explicaban que había que proteger la democracia de los intereses populistas de la gente, era evidente que la prioridad estaba en la CPC, en el crecimiento, en la lógica de gastar poquito presupuesto fiscal para la gente. Pero para rescatar a las forestales, mineras, pesqueras y a las empresas eléctricas el dinero estaba a destajo.

Aparecieron las boletas falsas, financiamiento de campañas -incluso de las que se vendían como nuevas y de manos limpias-, raspados de ollas. Nos enteramos de cómo se redactaban leyes directamente desde los gremios empresariales. Vimos la puerta giratoria entre directorios de empresas, dirigencias de partidos y los principales puestos del gobierno. Y, en ese proceso, vimos cómo esas banderas, inicialmente parecidas a las originales, terminaron siendo como la Tomy Cola de las demandas que movilizaron al país.

Así entendimos que no bastaba con protestar, ahí fue cuando dijimos “no más”. No podemos delegar en otros la responsabilidad de terminar de construir un Chile alegre y democrático. Entendimos que tras los rostros amables que pretendían renovar la vieja política se seguían escondiendo los intereses de los financistas de los partidos, y ante eso, poco podían hacer sus militantes bienintencionados. Entendimos que el problema no era la democracia, si no que ella también había sido olvidada.

Entendimos también que las organizaciones que habían impulsado las coloridas movilizaciones sociales, debíamos superar las diferencias que por años nos dividieron para asumir la responsabilidad del desafío histórico de hacernos cargo de nuestro propio futuro; entendiendo que la diversidad será nuestra riqueza. Pero, por sobre todo, entendimos que estos mismos partidos, por sí solos, no bastaban, que la unidad era importante, pero siempre y cuando estuviera primero la unidad con la gente, porque el desafío es conquistar un Chile de derechos, plurinacional, feminista y radicalmente democrático; para que la alegría llegue, pero llegue para todos y todas.

Por eso acá estamos, hombres y mujeres de distintas edades; estudiantes, trabajadoras y pobladores. ecologistas, feministas, demócratas varios, liberales, humanistas, ciudadanos empoderados, estamos los que nos sentimos herederos de la larga tradición de la izquierda y los que no nos encasillamos en la dicotomía izquierda/derecha, pero todos con la misma convicción: construir la fuerza política transformadora que consolide los derechos de las y los chilenos.

A este esfuerzo le hemos llamado Frente Amplio. Un proyecto en construcción, diverso, que busca abrirse a toda la gente, los encantados y desencantados de la política. Que tiene como únicos límites la total autonomía respecto al poder económico y los poderes de la vieja política; y donde nos une la voluntad de, ahora sí, conquistar esa esquiva alegría prometida hace ya tantos años.

Mujeres y violencia

Mujeres y violencia

Columna de Camila Rojas, dirigenta de Izquierda Autónoma y precandidata a diputada por la V costa.

Publicada originalmente en El Lider

Menos sueldo, previsión social y salud más caras, trabajo dentro y fuera del hogar, son algunas de las cargas extras en las espaldas de las mujeres. Acompañado de esas situaciones cotidianas y que pasan por naturales, día a día sabemos de casos de maltratos, violaciones y femicidios: “Comerciante santiaguino fue detenido por golpear a su mujer”, “Prisión preventiva para garzón que atacó a su pareja con un cuchillo”, “Agredió a su pareja y luego la dejó en la vía pública” son algunas noticias de El Líder de los últimos días.

En todas sus formas, y como señala la Red Chilena Contra la Violencia hacia las Mujeres, la violencia en la vida de las mujeres es un continuo, que se expresa en las relaciones al interior del hogar y también en espacios públicos como la calle, el trabajo, el colegio o la universidad. El femicidio es el último eslabón de estas violencias, y refleja plenamente el sometimiento al cual estamos expuestas y el desprecio soterrado que existe por nuestras vidas. Uso de armas blancas, asfixias y quemaduras son las causas más frecuentes de las muertes de mujeres en manos de hombres reconocidos como quienes “las amaban”, mutilaciones, arranques de ojos o piel las más brutales. Para completar la postal muchas veces mujeres y hombres enjuiciamos con frases del tipo ¿Cómo iba vestida? ¿Qué tomó? ¿Lo habrá engañado? ¿Le habrá coqueteado? Hablar de amor y enjuiciar lo que provoca es 1) atenuar las responsabilidades de los agresores y 2) que las mujeres seamos señaladas como causantes de la violencia; ambas olvidan el carácter estructural de esta situación.

Cifras del Ministerio del Interior indican que una de cada tres mujeres chilenas ha vivido violencia física, sexual o psicológica por parte de parejas o ex parejas. Culparlas es el camino fácil, al contrario el camino difícil nos invita a reconocer que este es un problema social que supera lo que vive cada mujer, siendo necesario prevenir y sancionar; y que la legislación debe ir más allá del ámbito intrafamiliar, abordando todas estas violencias e identificando desigualdades estructurales y discriminaciones arbitrarias que las intensifican (situación económica, etnia, orientación sexual). Socialmente debemos comprender que las mujeres somos personas en sí mismas y para nosotras mismas y no para los hombres, teniéndolo claro nuestras relaciones serán sanas y no meros ejercicios de dominación.