Tarapacá y el desafío del Frente Amplio

Tarapacá y el desafío del Frente Amplio

Columna de Rodrigo Oliva, dirigente de Izquierda Autónoma y precandidato a diputado por Tarapacá, en conjunto con el equipo de comunicaciones de Izquierda Autónoma Iquique.

Publicada originalmente en Edición Cero

El despertar del 2017 viene marcado por las tareas que las fuerzas transformadoras debemos asumir, tanto para intervenir en la forma que va tomando la lucha social en el país, como también en el vacío político que se presenta y caracteriza por la falta de conducción del pacto social de la transición sobre la sociedad. Entre el agotamiento de la vieja política concertacionista y la incapacidad de que emerja una sustantiva fuerza social cohesionada, se nos presenta un claroscuro que tendrá uno de dos resultados opuestos: provocar que todo se cambie para que no cambie nada o posibilitar las condiciones de constitución de un actor social capaz de incidir política y socialmente con nuevos intereses empujados a la política.

Si bien es cierto, que la ecología política local posee ciertos niveles de particularidad, la dinámica del escenario de la totalidad cobra sentido y se impone en su tablero general. Es así, que nuestras castas locales, burócratas partidarios y ciertos dirigentes cooptados, son parte de una cultura que impone una política determinada desde el ethos concertacionista donde se gestiona la política del malestar (de la deuda, del CAE, de las AFP, entre otras). Esa política, que condiciona la vida de todos y todas, terminan por dirimir a espaldas de la sociedad, puesto a ojos de esta es impresentable. En definitiva, es aquella dimensión la que se busca alterar cuando trabajamos para constituir una nueva alternativa política en Tarapacá, intervenir la totalidad desde nuestra particularidad.

Desde esa vereda, los esfuerzos emergentes con vocación de cambio comienzan a recoger los patrones de unidad del impulso que recorre Chile, mediante la convocatoria a la constitución de un Frente Amplio que tenga su expresión natural en Tarapacá, y que avance en dos objetivos: consolidar una alternativa política electoral que permita enfrentar al corrompido duopolio y su expresión local y, a la vez, comenzar a caracterizar una convergencia de identidades sociales y políticas para enfrentar el ciclo de luchas sociales pendientes.

El criterio básico para la constitución de este Frente Amplio es invitar a todos quienes quieran ingresar, mientras posean independencia total de los actores constitutivos del duopolio y de los dineros del empresariado. Esto requiere que el Frente Amplio condense su amplitud en la idea de transformarse en una herramienta útil para dotar con capacidad de disputa a la sociedad Tarapaqueña, e impulsar la recuperación de nuestros derechos sociales, sexuales y reproductivos como eje de articulación de una política de cambios, obligando a retroceder de los espacios de decisión a los representantes del mercado y el gran empresariado.

Es por ello que un Frente Amplio en Tarapacá se transforma en un punto de llegada de todo un conjunto de actores sociales que desde su heterogeneidad, vagan por el descampado y la despolitización inducida del modelo, dispersando una voluntad que está ahí, y que se sabe víctima de la irracional forma de convivir que impone el neoliberalismo en Chile. En ello nuestra responsabilidad radica en convencer de lo útil de proponerse una mirada común de lo que representa este escenario electoral para la materialización y conquista de reivindicaciones sociales, que apunten en hacer retroceder la mercantilización que promueven los actores políticos del duopolio como respuesta a las necesidades de la sociedad.

En ese sentido el Frente Amplio es un táctica para derrotar a nuestros adversarios. Pero también, configura un punto partida de una voluntad que mira la política como un campo al cual intervenir, de un largo y pujante proceso de (re)constitución del entramado social. Lo segundo, es una de las principales tareas que deberían asumir los proyectos políticos transformadores de la región.

El ciclo electoral es un aspecto coyuntural de la política, una raya en el agua respecto a las tareas y desafíos de la constitución de mayor unidad política del pueblo, pero no por eso, podemos dejar de atenderlo. La posibilidad de aunar criterios prácticos debe estar resuelta sobre la capacidad de llegar a acuerdos concretos en torno a un objetivo común, en donde se definan las principales labores de las fuerzas de cambio, buscando que apunten a acumular posiciones para transformar los cimientos del actual estado de las cosas.

En ese orden, creemos que la idea de una bancada parlamentaria que dispute la materialización de las demandas que han levantado desde el campo de los Derechos Sociales, sexuales y reproductivos como norte es un objetivo de unidad política concreta, un sentido y orden a la posibilidad de intervenir coherentemente el escenario electoral. No se trata de construir espacios donde ocurra una oscura negociación burocrática, sino de dotar de contenido al triunfo venidero de una nueva sociedad, que busque construir para sí instrumentos que le permitan disputar su felicidad mediante la conquista de sus derechos, siendo la voluntad unitaria del Frente Amplio mejorar sustantivamente la vida de los chilenos y chilenas. El frente debe ser amplio en los intereses que lo constituyen, solo así será útil.

En Tarapacá el momento político es crítico, pero a su vez presenta una interesante oportunidad para enfrentarlo. La región se encuentra empantanada por la conducción de las fuerzas del duopolio, ambas coaliciones son gobernadas por el ABC del dinero y el cohecho, atrincherados en cargos públicos, no logran resolver sus fratricidas disputas que extrapolan al conjunto de la sociedad, poniendo a las necesidades de la gente como carne de cañón de uno u otro bando. Han fracasado en la idea de situar un imaginario de región que sea compartido por sus habitantes; la colonización y cooptación del aparato del Estado por parte de grupos económicos y transnacionales, con su descarada forma de intervenir los asuntos públicos, subordinó el desarrollo de la región a sus utilidades en desmedro del buen vivir y del bien común, y construyó una política que empobrece paulatinamente a la población, entre trabajos precarios y altos costos de vida. Así, se sitúa a Tarapacá entre los peores indicadores nacionales respecto a bienestar.

La Nueva Mayoría y la Derecha, con su centralismo, le han hecho daño a la sociedad tarapaqueña. Desde ellos no vendrán las respuestas para salir de dicha condición, es más, sólo pueden responder con más de lo mismo, haciéndonos creer que algo cambia, para que en realidad no cambie nada. Ante eso, el Frente Amplio debe elaborar una política unitaria para enfrentar conflictos como el de la Ley de Pesca, la avanzada del modelo extractivista y sus proyectos energéticos, la precariedad de la educación y salud públicas, y la negación del derecho a la vivienda, todos conflictos que azotan fuertemente a la región.

En Tarapacá existen condiciones sobre las cuales considerar la posibilidad de un triunfo electoral y una conquista de posiciones para las fuerzas emergentes. Sin embargo, la izquierda local, las fuerzas de cambio y las expresiones de la ola constitutivas de partidos y movimientos emergentes que han ido aflorando la región, en sí mismos, no son suficientes para movilizar la energía y materia para un triunfo electoral. Debemos impulsar una situación que hoy no está dada, pero que podemos construir inteligentemente para obtener la victoria. La política revolucionaria se trata de eso, de derribar gigantes.

Tampoco el estado actual del desarrollo político nos pone en una posición de avanzada respecto a una cultura política que le dispute los cimientos culturales, morales y políticos al capitalismo y al patriarcado, debemos construir esas trincheras. Debemos estar consciente de aquello, porque así como podemos ganar, existe la posibilidad siempre cierta de perder y ser borrados del mapa o quedar vivos pero náufragos, existiendo por existir.

Es por ello que esto va más allá de juntar a todas las organizaciones pequeñas y precoces, ni de posicionar marcas y elaborar eslóganes pegadizos que sean utilizados por no más de cinco minutos. Se trata de dotar de densidad social y política al carácter del malestar que promueve la cultura política concertacionista en Tarapacá, para subirlo al impulso nacional de cambios necesarios para el País. Un Frente Amplio que recién se propone caminar, no debe tenerle miedo a la tecnología del movimiento social, debe someterse a su juicio en tanto su utilidad está dada por la capacidad de situarse como herramienta de este. Por las condiciones de Tarapacá, no puede juntarse, ni fundarse sin aquello.

¿Cómo enfrenta la región de Tarapacá la constitución de esta fuerza?, ¿Cual es el estado de sus luchas y sus organizaciones sociales?, ¿Cuál es el rol de los intelectuales que emergen con el nuevo campo de sujetos y sujetas que sostienen la idea de una transformación que perfile justicia social y que puedan mediar aquello con las condiciones propias y particulares del fenómeno regional sin caer en regionalismos básicos?, ¿Cómo lograr el protagonismo de los y las luchadores sociales y dirigentes sociales que cotidianamente enfrentan el peso de la cultura política clientelar de la concertación?

Las respuestas a estas interrogantes deben ser trabajadas desde la convergencia, no obstante, la dinámica de la situación obliga a pensar un 2017 con los mayores grados de unidad, realismo y responsabilidad posibles, porque hay posibilidades de una victoria, que por lo demás es necesaria. La idea de situar intereses colectivos por sobre los parciales y particulares, nos obliga a consagrar el principio de la unidad, para lograr obtener la capacidad de hacer retroceder al adversario político, quien promueve la política que nos priva nuestros derechos y precariza nuestra vida.

Es por ello que, el desafío del Frente Amplio, está en convocar a la comunidad Tarapaqueña a convencerse de que la única forma en la cual se curarán los males que ha dejado la política del malestar y desencanto, es volviendo a construir protagonismos colectivos, situar los intereses generales de la sociedad que puja por bienestar, convocando a su participación y empoderamiento. El tablero está tambaleando, de todos y todas depende darlo vuelta.

Recuperar la democracia para conquistar la alegría

Recuperar la democracia para conquistar la alegría

Columna de Diego Rodríguez, miembro de Izquierda Autónoma, en conjunto con Atilio Herrera (Partido Igualdad), Carlos Pizarro (PODER), y Pablo Riveros (Partido Ecologista Verde) sobre el #FrenteAmplioChile

Publicada originalmente en El Desconcierto

Hace ya casi 30 años, un gran arco de fuerzas políticas y sociales, diverso como pocas veces se había visto en la historia, prometió a Chile recuperar la alegría y la democracia. Algunos creyeron, otros no tanto, pero al final del día, los militares -que habían gobernado el país por 17 años- volvieron a sus cuarteles para que la democracia hiciera su entrada triunfal.

Con la vuelta de los militares a los cuarteles, la movilización social que empujó su retirada volvía a sus casas. Ese era el trato. Ahora vendrían los tecnócratas a hacerse cargo del país. Había costado demasiado recuperar la democracia, debíamos cuidarla, y ellos eran los expertos.

¿Y la gente? ¿Y el pueblo que se había movilizado para recuperar el control sobre sus vidas de manos de la dictadura?. Trabajando, haciendo todo lo posible por surgir, por dar un mejor vivir a sus familias, tratando de educar a sus hijos, pues entendía que esa era ahora la clave del éxito. La alegría en realidad sólo llegó para unos pocos, había que esperar que chorreara, pero al menos había democracia, podíamos votar y eso antes estaba prohibido. Punto para el arcoíris.

Así fue pasando el tiempo, pasaron los primeros 10 años, la gente seguía en sus casas, tratando de surgir, uno por uno, estudiando, trabajando y endeudándose. Volvimos a ir a un mundial, no nos fue muy bien. El penal que nunca fue penal, otra vez nos arrebataba la alegría.

Siguió pasando el tiempo, la democracia cada día más cansada, se le veía enferma, agotada, muchas veces violentada. Esa democracia no lograba cumplir con tantas promesas y se fue volviendo en un eslogan vacío. Es verdad, ya no estaban los militares, pero cada día nuestras vidas nos pertenecían menos. Si querías estudiar, debías endeudarte, si te enfermabas, tenías que endeudarte, si envejecías…no, mejor ni hablar de envejecer. El Chile que habíamos recuperado para el beneficio de la gente resultó que, cada día más, beneficiaba a los mismos pocos de siempre.

Con una democracia carente de sentido, fuimos poco a poco dejando de ir a votar. Total, no había  mayor diferencia si ganaba uno u otro, la alternancia del poder se cambió por turnos en el poder. Nuestras vidas las empezaron a controlar las deudas. Los derechos sociales -base para una democracia plena- fueron entregados a los grandes grupos económicos. La alegría no llegaba y la democracia, por la que tanto peleamos, cada vez parecía menos importante. Había que conformarse con que “al menos ya no te matan”. Bueno, salvo que seas mapuche.

En la quietud de la eterna transición, algunas voces se levantaron. No debemos olvidarlas. Familias de mineros que vieron una vida cerrada ante sus ojos; los mapuche que volvieron a reclamar por tierra y cultura; las familias que buscaban un lugar digno donde vivir y terminaron endeudadas, viviendo en ghettos lejos de sus orígenes y redes.

Pero con el tiempo el miedo empezó a desaparecer. Nuevas generaciones que no vivieron el terror empezaron a buscar esa alegría prometida que nunca llegaba. Llegaron los pingüinos, y exigieron su derecho a una educación de calidad, igual que la de los colegios del barrio alto. Lógico, les dijeron que ahí estaba la clave del éxito. Y ahí estaban los expertos de todos los colores, que agradecieron el llamado de atención de los jóvenes y levantaron sus manos anunciando un nuevo porvenir. Pero la alegría tampoco llegó, ni mucho menos el tan anhelado sueño de hacer caer la educación de Pinochet.

Seguía pasando el tiempo y esos mismos jóvenes crecieron, entraron a distintas universidades, porque ahora todos podemos estudiar, es cosa de pedir un crédito. Pero pese a que todos podemos estudiar, los secretos del éxito seguían siendo enseñados a unos pocos, igual que 20 años atrás. Entonces estos jóvenes volvieron a salir a la calle. Tras, o junto, a esos jóvenes salieron los adultos, los que por más de 20 años habían guardado sus banderas, obedientes de este nuevo trato donde la política era cosa de expertos y la democracia había que cuidarla del manoseo populista y del enfado militar.

Creció el descontento de los estudiantes, de las regiones olvidadas. Salimos a las calles diciendo “No a Hidroaysén”, defendiendo nuestros ríos, parando Alto Maipo y Castilla, exigimos proteger nuestra tierra. Se levantó el malestar y cansancio de la gente adulta mayor que no tenía cómo vivir la vejez, de las y los pobladores que vivían hacinados, de trabajadoras y trabajadores que sufrían nuevas formas de explotación, y para las cuales las viejas organizaciones sindicales -dirigidas por los partidos de gobierno- no tenían respuestas. Nos manifestamos, llenamos las calles de colores, felicitaron nuestra creatividad, nuestra capacidad de instalar temas en la agenda. Parecía que ahora sí estábamos rozando la democracia, una hecha a pulso y, aunque estábamos molestos, al mismo tiempo estábamos un poco más alegres.

Pero como las leyes no se redactan en las calles, alguien tenía que llevar esas banderas al gobierno. Ahí volvió la presidenta, esa que prometió a las mujeres un nuevo horizonte, que se fue entre aplausos. Y si bien no eran las mismas banderas, prometió llevar al gobierno unas más o menos parecidas. Error. Chile había cambiado, había despertado, habíamos vuelto a llenar las calles, los que no habían cambiado eran los tecnócratas, los que hacían las leyes.

Con el retorno de la presidenta desembarcó en el gobierno un gabinete que venía directamente de los directorios de las principales empresas del país, y rápidamente fueron poniendo paños fríos a las demandas sociales. Estos nuevos expertos nos explicaban que había que proteger la democracia de los intereses populistas de la gente, era evidente que la prioridad estaba en la CPC, en el crecimiento, en la lógica de gastar poquito presupuesto fiscal para la gente. Pero para rescatar a las forestales, mineras, pesqueras y a las empresas eléctricas el dinero estaba a destajo.

Aparecieron las boletas falsas, financiamiento de campañas -incluso de las que se vendían como nuevas y de manos limpias-, raspados de ollas. Nos enteramos de cómo se redactaban leyes directamente desde los gremios empresariales. Vimos la puerta giratoria entre directorios de empresas, dirigencias de partidos y los principales puestos del gobierno. Y, en ese proceso, vimos cómo esas banderas, inicialmente parecidas a las originales, terminaron siendo como la Tomy Cola de las demandas que movilizaron al país.

Así entendimos que no bastaba con protestar, ahí fue cuando dijimos “no más”. No podemos delegar en otros la responsabilidad de terminar de construir un Chile alegre y democrático. Entendimos que tras los rostros amables que pretendían renovar la vieja política se seguían escondiendo los intereses de los financistas de los partidos, y ante eso, poco podían hacer sus militantes bienintencionados. Entendimos que el problema no era la democracia, si no que ella también había sido olvidada.

Entendimos también que las organizaciones que habían impulsado las coloridas movilizaciones sociales, debíamos superar las diferencias que por años nos dividieron para asumir la responsabilidad del desafío histórico de hacernos cargo de nuestro propio futuro; entendiendo que la diversidad será nuestra riqueza. Pero, por sobre todo, entendimos que estos mismos partidos, por sí solos, no bastaban, que la unidad era importante, pero siempre y cuando estuviera primero la unidad con la gente, porque el desafío es conquistar un Chile de derechos, plurinacional, feminista y radicalmente democrático; para que la alegría llegue, pero llegue para todos y todas.

Por eso acá estamos, hombres y mujeres de distintas edades; estudiantes, trabajadoras y pobladores. ecologistas, feministas, demócratas varios, liberales, humanistas, ciudadanos empoderados, estamos los que nos sentimos herederos de la larga tradición de la izquierda y los que no nos encasillamos en la dicotomía izquierda/derecha, pero todos con la misma convicción: construir la fuerza política transformadora que consolide los derechos de las y los chilenos.

A este esfuerzo le hemos llamado Frente Amplio. Un proyecto en construcción, diverso, que busca abrirse a toda la gente, los encantados y desencantados de la política. Que tiene como únicos límites la total autonomía respecto al poder económico y los poderes de la vieja política; y donde nos une la voluntad de, ahora sí, conquistar esa esquiva alegría prometida hace ya tantos años.

Mujeres y violencia

Mujeres y violencia

Columna de Camila Rojas, dirigenta de Izquierda Autónoma y precandidata a diputada por la V costa.

Publicada originalmente en El Lider

Menos sueldo, previsión social y salud más caras, trabajo dentro y fuera del hogar, son algunas de las cargas extras en las espaldas de las mujeres. Acompañado de esas situaciones cotidianas y que pasan por naturales, día a día sabemos de casos de maltratos, violaciones y femicidios: “Comerciante santiaguino fue detenido por golpear a su mujer”, “Prisión preventiva para garzón que atacó a su pareja con un cuchillo”, “Agredió a su pareja y luego la dejó en la vía pública” son algunas noticias de El Líder de los últimos días.

En todas sus formas, y como señala la Red Chilena Contra la Violencia hacia las Mujeres, la violencia en la vida de las mujeres es un continuo, que se expresa en las relaciones al interior del hogar y también en espacios públicos como la calle, el trabajo, el colegio o la universidad. El femicidio es el último eslabón de estas violencias, y refleja plenamente el sometimiento al cual estamos expuestas y el desprecio soterrado que existe por nuestras vidas. Uso de armas blancas, asfixias y quemaduras son las causas más frecuentes de las muertes de mujeres en manos de hombres reconocidos como quienes “las amaban”, mutilaciones, arranques de ojos o piel las más brutales. Para completar la postal muchas veces mujeres y hombres enjuiciamos con frases del tipo ¿Cómo iba vestida? ¿Qué tomó? ¿Lo habrá engañado? ¿Le habrá coqueteado? Hablar de amor y enjuiciar lo que provoca es 1) atenuar las responsabilidades de los agresores y 2) que las mujeres seamos señaladas como causantes de la violencia; ambas olvidan el carácter estructural de esta situación.

Cifras del Ministerio del Interior indican que una de cada tres mujeres chilenas ha vivido violencia física, sexual o psicológica por parte de parejas o ex parejas. Culparlas es el camino fácil, al contrario el camino difícil nos invita a reconocer que este es un problema social que supera lo que vive cada mujer, siendo necesario prevenir y sancionar; y que la legislación debe ir más allá del ámbito intrafamiliar, abordando todas estas violencias e identificando desigualdades estructurales y discriminaciones arbitrarias que las intensifican (situación económica, etnia, orientación sexual). Socialmente debemos comprender que las mujeres somos personas en sí mismas y para nosotras mismas y no para los hombres, teniéndolo claro nuestras relaciones serán sanas y no meros ejercicios de dominación.

Refichaje en partidos políticos

Refichaje en partidos políticos

Carta de Javiera Toro, Militante de Izquierda Autónoma

Publicada originalmente en La Tercera

Señor director:

A raíz de los escándalos de corrupción recientes, se aprobaron el año pasado leyes que aseguran mayor financiamiento público a los partidos políticos. Como contrapartida, se les exigió únicamente demostrar la cantidad real de militantes que tenían a través del refichaje de sus miembros.

Varios partidos, especialmente el PPD, incapaces de reencantar a sus antiguos militantes, presionaron al Servel logrando modificar el sistema de reinscripción (que ya se podía hacer de manera electrónica) para realizarlo por email. Con ello esperan mantener sus privilegios para postular candidatos, formar pactos electorales y acceder a financiamiento público, mientras la formación de nuevos partidos sigue sujeta a la obligación de reunir firmas ante notario.

A diferencia de lo que han sostenido los defensores de esta decisión, fortalecer el sistema de partidos no pasa por asegurar las posiciones que tienen hoy los de la Derecha y la Concertación, sino que la responsabilidad con la democracia llama a permitir la participación política de las grandes mayorías. Si partidos como el PPD no logran cumplir ciertos requisitos mínimos, nada justifica que sigan ocupando el espacio político que se les ha reconocido hasta ahora.

Con las recientes decisiones del Servel, lejos de terminar con las barreras económicas y burocráticas que dificultan la irrupción de nuevas fuerzas políticas, las nuevas leyes terminan reforzando la exclusión, ahora con más financiamiento estatal para los partidos constituidos.

Parece irónico que los tibios avances de la agenda de probidad del gobierno terminen obstaculizados por la subordinación del Servicio Electoral a los partidos, siendo que la primera – y grandilocuente- medida de esta agenda fue dotar de autonomía constitucional al organismo.

Se confirma una vez más que la recuperación de la política para la ciudadanía solo podrá venir de la mano de fuerzas de cambio que sean autónomas de los partidos del duopolio.

Frente Amplio: Entre la historia y la anécdota

Frente Amplio: Entre la historia y la anécdota

Publicada originalmente en El Desconcierto

Columna de Andrés Fielbuam, Coordinador Nacional de Izquierda Autónoma

Para quienes militamos o somos cercanos a las organizaciones que conformamos el naciente Frente Amplio, revisar el domingo las redes sociales mostraba un día que podía ser histórico. Miradas hacia el futuro, voluntad de transformación profunda y potentes discursos acompañados por la selfie de rigor daban cuenta de las esperanzas depositadas en este esfuerzo. La pregunta que debe acompañarnos es cómo se percibió este lanzamiento para el resto del país, para las mayorías excluidas de la política.

El Frente Amplio en formación tiene potenciales no vistos desde la vuelta de la democracia: dirigentes sociales y presencia en la institucionalidad política, demandas sentidas por la mayoría del país, unidad entre sus componentes y lenta decadencia de la política tradicional. Sin embargo, este potencial corre riesgo de diluirse si nuestra irrupción se naturaliza, asumimos las mecánicas del poder y no logramos romper el divorcio política-sociedad.

Para lograr abrir un nuevo ciclo histórico en Chile, que vaya dejando atrás al neoliberalismo, debemos ser brutalmente honestos con nosotros mismos. La realidad siempre es más porfiada que la mayor de las voluntades, y el camino es sumamente difícil. Sólo lograremos sortear los diversos obstáculos si somos capaces de reconocerlos, problematizarlos y discutirlos hasta agotar nuestras inteligencias. En esa línea, en lo que sigue intentaré visibilizar algunos de los desafíos críticos que presenta el Frente Amplio hoy, con el ánimo de contribuir a elaborar estrategias colectivas para su superación:

Superar la distancia con la sociedad

Este nudo es el más relevante. En ningún momento podemos dejar de ver la foto completa, pensando que nuestro entorno es representativo y olvidando que casi todo Chile ve hoy la política con profunda distancia y desconfianza, situación que nosotros hasta hoy no hemos logrado cambiar. Los niveles de abstención en las últimas elecciones son un claro botón, donde la participación de candidatos del FA no implicó la participación de nuevos electores, ni siquiera en el principal éxito electoral de Valparaíso. Si no somos capaces de salvar esta distancia, seremos simplemente el ala izquierda de una política en decadencia. No lograremos patear la mesa de la transición y, peor aún, podemos terminar ayudando a una nueva reoxigenación temporal.

Conquistar reformas transformadoras

Si hay algo que alimenta el punto anterior, es la sensación -hasta hoy entendible- de que estamos haciendo política para ser parte del circo habitual y no para transformar la realidad. Si a pesar de las masivas movilizaciones, la presencia en el Parlamento, la organización estudiantil, de profesores o de mujeres, la debilidad del gobierno, no fuimos capaces de defender posiciones en las principales reformas -educacional, aborto o carrera docente-, corremos el riesgo de volvernos inútiles y prescindibles. Debemos elaborar tácticas para lograr avances en los años que vienen, cuestión que se facilita con un buen resultado electoral, pero que no se asegura de manera mecánica, sino que requiere enfrentar al duopolio en los diversos planos, articulando las luchas políticas, sociales, culturales e intelectuales.

Dinamizar la movilización

El punto anterior nos remite al estado actual de las movilizaciones en Chile, pues es finalmente la fuerza de la protesta y de la masividad lo que nos dará la potencia para alcanzar los triunfos que nuestro país necesita. Desde ese punto de vista, el escenario requiere también un remezón. Si bien el Frente Amplio mantiene una presencia muy relevante en el movimiento estudiantil y una expectante posición en el Colegio de Profesores, y pese a que el 2017 mostró grandes movilizaciones en temas que antaño no convocaban de esa manera, ello no puede nublarnos frente al hecho de que la masividad va en declive. La capacidad de sostener movilizaciones largas y con capacidad de alterar la discusión política ha retrocedido en estos últimos años. El impacto se ha vuelto episódico y mediático. Pareciera ser que para el país se vuelve normal que hayan algunos cientos de miles protestando dos o tres veces al año. Confundir las necesarias presencias en Federaciones o alianzas entre grupos con una conducción efectiva de los movimientos sociales sería un grueso error, pues corremos el riesgo de burocratizar los mismos. Una tarea primordial de un Frente Amplio debe ser revitalizar la organización y la protesta social, potenciando su capacidad reivindicativa y apostando porque se traduzcan en cambios concretos.

Construir una cultura de diálogo interno

Este punto es de una naturaleza distinta a los anteriores, pues remite a aspectos más internos. Sin embargo, de no resolverse, resultará dificultosa una articulación efectiva para lo ya descrito. La cultura de diálogo interno del Frente Amplio se está recién forjando, siendo aún demasiado frágil. Si bien algunas señales positivas se han ido dando -el evento del sábado recién pasado es la más importante-, otros hitos como lo ocurrido con el partido País dan cuenta de que falta mucho por avanzar para resolver las tensiones de manera colectiva y constructiva, más aún cuando en el FA necesitamos sumar también a los militantes desencantados de la Concertación y otras situaciones complejas pueden volver a aparecer.

El pesimismo de la inteligencia siempre debe contraponerse al optimismo de la voluntad. Hoy tenemos la chance de abrir un nuevo ciclo histórico, de dejar atrás el pesado legado de la transición, de conquistar los derechos sociales que Pinochet privatizó y con los que la Concertación se enriqueció. Los pasos de estos últimos meses, aunque sean los iniciales, son gigantes en comparación con toda la experiencia previa. Vamos construyendo la unidad de las fuerzas políticas de cambio, aquellas que han apostado por armarse desde la autonomía política y desde la potencia de los marginados de siempre. Los obstáculos mencionados, y muchos otros, nos pueden hacer caer. Enfrentarlos y superarlos, con una unidad a toda prueba, es el desafío que mostrará si estamos a la altura. Debemos dejar la vida en la cancha para lograrlo.

Las mujeres invisibles en la planificación urbana en Chile

Las mujeres invisibles en la planificación urbana en Chile

Publicada originalmente en Ciper Chile 

Columna de Valentina Saavedra, egresada de arquitectura, estudiante de magíster en urbanismo y parte de la dirección política de Izquierda Autónoma. Fernando Toro, arquitecto, y candidato a magíster en dirección y administración de proyectos inmobiliarios, miembro de la comisión de Ciudades y territorio de Revolución Democrática.

El 19 de octubre de 2016 la Conferencia de las Naciones Unidas sobre vivienda y desarrollo urbano sostenible que determina la Nueva Agenda Urbana (Hábitat III), vivía su tercera y penúltima jornada en Quito (Ecuador). El mismo día, hubo manifestaciones masivas en gran parte del continente que denunciaron la violencia hacia las mujeres provocadas por los feminicidios, los que subieron las ya altas tasas de esos crímenes en distintos países. Bajo el lema “Ni una menos”, cientos de miles de latinos –y sobretodo latinas– repletamos las calles de nuestras ciudades a lo largo de toda Latinoamérica.

Según estudios de la CEPAL, sólo en 2014 hubo 1.678 feminicidios en Latinoamérica y el Caribe. La cifra es más impactante aún si se considera que siguen en aumento y que el 98% de estos delitos –según ONU Mujeres– se mantiene en la impunidad. Este escenario podría ser aún más crítico si a esa cifra se suman aquellas que no manejan los organismos oficiales, como crímenes por lesbofobia o transfobia, que en muchos países e indicadores a nivel latinoamericano no califican como feminicidios.

En este contexto, es válido preguntarse si la planificación y el diseño urbano han sido testigo, cómplice y reproductor de este histórico fenómeno de desigualdad. ¿Cómo incentivamos y desarrollamos una planificación, gestión y diseño igualitario de nuestras ciudades? ¿Está incorporado el enfoque de género en la planificación de las ciudades chilenas? Esas interrogantes cobran ahora nueva fuerza ya que en Hábitat III al fin se ha logrado –aunque tibiamente– que se consideren en la agenda urbana.

UNA CIUDAD PARA EL HOMBRE

Luego de la aparición de la ciudad industrial en el siglo XIX, las grandes urbes modernas fueron planificadas y diseñadas con el fin de mantener una estrecha relación del individuo con el trabajo. A mitad del siglo pasado, la optimización de procesos, priorización del vehículo por sobre el peatón y densificación, tenían como fin el desarrollo de una ciudad más productiva y eficiente que elevara las cifras de orden económico. Todos ámbitos que han sido asignados como propios a los hombres, debido a que se le ha entregado mayor protagonismo como principal fuerza de trabajo.

Lo anterior provocó en este incipiente escenario neoliberal que las ciudades no consideren en su diseño y planificación a la mujer como parte y usuaria de la urbe y, a su vez, como componente fundamental de la organización, reproducción y funcionamiento de nuestra sociedad y sus espacios urbanos. Esto marca un precedente importante para analizar la configuración social y espacial de las ciudades actuales cuando hablamos de una perspectiva de género.

Si bien el debate sobre la ciudad y lo urbano continúa presente, hay un factor que muestra el cambio: la ciudad ya no gira en torno a la industria, sino que está comenzando a girar en torno a sí misma, convirtiendo el espacio en una nueva forma de producción y reproducción de capital y patriarcado, transformándolo en un espacio en constante disputa. Este debate se ha expresado en Chile, que vive una fase neoliberal, en una ciudad para muchos pero construida y planificada por pocos, con bajos o nulos niveles de planificación y regulación por parte del Estado. Peor aún, con cuestionables sistemas de participación de quienes la habitamos, siendo el único factor determinante el mercado de suelo y su función económica más que social.

Este modelo expansivo y desregulado de la ciudad trae consigo no sólo desigualdades de clase y segregación socio espacial. También genera desigualdades de género que se viven cotidianamente, y que deberían ser materia de las políticas sociales y urbanas del país.

POLÍTICA URBANO-RESIDENCIAL Y ENFOQUE DE GÉNERO

El caso de Santiago es interesante para analizar las desigualdades de género en el desarrollo urbano, pues expresa en muchas dimensiones las consecuencias del modelo urbano actual. Desde la primera mitad del siglo XX la ciudad ha vivido un alto nivel de crecimiento, el que desde los años ‘80 se ha basado en la construcción masiva de viviendas sociales a través de subsidios que entregan una gran potestad al sector privado en el desarrollo urbano-residencial. Ello ha generado largos debates sobre la segregación y desigualdad urbana[1], ejemplificados por la pobreza de la periferia, inseguridad y violencia. Sin embargo, lo que pocas veces se explicita es que esa violencia afecta particularmente, y en mayor medida, a las mujeres.

La política de vivienda social en Chile se fundamenta en sistemas de selección que miden niveles de vulnerabilidad social y pobreza, donde mujeres madres solteras tienen altos puntajes, así como las familias con muchos hijos. El producto de esta selección es generalmente una vivienda de escasos metros cuadrados y en comunas periféricas, allí donde se han concentrado las poblaciones de vivienda social y, por lo tanto, configuran paños homogéneos de pobreza, sin equipamientos ni servicios.

Para la mujer y madre soltera esta situación genera gran conflicto: implica una re-localización lejos de las redes vecinales o familiares, lo que suma dificultades respecto del cuidado de los hijos al punto de tener que abandonar su trabajo, buscar uno más cercano o simplemente no postular a vivienda social, porque el rol impuesto de labor reproductiva y maternidad le impide dejar a los niños solos.

Las cifras sobre la potencial demanda educacional pública para niños entre 0 y 5 años, son elocuentes: menos del 10% de la oferta de salas cunas se encuentra en un radio aceptable de 2 kilómetros[2], por lo que se entiende que entre el 49% y el 76% de las madres reclamen problemas de ubicación y lejanía de estos centros.

De allí la urgencia de que la planificación aborde la necesidad de abastecer de manera homogénea los servicios de cuidado de niños (jardines infantiles y salas cunas) a lo largo de todo el territorio y sobre todo en los lugares de mayor concentración de la oferta laboral.

En el caso de las familias numerosas sucede una situación similar: generalmente se le otorga a la mujer el rol de dueña de casa y cuidadora de los hijos en la nueva vivienda. Esta situación se condice con los datos entregados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que indican que en los países en vías de desarrollo, el hombre dedica en promedio 1,5 horas a labores no remuneradas de un total de ocho horas diarias, mientras que la mujer dedica cuatro horas de un total de 9,5 horas en la misma jornada[3].

Esta creciente incorporación femenina al empleo en las ciudades, contrasta con la situación masculina, ya que la mujer, además de adquirir un rol activo en la economía, sigue cargando con la mayor parte de la responsabilidad doméstica. Esto genera un doble efecto: una ilusión de reconocimiento y derechos, y una doble explotación, lo que produce dobles dificultades y condiciona las oportunidades laborales.

Lo anterior no solo provoca un problema laboral. El nivel de hacinamiento que generan las condiciones de la vivienda social, produce pérdida de privacidad, dificulta la vida en pareja y profundiza conflictos familiares que terminan en actos de violencia que generalmente es ejercida por el hombre. Esto último es producto de la relación de poder desigual de lo masculino hacia lo femenino, el que se reproduce y refuerza en el seno de la familia. Este desequilibrio se agudiza por la imposibilidad de la mujer de salir al mundo laboral y alcanzar la independencia económica, lo que le otorgaría mayor libertad por sobre el control económico del hombre, permitiendo a la vez fracturar el rol masculino de “jefe de familia”.[4]

De hecho, estudios dan cuenta de la estrecha relación entre la violencia intrafamiliar ejercida contra la mujer y el hecho de que esta trabaje[5]. Una cifra para graficar: en Chile, en los tres primeros quintiles las jefas de hogar son mayoritariamente de sexo femenino.[6]

Estos son ejemplos de cómo la política de vivienda, al no incorporar una perspectiva de género, expresa la violencia hacia las mujeres y la reproduce de diferentes maneras.

Es necesario puntualizar que no es el propósito de esta columna entrar en una crítica profunda sobre lo que se ha hecho en materia de vivienda en el país. Lo que buscamos es utilizar algunos ejemplos para pensar en qué transformaciones se hacen urgentes y necesarias. Esto implica cambiar las dinámicas machistas, una arista a incorporar en la modernización de programas que consideren las redes vecinales, los espacios públicos, privados y su relevancia para la convivencia familiar. Ello también presupone cuestionar el rol protagónico que se le da al sector privado con mínimas exigencias de regulación.

Junto a lo anterior, la violencia machista también se manifiesta en el espacio público, principal campo de estudio de los urbanistas. Ejemplos hay muchos. Uno de ellos es la inseguridad producida por la escasa iluminación o la mono funcionalidad de algunos espacios de la ciudad, lo que disminuye su uso en ciertos horarios del día o la semana y genera áreas muertas que, en muchos casos, son apropiadas por hombres, donde las mujeres se sienten vulnerables a asaltos y delitos sexuales. Otro es la publicidad sexista, la que se ha convertido en un paisaje permanente de las principales avenidas y paseos de la ciudad, donde se refuerza la cosificación femenina y los roles sexo-género socialmente impuestos.

En este punto es importante apuntar a que la perspectiva de género se incorpore en los diferentes planos de la planificación. Por ejemplo, diseñar espacios seguros con mixtura de usos, mobiliario urbano con luminaria y equipamientos accesibles[7], entendiendo que tras esto debe existir un gobierno local fortalecido, que reconozca y pueda trabajar los problemas directamente con sus usuarios. Otra forma de enfrentar esta violencia sería la regulación de la publicidad[8] en el espacio público, la que debiese incorporar la promoción de la igualdad y libertad entre hombres y mujeres o, por lo menos, prohibir la promoción del machismo en una primera instancia.

Para pensar la ciudad y la planificación urbana con perspectiva de género es necesario incorporar este debate en nuestra disciplina. Las dificultades y desigualdades que genera la sociedad machista y patriarcal permea distintos espacios y se reproducen en el urbanismo. Por ello, abordarlo como parte de la formulación, evaluación, diseño y gestión y de toda política urbano habitacional es fundamental para generar ciudades donde todas y todos seamos admitidos bajo las mismas condiciones, superando proyectos y programas aislados o intervenciones del tipo “acupuntura urbana”.

Debemos impulsar estrategias con perspectiva de género conscientes, validadas por procesos de co-construcción y que definan políticas, programas y proyectos con mayor seguridad y transversalidad, dejando atrás la visión heteronormada y que posibiliten el uso igualitario de lo que ofrecen nuestras urbes, ejerciendo el derecho pleno a la ciudad.

Es imperante avanzar hacia la institucionalización del componente género en todas las escalas de planificación y de manera intersectorial (territorial, social, de salud, género, educación, seguridad, entre otros). Ello permitirá visibilizar y mejorar las condiciones de nuestros barrios y ciudades con un enfoque integral e inclusivo. De lo contrario, estaremos emulando lo sucedido el 19 de octubre pasado, donde mientras a dos cuadras de la Conferencia Habitat III se manifestaban cientos de mujeres y hombres en contra de la violencia de género, importantes autoridades de nivel mundial hacían caso omiso a esta manifestación, discutiendo a puerta cerrada “políticas urbanas de inclusión”.

 

[1] Tapia, Ricardo (2011). Vivienda social en Santiago de Chile. Análisis de su comportamiento locacional, periodo 1980-2002. Revista INVI. Santiago.

[2] Dussaillant, Francisca (2012). Asistencia de niños a establecimientos preescolares: aproximándonos a la demanda a través de un análisis de las elecciones de cuidado y trabajo de los hogares. Centro de Estudios MINEDUC. Santiago.

[3] Las Mujeres en el trabajo, tendencias 2016. Organización Internacional del trabajo. 2016. Ginebra.

[4] Ducci, M. E. (2007). La política habitacional como instrumento de desintegración social. Efectos de una política exitosa. En M. J. Hidalgo, 1906/2006. Cien años de política de vivienda en Chile (págs. 107-123). Santiago: UNAB

[5] Intervención de Ximena Valdés en el contexto de los talleres de debate en torno a ciudades más seguras para tod@s: “Perspectiva de género para enfocar la violencia en los guetos de Santiago”. Programa Regional “Ciudades Seguras: Violencia contra las mujeres y políticas públicas”. Sur Corporación. 2007.

[6]Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional 2013. Ministerio de Desarrollo Social. 2015. Santiago.

[7] Noguera, María (2013). Planificación y gestión con perspectiva de género. Revista Planeo Nº 13. Santiago.

[8] Definida en el artículo 2.7.10 de la Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones sobre instalación de publicidad en la vía pública y respecto de las empresas que realizan actividad económica que podría ser vista u oída desde aquella.