Columna de Valentina Saavedra, Dirección Nacional de Izquierda Autónoma

Publicada originalmente en La Región Hoy 

Hace dos días se desarrolló el paro y la marcha internacional por la conmemoración del día de las mujeres trabajadoras. Miles de compañeras, amigas, hermanas nos encontramos en las calles como forma de protesta contra la violencia machista y la desigualdad de género.

Ocupamos las avenidas más importantes de las ciudades del país. El uso del espacio público es una de las formas más tradicionales para protestar de los movimientos sociales. Para las mujeres tiene un doble significado, porque hacemos ocupación de un espacio que nos es permanentemente negado, el lugar donde no pertenecemos, donde se nos acosa, donde se nos violenta día a día. Ocupamos ese mismo espacio para demandar fin a esa violencia.

El uso del espacio físico donde nos desenvolvemos, toma relevancia cuando dejamos de considerarlo sólo el escenario de desarrollo de las dinámicas sociales y lo analizamos como parte de los procesos sociales que vivimos. El espacio condiciona en gran medida nuestro desenvolvimiento en la ciudad, desde las decisiones de caminar o tomar el trasporte público, hasta el ritmo y las redes sociales que construimos.

La ciudad en la que vivimos actualmente es una ciudad hecha a la medida del sistema neoliberal, adaptada para mejorar las condiciones del mercado, con alta carencia de regulación y planificación. Se ha constituido en el espacio propicio para las empresas inmobiliarias y constructoras, grandes acumuladoras de riquezas de nuestro país.

Esta dinámica la entrega no sólo facilidad al empresariado, sino que convierte el espacio físico en una herramienta de reproducción de la violencia machista y la sociedad patriarcal.

No nos sorprende la creación de “barrios especializados”, adaptados para mejorar la competencia del mercado y que generan una monofuncionalidad del suelo. Estos van desde los barrios más tradicionales de ventas de autos o ropa, hasta el uso de enormes predios para malls. La monofuncionalidad implica horarios “muertos”, que producen inseguridad al ser espacios propicios para delitos sexuales, que afectan principalmente a las mujeres.

Sin embargo, contrario a lo que en primera instancia pensamos, a las mujeres no sólo se nos violenta en el espacio público. De hecho, el espacio de mayor violencia a la mujer se encuentra en su propia vivienda. Cuando hablamos de violencia intrafamiliar, se omite en parte que la gran mayoría de las víctimas de esa situación es la mujer y en un país que cada vez nos quita más derechos sociales y no nos permite decidir por nuestros futuros y cuerpos, lo que produce es una mayor responsabilidad para las mujeres en el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Esto sumado a políticas sociales basadas en subsidios y bonos que no resuelven una visión compleja de la vida y el desarrollo social, profundizando cada vez más las desigualdades de género.

Ejemplo de lo anterior es cómo en materia de vivienda, se trabaja a través de soluciones parciales, donde cada vacío le corresponde a la familia resolverlo. La configuración residencial que se da principalmente villas populares, tiende a precarias condiciones de habitabilidad, mayores niveles de hacinamiento y falta de privacidad. Es decir, se entrega una vivienda sin considerar la complejidad de insertarse en la dinámica de la vida urbana.

Cada medida que aplica el diseño de dicha vivienda y de los barrios donde se localizan, que tensiona las relaciones familiares, se puede considerar una medida que pone en mayor riesgo a la mujer. Ejemplos de esto son la relocalización de familias de menores recursos y la pérdida de redes vecinales, que produce una mayor desprotección de las mujeres víctimas de violencia, o cómo la falta de equipamiento y centros de trabajo, acrecientan las dificultades del cuidado de los hijos y las posibilidades de las madres de poder acceder a independencia económica (considerando la inexistencia de remuneración del trabajo del cuidado familiar, responsabilidad asignada principalmente a las mujeres), factor fundamental para abandonar los espacio de violencia machista.

Construir un país democrático, con derechos sociales y reproductivos, debe incorporar el espacio físico donde nos desarrollamos. Espacios que nos deben pertenecer a todos y todas.