Nos encontramos en medio de movilizaciones históricas. Cientos de miles de estudiantes hemos demostrado el fracaso de este sistema educativo basado en el lucro y la competencia, concitando el apoyo de comunidades escolares y universitarias, así como de profesores y trabajadores de la educación.

Por mucho que el ministro Lavín nos califique de “minoría sobreideologizada” mientras admite sin ningún pudor que se ha enriquecido con su universidad violando expresamente la ley, los estudiantes organizados avanzamos a paso firme hacia la unificación de nuestras demandas en un petitorio nacional orientado a garantizar el derecho a la educación pública para todos y a devolverle su carácter estratégico para la sociedad.

Sin embargo, no somos sólo los estudiantes los que hemos salido a la calle a defender nuestros derechos. Además de los más de 200.000 estudiantes movilizados, a nuestro lado están los defensores de la Patagonia, los mapuche, los deudores habitacionales y los sin techo, los trabajadores de las minas de Chile, las organizaciones de diversidad sexual, sólo por nombrar a algunos.

Así, esta movilización, que ha sido capaz de expresar el descontento de amplios sectores sociales, desborda las demandas sectoriales para tensionar los pilares de esta democracia antipopular y excluyente. Y es que ya resulta evidente que la “nueva forma de gobernar” no es más que la vieja forma de sobreponer intereses minoritarios a los sueños de la mayoría.

La clase política ha demostrado con creces que no puede darle una respuesta a las demandas que los movimientos sociales hemos instalado, porque tiene demasiados intereses en juego. Pero esta crisis no se resolverá a favor de las grandes mayorías si los sectores movilizados no nos ponemos a la altura de la oportunidad histórica, porque desperdiciarla sólo significará perpetuar el pacto de gobernabilidad que nos han impuesto y que tanto acomoda a políticos y empresarios.

Hoy nosotros como estudiantes, pero sobre todo como ciudadanos, queremos poner los tiempos, porque entendemos (como aún no lo hace ni el gobierno ni el parlamento) que debemos ser responsables con las decisiones que se tomarán hoy, pues darán forma al Chile que vivirán nuestros hermanos, hijos y nietos. En este sentido, el objetivo inmediato es frenar la reforma de la derecha que pretende consolidar el modelo educativo vigente, avanzar en socializar e incluir a todo el país en la discusión, para que desde un debate social y amplio decidamos el futuro de la educación en Chile.

Creemos que estar a la altura de esta oportunidad histórica, para un movimiento estudiantil con vocación transformadora, significa dar un paso desde las demandas sectoriales a las reivindicaciones políticas que dan sustento al modelo de educación. Para avanzar en este sentido debemos en primer lugar trabajar por la unificación y sistematización de las demandas estudiantiles –universitarias y secundarias, privadas y públicas– superando los sectarismos divisionistas y proyectando un nuevo modelo de educación. Pero además, debemos situar nuestra lucha de defensa de la educación pública en el proceso transversal en que estamos inmersos, evidenciando el trasfondo de las movilizaciones de los diversos sectores sociales: el clamor ciudadano de mayor participación y democracia.

Una reforma profunda requiere la participación de toda la ciudadanía. Si ya nos dimos cuenta que el problema de la educación en Chile es estructural y la clase política no está dispuesta a cambiarla, no podemos negociar las reformas sin antes dar la discusión política sobre los fundamentos y las bases de la educación vigente. En el mismo sentido, las condiciones actuales exigen rechazar las tradicionales mesas de negociación: hoy negociar es partir aceptando los consensos que el gobierno no está dispuesto a ceder, y no estamos dispuestos a perder.

Ya no basta con pedir, es tiempo de decidir. Es necesario en los tiempos actuales abrir paso a la disputa política, sumando aún más sectores a la crítica y al debate social, irrumpiendo con el discurso y con jornadas de protesta social, desestabilizando al gobierno con la exigencia de un plebiscito nacional y vinculante para iniciar la transformación participativa de la educación y la profundización de nuestra democracia.

Todo este conjunto de acciones deben estar en la perspectiva de consolidar un movimiento estudiantil amplio, unido y continuo, proyectando esta disputa al largo plazo, manteniendo la discusión y la disposición a protestar durante los próximos años. La convicción de una nueva educación para Chile, no puede acabarse cada julio, porque la transformación de nuestra educación e impedir que ganen los de siempre, requiere continuidad y fuerza: el futuro es nuestro y lo construimos las mayorías.

Hoy día los estudiantes movilizados, así como los actores movilizados en todo el país y los cientos de chilenas y chilenos que se suman cada día, no estamos dispuestos a permitirle a la clase política que se ponga de acuerdo para quitarnos lo poco que queda de educación pública y de calidad para Chile. La educación y la sociedad chilena necesitan grandes cambios, y estos deben sí o sí construirse con la gente. Finalmente hemos comprendido que sólo podremos triunfar con la fuerza, en cualquier caso, fuerza política, fuerza transformadora, fuerza genuinamente social, ciudadana, revolucionaria.

Exigir un plebiscito hoy es un primer paso hacia la socialización, hacia la inclusión de las mayorías, significa aumentar y radicalizar las movilizaciones como condición necesaria y a la vez dar un salto cualitativo, que aunque no representa el triunfo último, es una forma de poner en jaque a un gobierno que no quiere más participación, porque le teme. Es una forma de generar las condiciones para que nuestro petitorio nacional tenga efectiva cabida y no tengamos que conformarnos con menos. Así como estamos exigiendo los derechos que son de todos, debemos ser todos los que decidamos como los implementamos en nuestro país.

Creando Izquierda
Junio 2011