Las catástrofes del 2010 no fueron producto de la mala suerte o el enojo de la naturaleza. Las consecuencias sociales del terremoto, el accidente de los 33 mineros, el aumento de la pobreza y el incendio de la cárcel de San Miguel, desnudaron un Chile que según los discursos autocomplacientes de nuestra clase política había quedado atrás.

Tanto la derecha como la Concertación nos decían que no había razón para la movilización social, que Chile era un país desarrollado, el mejor de su vecindario. Pero de un día para otro se evidenció que en Chile no hay cárceles sino vertederos humanos, que las transnacionales se enriquecen mientras sus trabajadores se juegan la vida en la pega y que hasta con las desgracias lucran los empresarios.

Pero aún con todos estos problemas, el Gobierno hace lo que quiere. ¿Por qué? Por una razón muy simple: no tiene oposición (Bielsa y Kramer no cuentan). La Concertación lo intenta, pero no puede. Y claro, si durante 20 años hicieron lo mismo ¿Por qué habríamos de creerles ahora?

Estamos convencidos de que la única forma de recuperar la esperanza, de avanzar hacia un país conducido por su gente y no por el dinero, pasa por construir una alternativa política autónoma al triste espectáculo que dan los políticos de siempre. En ese esfuerzo están comprometidas nuestras manos y nuestros corazones. La izquierda no es monopolio de ningún partido, es nuestro deber construirla.