Compartimos el discurso pronunciado por el presidente de la Fech, Andrés Fielbaum, en el acto conmemorativo del 11 de septiembre realizado por la Universidad de Chile en su Casa Central. 
 

Dos conceptos se vienen a nuestras mentes cuando se conmemoran aniversarios del Golpe de Estado: el concepto de miedo, y el concepto de perdón.

El miedo. El miedo de la dictadura, el miedo a perder la vida, el miedo a la tortura, el miedo a que un familiar salga de casa y nunca vuelva, sin nunca saber que le ocurrió. El miedo a las expulsiones, el miedo a la represión. Pero también el miedo de la transición: el miedo al endeudamiento, el miedo a la “ingobernabilidad” si la democracia es más participativa, el miedo a la discusión política y a la existencia de disensos, el miedo a la crisis económica.

Y el perdón. Palabra especialmente repetida estos últimos días. Sin embargo, ¿existe perdón sin arrepentimiento? ¿existe perdón sin reparación? Ojo, no estoy cuestionando con esto la honestidad de quienes han pedido perdón. Pero sí tenemos que tener claro que mientras no haya verdad y justicia, entonces cualquier perdón es insuficiente. Si se sigue pidiendo perdón por los crímenes de la dictadura, pero se sigue defendiendo con uñas y dientes su herencia, ¿de que arrepentimiento estamos hablando?.

Cuando los estudiantes, cuando la sociedad chilena empieza a movilizarse y a cuestionar la herencia de la dictadura, es porque estamos perdiendo el miedo. Porque no permitiremos más que el miedo gobierne nuestras vidas, no seguiremos de brazos cruzados viendo como unos pocos secuestran la política, se turnan para gobernar y mantienen los privilegios de unos pocos. No seguiremos esperando tampoco que el perdón signifique real disposición a que las mayorías de Chile decidan su futuro. Si 23 años después seguimos viviendo en la educación de Pinochet, en la salud de Pinochet, en la previsión de Pinochet, ya no podemos culpar exclusivamente a Pinochet, y por lo tanto es hora de que dejemos de delegar en los mismos de siempre.

Sabemos que los derechos no se piden, se conquistan, y nos seguiremos movilizando y organizando hasta que nuestros derechos básicos sean garantizados, hasta que la vida sea digna para todos los habitantes de este país y hasta que la herencia de la dictadura se haya ido de cada rincón de Chile.

De cada rincón de Chile y de esta Universidad. Las Universidades públicas fueron también grandes víctimas de la dictadura. El autofinanciamiento y sus consecuencias en la pérdida de rol público, sus estructuras verticales de gobierno, la desaparición de la educación técnica estatal, son sólo ejemplos.

Hoy recordamos a los miembros de nuestra comunidad que cayeron en dictadura. Quiero recordar especialmente a Patricio Manzano, asesinado por la dictadura en los Trabajos Voluntarios FECh (clandestinos) 1985. Su coraje, su convicción, son un ejemplo para todos nosotros. La dictadura terminó con la vida de muchos chilenos, pero no logró acallar a un pueblo, y en particular no logró acallar a la Universidad de Chile. Que estos 40 años sean un homenaje a nuestros caídos. Para hacerlo, digamos fuerte y claro “¡Nunca más!”, a la vez que conquistamos y construímos la educación pública, gratuita y de calidad para todos.