Es curioso iniciar un discurso cuando en menos de dos semanas han pasado hitos tan relevantes que aún no terminan de cuajar, con derrotas y triunfos. Elecciones FECh en las que como alianza salimos derrotados, elecciones presidenciales que nos refriegan en la cara cuanto falta aún por construir, y unas elecciones parlamentarias en las que se empieza a quebrar esa enorme distancia que ha separado a la política formal chilena de los intereses y problemáticas de la mayoría de nuestra sociedad.

En un discurso de cambio de mando FECh podría parecer que lo primero es lo único que importa. Pero en un país donde desde la lucha estudiantil se ha empezado a perspectivar un futuro diferente, ha empezado a dejar de ser un sueño el construir un Chile justo e igualitario, entonces todos estos sucesos se relacionan íntimamente y deben ser abordados en un análisis de lo ocurrido estos últimos años y de cómo actuar los años que vienen.

En ese sentido, para hacer un recuento de donde estamos y de lo que hemos hecho me gustaría partir desde 2012, en parte porque 2012 y 2013 son los dos años en los que viví en primera persona los procesos de la FECh, pero especialmente porque son los años en los que como proyecto colectivo de Izquierda Autónoma nos tocó estar en la conducción. Son dos años en que cometimos aciertos, seguramente muchísimos errores, pero en los que nuestro trabajo, nuestra reflexión y nuestra acción estuvieron a disposición de seguir fortaleciendo al movimiento estudiantil y social, para que fuese un actor incidente, con vocación política y dinamizador de los conflictos sociales.

Cuando nos tocó asumir la FECh en diciembre del 2012, nos tocó partir con un movimiento estudiantil muy golpeado, no sólo por la policía, sino que por las discusiones internas, la posibilidad de perder el año y con éste las becas, las discusiones con los demás estamentos. Con las Facultades volviendo a clases para salir de vacaciones recién en febrero, en muchos casos para estudiar para los exámenes que venían en marzo.

El gobierno intentó hacer una jugada inteligente, al designar a un ministro mucho más activo como fue Harald Beyer. Beyer llegó con una agenda sumamente activa, con varios proyectos de ley bajo el brazo y un apoyo transversal de parte de las élites por su carácter de “experto”. El escenario era riesgoso: de aprobarse esas leyes, no solamente tendríamos una ley de Financiamiento que perpetuaría la lógica del endeudamiento y una Superintendencia que legitimaría el lucro. Peor que eso: habríamos visto como el conflicto educacional se cerraba, como la urgencia por una verdadera reforma educacional se esfumaba y con ella la llave que tanto nos ha costado encontrar para empezar a combatir en serio el neoliberalismo.

Desde esa óptica, hoy podemos decir que no solamente sus leyes se convirtieron en letra muerta, sino que además su forzosa salida fue una tremenda demostración de fuerza de parte del movimiento estudiantil. A nadie le quedan dudas que fueron nuestras movilizaciones las que terminaron por expulsar a Beyer, y el mensaje fue bien clarito: no importa cuántas credenciales pueda tener un Ministro de Educación. Si su agenda va a ser contraria a lo que las calles han venido exigiendo estos últimos años, si no se entregará protagonismo a los actores sociales del mundo de la educación para definir qué hacer, entonces ese Ministro también caerá. En alguna medida, ha sido de las pocas veces desde 1990 en que podemos decir que la democracia le ganó a la tecnocracia.

Por supuesto que botar ministros no es un objetivo del movimiento estudiantil. La colección de cabezas que hemos acumulado no nos enorgullece. Pero sí demuestra nuestra capacidad de incidencia y hace explícito cuan insuficiente y estrecha es nuestra democracia para realmente procesar las demandas sociales y transformarlas en reformas contundentes.

En esa línea, nuestra apuesta siempre fue por ganar. Entender que movilizarse no es un ritual, es la forma que hemos encontrado para que nuestras demandas avancen. Nos la jugamos porque existieran ciertos avances, aunque fuesen pequeños, mientras fueran en la dirección que hemos defendido: que el mercado en la educación retroceda para que ésta pueda ser un derecho. Esta distinción, que parece obvia, nos obligó a madurar ideológicamente, para comprender que no cualquier reforma sirve, por rimbombante que sea su anuncio, y poder distinguir un avance de lo que no lo es. En ese esfuerzo por lograr avances en la dirección correcta, es claro que no fuimos exitosos. Los muros que erigió el gobierno se convirtieron en infranqueables, y prefirieron fracasar rotundamente en educación antes que abrirse a algún cambio con nosotros. Frente a su intransigencia, respondimos como sabemos hacerlo: con movilización y coherencia.

Este 2013 era un año distinto. Siendo un año electoral y con Piñera refugiado en su pequeña trinchera ideológica, era mucho más difícil que existieran los cambios que ya nos habían sido negados en 2011 y 2012. El escándalo de la CNA y la tragedia en que se convirtió la Universidad del Mar hicieron explícito lo que veníamos anunciando desde el 2011 e incluso antes. Sin embargo, la respuesta del gobierno volvió a ser penosa: la negación (“no estamos seguros si hubo lucro en la Universidad del Mar”) y la mentira, como lo era el prometer que una reforma al sistema de acreditación podría hacerse cargo del sinnúmero de problemas profundos de la educación chilena.

Era un año que amenazaba con dejarnos fuera del debate público, y fue un año en el que la palabra cooptación comenzó a ser parte de nuestro vocablo cotidiano. El razonable miedo a la cooptación, que no puede ser confundido con el miedo a la participación o con el miedo a ganar. Cooptación no significa que tu enemigo diga lo mismo que dices tú: cooptación es que quien dota de contenido tus consignas y reivindicaciones sean los actores que no quieren los cambios.

Es claro que las campañas presidenciales no estuvieron dispuestas a profundizar en la discusión sobre educación. Hoy mismo tuve una discusión vía redes sociales con miembros del comando de quien es claro será la próxima Presidenta, y no fueron capaces de responder a una pregunta tan simple como “¿Gratuidad mediante becas o mediante aporte directo a las instituciones?”. Similares ambigüedades o contradicciones existen sobre la demanda de fin al lucro. Pero que los árboles no nos impidan ver el bosque: la educación como derecho se convirtió en el principal tema en discusión, la misma Bachelet no pudo mantener su afirmación que la educación gratuita es regresiva y la misma altísima votación que obtuvieron los ex dirigentes estudiantiles demuestran que hoy las condiciones para ganar nuestras demandas son mejores que nunca antes.

Lo anterior no debe entenderse como que ya hayamos ganado. Conocemos a quienes nos gobernarán, sabemos de sus conflictos de interés y de su historial. Delegar en ellos sería un tremendo error. Pero creernos derrotados sería un error aún más grave. El cambio de ciclo político que significa un nuevo gobierno debe ser aprovechado para que el movimiento social por la educación tenga el protagonismo, no solamente en las movilizaciones –que seguramente seguirán siendo absolutamente necesarias-, sino que también en la elaboración de los cambios que queremos. Si hemos demostrado que sin los estudiantes no hay reforma educacional posible, y si ha quedado claro que Chile exige tal reforma educacional, la conclusión es bastante obvia.

No es posible hablar del 2013 y no recordar algunos de sus momentos más fuertes. La entrada de Carabineros a Casa Central y la contundente respuesta que dimos en forma unitaria como Universidad; los 40 años del Golpe, y los emocionantes actos en la FECh y en Casa Central, las diversas marchas y su respectiva represión incluyendo incluso balines, las jornadas del 26 de junio y del 11 de julio con otros actores, la triste noche en que desalojaron a los secundarios, fueron diversos hitos que continúan forjando una memoria colectiva como generación.

Sobre el 2014 y el futuro no me explayaré, porque esa reflexión le toca principalmente a los que vienen. Pero sí me gustaría mencionar varios desafíos que creo estos años fueron emergiendo y quedaron pendientes. En estos aspectos la autocrítica es necesaria, para poder afrontarlos con más creatividad y convicción: como involucrar a más compañeros en las discusiones y decisiones que como estudiantes vamos tomando, para no terminar con fomes y largas asambleas entre convencidos.

Buscar maneras para que la pelea por una Universidad que potencia su rol público y la movilización contra el gobierno se relacionen y dialoguen para que se potencien mutuamente. Frente a esto, hay una reflexión que me gustaría aportar: si estos últimos años han emergido nuevos conflictos locales, en buena medida es por lo ocurrido desde el 2011. Hoy las contradicciones internas son mucho más impresentables, y así es como nuestras luchas internas avanzan cuando lo hace el movimiento estudiantil a nivel nacional.

Y por supuesto, el gran desafío de comprender las complejidades propias de un año como el 2014, para poder afrontarlo con la convicción y también con la reflexión necesarias para poder ganar. Ése es el desafío más importante, puesto que el 2014 será un año clave. Que nuestras demandas avancen no será importante solamente para poder transformar nuestra educación. Es clave porque nuestras movilizaciones son aquéllas donde más esperanzas han depositado los diversos movimientos sociales que se han ido alzando, y fallar no es una opción. Nuestra responsabilidad histórica es lograr que lo que re-comenzó el 2011 se convierta en triunfos concretos e importantes para el pueblo chileno. Como estudiantes no ganaremos solos, sino que solamente en unidad con diversos actores. Pero para que esos mismos actores vayan emergiendo y se vayan consolidando, ciertamente la lucha educacional ha comenzado a tener un rol clave. Los jóvenes no podemos transformar Chile por nuestra cuenta, pero ya en el pasado hemos jugado roles de dinamizar estos cambios y lo seguiremos haciendo.

El próximo año la educación volverá a ser un tema central. Lo fue en las elecciones, y se ha dicho que será la reforma número uno en cualquier gobierno. Restarse o perder la centralidad es equivalente a delegar en los mismos de siempre, pues es regalar el escenario que hemos construido a los partidos políticos tradicionales para que hagan una LGE 2.0.

Hablando de elecciones y de partidos políticos tradicionales, me parece importante también que podamos hacer una lectura desde la izquierda del proceso electoral del domingo pasado. Desde 2011 que pregonábamos que en las calles se había ido constituyendo una mayoría social, al menos a favor de las demandas del movimiento estudiantil (demandas que son profundamente antineoliberales), pero que esta mayoría carecía de un correlato a nivel político, pues los dos bloques que han hegemonizado la política en Chile han perdido toda su conexión con los intereses sociales. Es contra el país de Pinochet, de la Concertación y de Piñera contra el que nos hemos movilizado.

Al analizar el resultado, yo soy optimista. El triunfo de Michelle Bachelet no debe sorprendernos; mucho más interesante es el hecho de que habrá segunda vuelta, pero que en esta ocasión no fue la derecha la que la provocó, sino que la suma de candidaturas muy diversas. Se hace más urgente la construcción de esfuerzos políticos propios de parte de quienes nos hemos movilizado, pero se hace claro que hoy día esa posibilidad es mucho más real.

Todos quienes fueron dirigentes estudiantiles obtuvieron votaciones más altas de las que predecían los expertos electorales, y así vamos construyendo nuevas alternativas para Chile. El domingo, en donde existía la posibilidad, el pueblo chileno se manifestó a favor de las transformaciones sociales que hemos exigido y ratificó su confianza en el movimiento estudiantil y nuestras movilizaciones.

Aprovecho este espacio para saludar y felicitar a Camila Vallejo, Giorgio Jackson y Karol Cariola. Si bien hemos tenido diferencias tácticas, es seguro que en el futuro estaremos trabajando en unidad, y sus tremendos triunfos como primeras mayorías respectivas son una tremenda alegría, y muestran claramente que sus votos se deben a sus tremendas trayectorias como dirigentes sociales, mucho más que a cualquier pacto u apoyo desde la política tradicional. Felicito también a mis compañeros Francisco Figueroa y Daniela López, no solamente por sus altas votaciones, sino que principalmente porque estos meses de campaña permitieron relevar e instalar temas, trabajar un anclaje social que trascienda las Universidades, ir desarrollando un ideario de izquierda acorde a la realidad del Chile de comienzos del siglo XXI, y principalmente, demostrando que construir una izquierda con vocación de mayoría y que no se subordine a la Concertación es posible. Y en esa línea, un saludo y abrazo especial para mi antecesor y amigo Gabriel Boric, primera candidatura, desde el retorno a la democracia, que rompe el binominal desde la izquierda. Su triunfo es un bálsamo de esperanza y un tremendo espaldarazo a nuestra convicción y nuestro trabajo.

Sabemos que más diputados no alteran significativamente las correlaciones de fuerza. Pero asimismo sabemos que un hito referencial como éste, que demuestra que el no ceder nuestra autonomía no es sinónimo de derrota ni de marginalidad, es un tremendo paso hacia el futuro. Si los diputados que fueron dirigentes sociales logran convertirse en verdaderas cajas de resonancia de las demandas sociales al interior de la institucionalidad, estaremos mejor que ayer.

Habiendo dicho todo esto, sólo queda agradecer a las muchas personas que sudaron a diario durante este año para que todo lo que hicimos pudiera existir. A los funcionarios de la FECh, la Sonia y su inmensa alegría, Héctor, Vladi, Renato, Dai, Sandra, Arheli, la Eve por el tiempo que estuvo y la ayuda que siguió brindando después, y la Andrea que le tocó multiplicarse este año pero estuvo ahí, siempre cumpliendo.

A mis compañeros que trabajaban a diario también en la casa FECh, en Coordinación, en Comunicaciones, en el CEFECh, en Proyectos. Nombrarlos a todos sería muy largo, pero sí quisiera agradecer especialmente a dos personas a las que alguna vez les dije que eran las indispensables y hoy lo repito en público, como son la Conti y Javier.

A los militantes de mi querido colectivo Izquierda Autónoma. Cuando comencé a militar hace dos años y medio, ni el más optimista imaginaría la potencialidad que tenemos hoy. A la alianza Crear Izquierda Amplia, si bien no logramos ganar nuevamente la FECh, tenemos un tremendo futuro.

Quisiera saludar también a Fabián, Rebeca, a mi compañero Seba y a Francisco. Con todas las diferencias, fuimos siempre capaces de actuar con unidad cuando se requería y con responsabilidad para afrontar las situaciones difíciles. Al resto de las Federaciones y a los dirigentes secundarios con los que trabajamos este 2013.

A mis amigos por estar siempre presentes y llenando el año de tremendos momentos. Y por sobre todo a mi familia; en un año que no fue fácil, sería imposible haber rendido sin el apoyo permanente y a toda prueba. Mi vieja, mi abuela, mi viejo, mi hermano.

Quisiera felicitar además a la nueva mesa FECh, y desearles todo la energía y la paciencia para el tremendo año que se viene. A la nueva Presidenta Melissa Sepúlveda, quien sé que seguirá conduciendo al movimiento estudiantil por un camino de lucha y de autonomía política, ofrecer desde ya todo el apoyo que pueda ser necesario. La unidad el próximo año será clave, y como Izquierda Autónoma aportaremos lo que haya que aportar. Felicitar también a mi compañero Sebastián Aylwin, quien con certeza podrá contribuir y construir desde nuestra posición para una FECh más clara, más incisiva y cercana a sus estudiantes.

Alguna vez Salvador Allende dijo “Con las dificultades propias de los que caminan en un Ford del año 1920 y por un camino malo, vamos de tumbo en tumbo, pero avanzando, avanzando”. Quizá hoy tenemos ese mismo Ford, con 40 años encima, y por tanto los avances son mucho más lentos. Pero cuando comparamos las perspectivas actuales con el Chile de hace 3 años, es evidente que existen muchas razones para ser optimistas y para tener la esperanza intacta. Aquí nada termina, aquí cada día es continuar.

Andrés Fielbaum, noviembre 2013