Los egoísmos de la transición han durado demasiado. El decadente estado de su política también. Su pobre sentido de la justicia haría reír, si no fuera porque hace llorar. Pero ya ni eso. Aburre. Saturados de este aburrimiento nos hemos propuesto, como uno más de los diversos actores de este nuevo Chile que está en movimiento, contribuir para construir con nuestras propias manos y sin pedir permiso alguno la posibilidad de tiempos mejores.

Enfrentamos enormes dificultades. El conformismo que nos han inculcado como norma, el carácter aún volátil del descontento social, nuestras propias ansias juveniles y muchas más. Pero ninguna es tan desafiante como los que imponen los mismos de siempre, que ahora invocan una lluvia de promesas de ocasión sin más convicciones que las dictadas por los cálculos electorales. Son ellos los que nos convocan para este 30 de Junio a un nuevo partido de este campeonato que tiene su final ya arreglada.

De nuestra participación en estas primarias, dicen, depende la salud de nuestro sistema político. Permítannos disentir. Existiendo segunda vuelta y binominal estas primarias, lejos de significar una apertura de la democracia, consagran el cierre de un sistema que resiste la diversidad política y la competencia democrática. Los eslóganes sobre participación y responsabilidad cívica que saturan su promoción no alcanzan a disfrazar lo que en realidad significan: un forzoso salvataje del régimen binominal.

Como las movilizaciones sociales, las primarias ofrecían una oportunidad para que las últimas coaliciones del siglo XX se pronunciaran sobre los anhelos que movilizan a la sociedad chilena. Oportunidad que ambas coaliciones decidieron desechar. La Alianza simplemente nos recordó que todavía estamos en nuestra prehistoria, y que harán lo que sea por mantenernos en ella. La Concertación, por su parte, fracasó en responder qué puede tener de “nueva” una coalición incapaz de desprenderse de la pesada herencia social y política del pinochetismo.

No condenamos los esfuerzos, a estas alturas débiles y aislados, por cambiar la política de la transición “desde dentro”. Les deseamos la mejor de las suertes. Es más, los sabemos necesarios para cambiar las cosas. Simplemente no compartimos su optimismo y tenemos el propio. Han tenido más de 20 años para hacerlo y no han dejado mucho más que nobles testimonios. Tampoco desconocemos los intentos por abordar ciertos reclamos sociales. Si los programas ladran, es señal de que avanzamos. Pero la magnitud de los problemas nacionales no resiste maquillajes, reclama cambios estructurales.

La sociedad chilena no tiene nada que ganar en las primarias del binominal, en ellas no se juega nada sustantivo. Tampoco parecen necesitar a nadie, pues como dijo uno de sus gurúes “ha regresado la política en plenitud”. El caso es que la carrera por conseguir mejores puestos en la fila de repartición de cargos públicos pudo más que la disputa de ideas y la búsqueda de proyectos colectivos. Es una nueva muestra de sordera y arrogancia ante un Chile que reclama por un nuevo tipo de ciudadanía y un nuevo tipo de Estado.

No estamos dispuestos a decorar la tragicomedia de esta política agotada. El 30 no votamos. Pero un “no” rebelde nunca significa renuncia. Es al mismo tiempo un “sí”. En nuestro caso, un claro y comprometido SÍ a la construcción de una nueva política, que desde el impulso de los movimientos sociales, avance con protagonismo de las mayorías hacia la creación de una sociedad de derechos y una democracia plena. Ya se siente en la atmósfera: el nuevo Chile está en movimiento.

Izquierda Autónoma

Invierno de 2013