En un año electoral no puede resultar para nadie un misterio las múltiples ventajas con que cuentan las dos grandes coaliciones políticas: un desgastado sistema binominal, el control prácticamente absoluto de los grandes medios de comunicación, y condiciones financieras ampliamente holgadas, fruto de su compromiso con el empresariado. Tampoco puede resultar extraño su esfuerzo por cerrar tempranamente el escenario político, procurando que el proceso electoral se realice con las menores sorpresas posibles y sin riesgos para su estado hegemónico. Concertación y Alianza utilizan estrategias distintas, pero con un objetivo común: marginar a todo aquel que no quepa en su forma de hacer política.

Mientras la Alianza simplemente se lanza en una defensa ochentista del modelo, por su parte la mencionada Nueva Mayoría de Bachelet ha llegado como el vestido de seda para la vieja política concertacionista. Su estrategia no está centrada en ser oposición desde un proyecto político distinto al del gobierno actual, pues comparte concepciones fundamentales como el carácter subsidiario del Estado – que interviene sólo donde el privado no puede o no quiere hacerlo-  y la focalización de políticas públicas -como contraposición a la idea de un Estado garante de derechos sociales universales-. Una visión a todas luces antagónica con la que hemos levantado desde las movilizaciones sociales.

El desafío de esta (ni tan) Nueva (ni tan) Mayoría es lograr incorporar a algunos actores y discursos relevantes de la movilización (no hacerlo sería automarginarse), sin que esto implique cambiar el fondo de su concepción política. Su apuesta ha sido por los cambios de forma, intentando convocar a algunos dirigentes sociales para fortalecer su posición de cara a ese Chile y administrar el conflicto con el fin de no poner en jaque sus propios intereses. Binominal o marginalidad, “o están con nosotros o no existen”. Esa es su consigna.

Frente a esto, los distintos actores que hemos sido parte del movimiento social debemos ser capaces de superar este chantaje moral, que sólo expresa el nulo entendimiento de una generación que ha llegado para plantear una concepción de la política mucho más amplia de aquella con que los partidos tradicionales han existido hasta hoy. No estaremos dispuestos a permitir que los anhelos que hemos levantado sean cooptados y reinterpretados por quienes quieren cambiarlo todo para no cambiar nada.

Por todo esto, nos mueve una profunda convicción: el capital acumulado por las expresiones sociales debe transformarse en expresión política, no solo para “visibilizar problemas” que por años permanecieron fuera del debate, sino también para tomar parte activa en la resolución de estos, en pos de lo demandado por las grandes mayorías. Esconder la cabeza en un año como este, equivale a entregar un cheque en blanco para que nuestras banderas sean enarboladas como ofertones de ocasión para luego volver a ser invisibilizadas y tergiversadas.

No nos basta simplemente con defendernos. Para conservar la autonomía respecto del pacto de la transición, es necesaria una actitud ofensiva, que permita que el capital acumulado por las luchas sociales pueda articularse y proyectarse como alternativa hacia la política en los próximos años. En esa tarea, se debe mantener en el escenario político la inteligencia y audacia que se ha puesto en las calles, aprendiendo de los errores pasados para avanzar.

Las movilizaciones de los últimos años no son vacías de contenido político ni de sentido. No sólo han cuestionado el corazón del modelo actual: han sido también portadoras de anhelos y esperanzas de transformación. Han derribado el miedo que inmovilizó por décadas, desde el conocimiento adquirido de sus propias experiencias y necesidades, la necesidad de creer en un nuevo Chile que garantice sus derechos y luchar por ellos.

La responsabilidad por lo tanto es grande, en especial para nuestra generación. No podemos darnos el lujo de dejar que la vieja política de la transición cierre todas las posibilidades de avance de la política distinta que estamos construyendo en la lucha, expresada en nuevas formas de organización (democracia participativa y directa, con debate y contenido político, con transparencia, de mayorías) y en valores muy distintos a los hoy imperantes (lo colectivo por sobre lo individual y la colaboración por sobre la competitividad)

El 2013 se posiciona como oportunidad para que actores del mundo social confluyamos en la construcción de una alianza social y política más amplia que nosotros mismos, que nos permita avanzar con autonomía y unidad, sin conceder espacio para que nuestros sueños sean procesados por la calculadora del enemigo. Este trabajo no es inmediato, requiere de voluntad de dichos actores por socializar lo político y politizar lo social. De refundar lo que fue arrebatado por la fuerza de las armas: el tejido político/social chileno.

Ante este desafío, no basta con aplicar viejas recetas, que en otros momentos ya han fracasado. En esta vuelta los llamados a “votar nulo” o a “no votar” pueden contribuir en seguir deslegitimando a la clase política y al sistema político imperante, pero difícilmente se traducirán en avances de la organización social (que no se miden en porcentajes de votos nulos ni abstenciones). Debemos proponernos el desafío, modesto y titánico a la vez, de ser “el pasto verde que crezca entre los pastelones de concreto”, generar fisuras en el inminente cierre que tanto el Gobierno como la autodenominada oposición están obstinados en concretar para no abrir paso a nuevos referentes.

Luego del 2011 las fuerzas con vocación transformadora no podemos ni debemos marginarnos de lo que sucede en la cancha política. Hacerlo, es conceder el escenario ideal que nuestro adversario ha forjado y que éste tenga absoluto control tanto de las relaciones institucionales como de las sociales. Es permitirle cerrar la cancha para que los cambios estructurales exigidos en las calles se solucionen en la medida de los márgenes de lo posible, de sus márgenes. Esto, no significa que debamos jugar el partido en sus límites. Muy por el contrario, significa que debemos ser capaces de abrir la cancha; y con astucia, convicción y rebeldía frenar su avance y concretar el nuestro, ampliando dichos límites. Esto no puede hacerse sin fuerza, unidad, amplitud y convicción; por lo tanto, es a esto a lo que llamamos a sumar con elaboración de contenido y estrategias conjuntas.

Este no es un llamado abstracto a “dar la lucha en todos los frentes”. Es un mensaje muy concreto: utilizar espacios que nos permitan hacer visible lo que hoy la vieja política quiere invisibilizar. Nuestra apuesta como Izquierda Autónoma es no permitir que exista un 2013 sin un 2011, tanto en sus actores como en sus demandas. No delegar nuestra responsabilidad política – y con ello nuestra propuesta de resolución de problemas – en aquellos que quieren mantener el status quo. Debemos ser capaces de sentar las bases de una nueva alternativa para el Chile de los años que se avecinan, y para ello es necesaria una estrategia ofensiva que nos permita avanzar sin perder de vista nuestra defensa que frene los avances del adversario. Porque por mucho que quieran impedirlo, ya se siente en la atmósfera: el nuevo Chile está en movimiento.

 

Nataly Díaz

Izquierda Autónoma Valparaíso