Hoy, 4 de septiembre de 2013, se cumplen 43 años del triunfo de Allende, confirmado en el parlamento el 4 de noviembre. Este triunfo simbolizó, además del cénit de las esperanzas populares en una nueva forma de estado y sociedad, el cierre de una larga apuesta estratégica para conquistar el poder central del Estado, la presidencia de la república. Este cierre, al deberse al triunfo, demandó una estrategia superior, ahora ya no para el avance del socialismo como proyecto, sino para su concreción desde el Estado y las organizaciones populares.

Como ha sostenido Sergio Grez, el gobierno de Allende y la Unidad Popular representa el dilema irresoluto en la historia del movimiento popular entre reforma y revolución. Para el historiador, “Aun cuando el apego de Allende a la vía parlamentaria y a las reglas del juego del ‘Estado de compromiso’ fueron permanentes, la izquierda y el movimiento popular en los últimos años de la vida de este líder se vieron envueltos en un debate y en una encrucijada no resuelta que anuló los esfuerzos que, en distintos sentidos, se hicieron para dar conducción al movimiento y una salida al impasse político”.

Hasta ahora, el sentido común de los analistas del periodo han establecido que dicho dilema se expresó en dos bandos, a saber, rupturistas y gradualistas, estando en el primero el MIR y el ala izquierdista del PS y posteriormente una fracción del MAPU, mientras en el segundo estarían el sector allendista del PS, el MAPU y el PC. Pero según las últimas investigaciones y discusiones presentadas en torno a la conmemoración de los 40 años del golpe de estado de 1973, el dilema presentado sería una polarización de múltiples bandos, todos ellos impotentes de establecer principios estratégicos hegemónicos en el movimiento popular y el gobierno de Allende, esto en una ponencia de Patricio Quiroga en el seminario sobre el tema realizado en el GAM. Según lo expuesto por el historiador Igor Goicovic hace algunas semanas en las Jornadas de Historia, la idea de que existiese un “ala guevarista” o por la “vía armada” en la época de la Unidad Popular, se ve desmentida por la debacle de tales tesis tras la muerte del Ché en Bolivia en 1967. El mismo investigador propone que la discusión sobre el problema de la violencia, y que no logró madurar, tuvo que ver con la discusión sobre cómo preparar al movimiento popular para el momento de la ruptura de la política. Por su parte, Julio Pinto, sostuvo en el mismo evento, que el dilema entre reforma y revolución se expresó no en la discusión de las vías, sino más bien en el grado de democracia que se les permitía a las organizaciones populares de base, esto por lo menos para el caso del debate entre el MIR y la Unidad Popular.

Así las cosas, podemos sostener que la discusión superficial de las vías, representó en el fondo el problema de la relación entre las organizaciones populares de base y la dirección política de izquierda en el Estado. Es un problema abierto desde 1917, donde la burocratizada maquinaria estatal de la URSS y la bancarrota de la desmovilización socialdemócrata representaron los polos del fracaso a la hora de desatar el nudo gordiano entre democracia de masas y dirección socialista. Podemos también plantear que la división de la izquierda entre gradualistas y rupturistas opera como dispositivo para ocultar los elementos políticos realmente novedosos -revolucionarios- que emergieron en el periodo, que no consistían ni en la caricatura del ejército rojo ni en una inocencia parlamentaria. Ejemplos de ello lo constituyen ciertos planteamientos del mirismo, del grupo de Valparaíso de los comunistas, el marxismo latinoamericano defendido por ciertos sectores del Partido Socialista, y por supuesto todo lo que se debatió al calor de las organizaciones de poder de base que emergieron en 1972, como las JAP, los cordones industriales, la aceleración vía ocupación de la Reforma Agraria, las instituciones de la reforma universitaria y los comandos comunales, entre otros. De la misma forma, el maniqueísmo de las vías esconde el debate sobre la violencia ya no en la epopeya guerrillera, sino en el problema de la dirección política del aparato armado del Estado.

Hoy, 43 años después de un día histórico para el bando popular, el debate sigue sin resolverse. No se trata de una discusión de bar entre nostálgicos, sino una que las otras vertientes políticas que intentan conducir el campo popular tampoco han resuelto. La caída en picada del lavinismo, el vacío de la democracia cristiana y la maquinaria sin alma que es hoy el socialismo, son todos ejemplos de que esa relación entre dirección política y organizaciones de base sigue siendo algo complicado para esos partidos. Por otra parte, que la izquierda enraizada en las capas populares históricamente haya conducido mejor a las franjas organizadas en ellas cuando se movilizan es prueba también de que es la que mejor está preparada para criticar el neoliberalismo. Pero así y todo, se sigue sin tener capacidad de ofrecer a las mayorías un proyecto de sociedad que sea a la vez socialista y democrática, y que además perspective, en un plazo creíble, una sociedad libre y en común que no sea una dictadura de burócratas.

La izquierda, cuando ha sido fuerza de masas, es la única en el espectro político que ha debido luchar a la vez que genera las condiciones que le permiten seguir luchando, y es por ello que a esas condiciones se les ha exigido, comúnmente desde las bases, una coherencia entre la promesa comunista y los códigos éticos de la dirección política. Ese problema está en el origen de que Allende no haya podido reprimir al MIR, también de que los comunistas, a pesar de una evidente molestia con el fenómeno del “poder popular”, nunca emprendieron una acción dirigida a impedir su expansión entre las bases.

Recordar el triunfo popular en un día que debiese ser feriado es una oportunidad para volver a discutir sobre la relación entre las organizaciones populares y la dirección política, y al final se verá que siempre fue un problema generado por la diversidad de formas que cada uno se ha imaginado el comunismo. En el medio de un periodo electoral marcado por el influjo de masas de Bachelet y por el apresuramiento de muchas izquierdas, la conmemoración de los 43 años del triunfo popular y los 40 de su final, debería recordarnos aquello de que esta vez no se trata de cambiar un presidente.

Luís Thielemann H.

Historiador