Compañeras, Compañeros:

Cualquiera diría que nos acomodan las reglas que el poder le ha puesto a la forma en que nos relacionamos. Cualquiera diría que aprobamos los castigos que se aplican sobre quienes no nos parecen normales. Cualquiera diría que lo estamos pasando muy bien.

Hablemos con honestidad: nuestras ciudades y nuestras escuelas, nuestra cultura y nuestros chistes, nos persuaden todos los días a pensarnos como individualidades, a abrazar el egoísmo y a juzgar al resto con una severidad que nunca aplicaríamos a nosotros/as mismos/as.

Pero en el fondo de nuestras vidas cotidianas se esconde una verdad: la humanidad no es posible en el egoísmo, no es posible en la exclusión, no es posible en el individualismo. Todo lo que hacemos está en relación con la otra, con el otro, con las otras, con los otros. Con nosotros/as.

El gobierno del egoísmo nos ha acostumbrado a vivir en la desigualdad. Es un problema histórico en el que unos pocos han acumulado poder y dinero a expensas de los muchos. Esta injusta dominación ha sido posible por muchas razones distintas y en este 8 de marzo, en que se conmemora el día de las mujeres, vale la pena destacar una: La primacía de lo masculino sobre lo femenino es una de las piedras angulares de la desigualdad.

La dominación de lo masculino sobre lo femenino ha pervertido toda posibilidad de construir una vida en comunión con la igualdad y la diversidad. Mientras unos están destinados al poder, las otras están condenadas a la renuncia. Mientras ellos tienen cuerpos para el trabajo, ellas tienen cuerpos hechos para la reproducción. La lucha de ayer era por la aceptación en el mundo laboral, hoy en cambio es por dejar de ser discriminadas salarialmente, maltratadas con trabajos precarizados y oprimidas en nuestro rol familiar y social.

Esta violencia se extiende a lo largo de todo el cuerpo social. Este orden dicta que la mujer rica se reproduce para continuar el legado económico familiar, el patrimonio construido por el hombre. La dominación dice que la mujer pobre se reproduce para multiplicar la mano de obra barata que el hombre rico necesita. El hombre pobre se conforma con poseer una familia. El Estado gobierna los cuerpos para asegurarse que el orden se reproduzca.

Ni hablar de la mujer que decide no entregar su cuerpo a la reproducción, ni hablar del hombre que ama a otro hombre, ni hablar de la mujer que ama a otra mujer, ni hablar de quien no se piensa ni hombre ni mujer. Todos estos cuerpos están prohibidos por el orden, son indeseados por la sociedad y castigados por la normalidad. Parecen forzados a ser clandestinos, a pedir tolerancia, a vivir en el margen. A esto le llamamos violencia de género.

La violencia de género no es ni natural, ni justa. Está al servicio de la desigualdad social, política y económica. La exclusión lleva años intentando esconder bajo las alfombras la oscuridad de esta injusticia. Las luchas feministas, como aquella que recuerda esta fecha, llevan años denunciando esta violencia y proponiendo un camino propio. El hetero-patriarcado nos oprime a todos/as, y es por ello que oponemos a este orden violento del género una idea libertaria y una práctica rebelde.

 

Proponemos una autonomía de género que reivindica la soberanía sobre nuestros cuerpos, sexualidad y vidas. Defendemos el derecho a la diversidad para construir una igualdad que nos abarque a todas y todos. Promulgamos que ya nunca más la imposición del género como herramienta de reproducción del orden vigente, sea una barrera para la felicidad.

La emancipación del pueblo sólo es posible infringiendo lo que el gobierno del egoísmo y sus leyes nos imponen. Desafiar la desigualdad en general y la violencia de género en particular es una tarea de todos los días, una responsabilidad humana. Es un deber revolucionario que abrazamos hoy y todos los días, porque sabemos que la vida es hermosa cuando nos pertenece, porque sabemos que la historia la construimos todos y todas.

 

“Soportando actualmente la mujer una mayor y más pesada esclavitud que el hombre, serán para ella mayores los beneficios que resulten de la obra triunfante de la democracia socialista” – L.E. Recabarren