Entrevista a Andrés Fielbaum, presidente de la Fech y militante de Izquierda Autónoma.

El dirigente estudiantil expone la radical desconfianza del movimiento –y de su generación– hacia la clase política, en donde las militancias de cada parlamentario son apenas un matiz. Además, valora el aporte de las Juventudes Comunistas a las movilizaciones desde 2011 pero insiste en que sólo se puede pactar con la Concertación desde “el autoengaño”. Propone, en cambio, construir un nuevo sujeto político sobre las mismas bases del movimiento estudiantil: la unidad y la autonomía.

por Patricio López. Fotografía: Freddy Briones Parra
Entrevista publicada originalmente en El Desconcierto Nº10. Mayo 2013.

Mirado en perspectiva, ¿cuáles son para ustedes las claves políticas de la destitución de Harald Beyer en el Parlamento?

Yo consideraría dos señales fundamentales. Por un lado se consolida la idea que el lucro en la educación o el lucro con nuestros derechos es una aberración, algo casi obsceno. Incluso para este Congreso, que fue cómplice de esta situación y que hoy se ve forzado a destituir un ministro. En ese sentido la caída de Beyer no es un triunfo pero sí un avance del movimiento estudiantil, mucho más que de cualquier partido político, porque sólo puede entenderse después de nuestras movilizaciones y del cambio en la subjetividad de Chile. Por otro lado, al ver el desempeño particular de las coaliciones, cuando uno compara lo que hace la Concertación y lo que hizo antes, se da cuenta que votó contra su propia historia, contra sus propios militantes que lucran con la educación y eso sólo puede entenderse porque es un año electoral. El mejor ejemplo es Patricio Walker, quien no se acordó porque su reelección es el 2017.

Ustedes hablaron con los parlamentarios, instalaron presión en los medio. ¿Tú crees que si no lo hubiesen hecho el resultado de la acusación habría sido el mismo?

Más que eso, creo que sin el movimiento estudiantil la acusación nunca hubiese sido presentada. La pregunta relevante es si esto significa un giro en la Concertación o si es más bien un oportunismo en un año electoral. Obviamente eso está por verse, no nos podemos meter en la cabeza de los parlamentarios, pero cuando uno se da cuenta de que siguen admitiendo a militantes que lucran tendemos a suponer que dar un giro en año electoral es como hacerse amigo del que ganó la Lotería. Para que esto tenga algún grado de coherencia y trascendencia, es fundamental que los proyectos de ley que el Gobierno presentó no prosperen. La agenda de Beyer se traduce en leyes que atacan la educación pública, que benefician el lucro, que permita que sigan existiendo universidades que no cumplan ningún criterio básico. La Superintendencia (de Educación) es algo que viene a blanquear el lucro en vez de prohibirlo. Hoy día los ministros pasan y las leyes quedan, así es que si la agenda de Beyer avanza haberlo sacado habrá sido pura pirotecnia.

Bachelet y los estudiantes

¿Cómo evalúas tú desde el movimiento estudiantil el aterrizaje de Bachelet?

Vemos que los candidatos en general empiezan a manosear nuestras demandas, en el sentido que las agarran, las deforman y cambian el contenido. Desde Golborne a Bachelet, en ambas coaliciones. En el caso particular de Michelle Bachelet hay dos elementos más preocupantes. Por un lado los constantes vaivenes sobre la gratuidad, no sabemos cuando le toque gobernar si va a ser la que quiere educación gratuita universal o la que quiere pagar la educación de su hijo. Lo segundo, y más grave aún, ya que está confundiendo a la opinión pública, es que Michelle Bachelet ha dicho en todas partes que “nosotros queremos poner fin al lucro en la educación”, pero en realidad su propuesta es que los que reciben específicamente plata del Estado no lucren. Es bien distinto porque el fin al lucro con fines públicos significa que la plata del Estado no se va a ir a los bolsillos de los empresarios, pero cuando uno dice fin al lucro en general es que uno quiere atacar desde la raíz que la educación pueda ser un negocio. Significa que ningún establecimiento educacional pueda decidir echarse la plata al bolsillo, en vez de poner una biblioteca
o contratar a un profesor. Nosotros queremos establecimientos educacionales y no empresas. Para eso se exige un fin al lucro de cuajo y ahí uno se pregunta si Michelle Bachelet no estará más bien cuidándole el negocio a sus militantes o a las empresas que financian las campañas de la Concertación hace tanto tiempo.

Cuando ocurrió el primer pronunciamiento de Michelle Bachelet, en Radio Cooperativa, llamó la atención que en los días previos había un debate político entre los dirigentes y ex dirigentes estudiantiles, sobre las estrategias parlamentarias. Pero con sus declaraciones se produjo una alineación voluntaria entre ustedes ¿Cómo analizas esta tesis de que la aparición de Bachelet los unificó y generó un clima más cohesionado para la marcha del jueves siguiente?

Una de las discusiones importantes dentro del movimiento estudiantil y sus organizaciones políticas tiene que ver con el rol de un posible futuro gobierno de la Concertación. Una discusión que es pública, sobre si es buena idea llevarse bien con ellos, suponiendo que van a ser capaces de cambiar el rumbo que han tenido estos años, o si en realidad hay que hacer propuestas alternativas. Como Izquierda Autónoma hemos querido que la unidad y autonomía que se vio en las calles el 2011 se vaya expresando de una forma política. Y cuando Michelle Bachelet
dice “yo quiero pagar la educación de mi hija porque regalarle a los que tienen es regresivo”, en el fondo está poniéndose del mismo lado de Beyer, Piñera, Lavín y de todos los que han construido este modelo educativo. Su afirmación termina ordenando, al menos por un tiempo, a los que creían eso. Cuando se pone en esa vereda termina demostrando que la Concertación mantiene una línea principal y que, maquillajes más maquillajes menos, sigue manteniendo el Estado Subsidiario.

La “Jota” y el viejo problema del poder

¿Cómo se hacen cargo de la idea de que sin poder real no se provocan transformaciones? Teniendo en cuenta, por ejemplo, que la izquierda muestra lamentables signos de desunión.

Cualquier organización transformadora debe tener vocación de poder y también, de no seguir delegándolo a los mismos de siempre para construir el Chile que deseamos. La pregunta es cómo uno logra el poder, no para su organización, sino para las mayorías. En Chile ocurre un fenómeno que parece ser muy contradictorio pero que es interesante, y es que desde el 2011 los jóvenes siguen con una vocación muy grande de movilizarse, con mucha convicción. Hablo de caleta de compañeros dispuestos a perder el año y que siguen marchando, pero por otro lado no van a las elecciones a votar. Entonces el punto no es la apatía política sino la inexistencia de proyectos convocantes. Gran parte de la potencia que tuvo el 2011 se basó en la unidad y en la autonomía.
Fue crucial que la derecha ni la Concertación tuvieran ninguna posibilidad de cooptar a los principales dirigentes, a diferencia de 2006, en que muchas de esas dirigencias eran socialistas y cuando llegó la orden de partido que había que bajar las movilizaciones, todos se fueron para la casa por razones, entre comillas, personales. En lo que sucedió el 2011; una parte importante evidentemente le correspondió a la Jota, a liderazgos como el de la Camila, que ahora están en una aventura con la Concertación. Ojalá ellos estuvieran con nosotros construyendo este proceso, pero no tenemos cómo conseguir eso.

Me interesa eso que dijiste de que “ojala que ellos estuvieran con nosotros”. En el fondo los sienten parte de este nuevo sujeto político del que estamos hablando…

Es que la Camila y la Jota tienen en general convicciones parecidas a las de nosotros. Me carga cuando dicen que se vendieron al neoliberalismo porque están en alianza con la Concertación. Lo que pasa es que tenemos una diferencia, porque ellos están en una apuesta política que a nuestro juicio no tiene ningún elemento, salvo el autoengaño, que la sustente. Personas como Camilo Ballesteros han tenido que buscar terceras o cuartas interpretaciones de las palabras de la Concertación, para convencerse de que están cambiando el camino. Y eso es más obvio cuando uno se da cuenta que la Concertación sigue muy cruzada por conflictos de interés, en particular en el mundo de la educación. Nosotros creemos que el camino es otro: hay una convicción tan profunda en gran parte de la sociedad de avanzar hacia los derechos básicos, un potencial transformador tan grande, que es posible concretarlo si se afronta con unidad, convicción y autonomía. Parte de ese potencial se aplasta si es que la imagen de los dirigentes estudiantiles termina refrescando a una Concertación a la que nadie le cree.

Muchos dirigentes sociales han llegado al Parlamento en los últimos 23 años, desde Rodolfo Seguel y luego Manuel Bustos hasta otros más recientes, pero ninguno ha logrado marcar la diferencia y algunos incluso fueron finalmente cooptados. ¿Ustedes temen que algo así suceda con Camila Vallejo o Giorgio Jackson?

Lo primero es que creo imposible que un par de diputados más o menos marque la diferencia. No digo que serán cooptados, porque siempre he visto gran convicción en sus ideas, pero la diferencia la hace un proyecto que sea realmente de mayorías. Si uno mira Latinoamérica los procesos han sido bien diferentes en general, pero el elemento común es que en la mayor parte de ellos se logró romper con una institucionalidad muy cerrada y poco representativa. En Chile, hoy, tenemos dos fuerzas políticas neoliberales que sólo dialogan entre ellas y con los empresarios, mientras cualquier otro sector está totalmente excluido. La gran diferencia es que hasta el 2010 eso estaba naturalizado y hoy la gente se está organizando y ya no quiere más.

La izquierda atomizada y el Partido Socialista

Hace un rato mencionaste al Partido Socialista, que ha sido uno de los más importantes en las transformaciones sociales del siglo XX y que, si gana Michelle Bachelet, estaría 14 de los primeros 18 años del siglo XXI en la presidencia. ¿Cuál es tu mirada respecto al rol de esa tienda en lo que estamos discutiendo?

Que hasta el momento 10 de 14 años del siglo XXI hayan sido del PS en La Moneda y tengamos un modelo tan neoliberal como el que tenemos, dice bastante. Los gobiernos socialistas aprobaron el crédito con aval del Estado, hicieron el Transantiago e incluso tuvieron ideas extrañas como privatizar las calles. En resumen, dieron la segunda arremetida neoliberal durante los gobiernos de la Concertación y eso refleja mucho más que cualquier análisis. Sólo quisiera hacer la salvedad de que dentro, no de la cúpula del PS, sino de sus bases, hay muchos militantes que todavía creen que se debe avanzar hacia un proyecto socialista. El llamado, por lo tanto, es a dejar de creer en el nombre del partido, que hoy está controlado por los Escalona, los Andrade, y los César Valenzuela, que representa la traición al movimiento estudiantil el 2006. Ellos no representan el nombre, no representan el Socialismo.

¿Cuál es tu opinión de la situación actual de esa izquierda que tiene cinco candidatos que sumados no marcan el 5 por ciento, y que están de acuerdo en todos los temas centrales: Asamblea Constituyente, Reforma Tributaria, Reforma Educacional? ¿Qué síntomas se pueden identificar de esa situación?

Primero haría una diferenciación: para cualquier proyecto de izquierda el colectivo tiene que estar por sobre los proyectos individualistas y eso marca distancias muy grandes con candidaturas como la de MEO. Sobre la izquierda en general, siempre ha tenido el gran problema de su atomización, de poner diferencias minuciosas por sobre elementos mucho más grandes que nos unen. Sin embargo, las movilizaciones también han permitido que vaya madurando. Uno lo ve también en el mundo estudiantil, donde la mayor parte de las fuerzas de izquierda comprende que debe plantearse un proyecto nacional y no local, lo que es una excelente noticia en un proyecto a mediano y largo plazo. Es necesario actuar en unidad y dejar de estar relegados en lugares donde hay grupos sobrerrepresentados por la atomización.

Hay quienes le imputan a “los autónomos” lo mismo que tú criticas. ¿Qué los pondría a salvo de esas acusaciones?

Pasa que hoy se quiere imponer que o estás con la Concertación o no haces política, que la política sólo existe en el Parlamento, para lo cual, por obra del binominal, hay que negociar con ellos. Que por lo tanto el resto es idealismo, es infantilismo. Nosotros nos revelamos contra esa lógica, entendemos que la mayor parte de Chile no encuentra cabida en la Concertación y que los límites de la política actual son muy estrechos. Eso se nota en los vaivenes de Michelle Bachelet respecto a la gratuidad. Nuestra apuesta es que todos los sectores que se sientan convocados a terminar con el neoliberalismo puedan actuar con libertad y autonomía respecto a la derecha y la Concertación.

Para finalizar, se cumplen 40 años del golpe y habitualmente en la izquierda aparece la nostalgia de las cosas positivas, pero también es un quiebre que marcó a un país y a una generación. ¿Cuáles podrían ser las secuelas negativas de esa marca?

Nos parece fundamental que no sólo se recuerde con nostalgia, ni con el llanto por las víctimas que obviamente tiene que estar presente, sino que se recuerde para ver cómo construimos hacia el futuro. Que se entienda que estos 40 años no son solamente pérdidas de vidas humanas, sino que son 40 años desde que nos quitaron nuestros derechos, desde que se cortó un proyecto popular a la fuerza por 17 años y después en forma democrática por otros 23. Ése debe ser el punto desde donde la izquierda se pare para avanzar hacia el futuro. No es coincidencia que las movilizaciones hayan avanzado desde el mundo estudiantil, porque nosotros no tenemos esos traumas. Entendemos que política implica capacidad transformadora, que el pueblo se haga cargo para construir el país que quiere con sus propias manos. Y lo bonito es que después de nosotros vino Aysén, Freirina, y eso significa que la gente para la que la política significó un trauma está volviendo a creer en ella. El desafío fundamental es converger estas luchas sectoriales, re-imaginar una izquierda que se adopte al siglo XXI, recogiendo la vocación que tuvo Allende de devolverle el poder al pueblo y enfrentar con valentía a los poderes fácticos.