Comentario de Francisco Figueroa

Lanzamiento del libro “Chile actual: crisis y debate desde las izquierdas”, de Faride Zerán.

Creo que para apreciar plenamente el valor del libro que hoy nos reúne, tenemos que situarnos más allá de los hechos inmediatos para mirarnos con cierta distancia como izquierda.

Y es que después de décadas de agresiva expansión capitalista, estamos en medio de una resaca a escala mundial. Tanto en los países centrales del capitalismo global como en las periferias, es la derecha y no la izquierda la que hace gala de contar con más recursos para apropiarse y responder a las contradicciones de nuestro tiempo.

Lejano se ve el optimismo que los logros de la “década ganada” en América Latina y la crisis financiera de 2008 sembraron entre quienes creyeron ver amenazado el orden heredado del giro neoliberal de los setenta. Nuevas ideologías excluyentes y nacionalistas campean en los países centrales del norte, mientras en el sur el ciclo progresista latinoamericano agoniza a manos del contrataque de sus elites económicas.

La situación en Chile no es muy distinta. Al eludir la necesidad de ir a la raíz de los problemas que atraviesan a la sociedad chilena, la centroizquierda ha terminado pavimentándole el camino a una arremetida conservadora y mercantil que brama contra todo intento de alterar en una perspectiva democrática el modelo de desarrollo y convivencia vigente. Mientras tanto, la apatía se expande y se dibuja así un escenario mucho más incierto que el imaginado por los pregoneros del inminente “derrumbe” del modelo.

La editora de este libro y la mayoría de los autores que participan en él son plenamente conscientes de estas adversidades, y enhorabuena, porque sólo a condición de asumirlas seremos capaces de reconstruir una capacidad de transformación social. Como dice Carlos Ruiz en su artículo, “una lucha que prescinda de consuelos será siempre más fuerte que una que se basa en ellos”.

Con todo, el lector también encontrará matices y espacio para establecer debates cruzados. ¿Se trata de una crisis puesta en evidencia por la emergencia de un nuevo ciclo político, como plantean Amtmann y Boric? O, como se desprende de las lecturas de Cuevas, Eltit, Ramírez o Ruiz, ¿no será acaso el crujido del viejo régimen lo que produce más ruido, dejándonos al borde de una situación más bien abierta? No son distinciones de pura apreciación, se pueden desprender tareas y urgencias distintas.

Pero al mismo tiempo que se mira la realidad sin autoengaño, se exhiben también las energías y recursos con que cuenta la rebeldía de los dominados en el Chile actual.

Uno de los aspectos más prometedores, a mi juicio, es que asoman formas de ruptura con el estilo político y cultural predominante en la transición.

Por primera vez entre los cuadros que organizan y piensan la revitalización de la izquierda, prevalece –como apunta Faride en el prólogo- un quiebre con la autocomplacencia de la transición. Si hasta hace poco incluso los más puntudos miraban las mezquindades del Chile post-dictatorial como consecuencia de las trabas de la derecha, las trampas de la institucionalidad o la falta de arrojo de ciertos líderes políticos, la mayoría de estos autores comparte la convicción de que el problema reside en la propia naturaleza excluyente de la transición e, incluso, en el imposible matrimonio entre democracia y neoliberalismo.

Asoma también una voluntad por romper con la cultura juvenil conformista y carente de confianza propia que el pacto pinochetismo-Concertación tuvo capacidad de construir en los ’90. Destaco en ese sentido el llamado de Camila Rojas a apropiarnos de la realidad del “Chile que nos tocó vivir” y romper con toda forma de romanticismo nostálgico e idealizador del pasado, para actuar sobre éste Chile, el del endeudamiento, la desafección y el reciclaje del machismo y la misoginia en nuevas formas. Destaco también la exhortación que hacen Constanza Alvarado y Persida Roca a mirar al enemigo no desde abajo, sino a los ojos y con la frente en alto, dejando atrás el complejo de inferioridad que nos inocularon en los ’90 y la pasividad con que miramos por muchos años, demasiados años, al dirigente político de turno tratarnos de malagradecidos. Hay un rechazo de connotaciones ético-morales al orden de cosas y una seguridad en las convicciones propias en los golpes al teclado de Alvarado y Roca que recuerda a la pluma de muchos textos de la revista Claridad, cuando la juventud rebelde de los años ’20 ajustaba cuentas con el “partido de notables” y la rancia oligarquía a la que servía.

No creo que esta asociación se me haya venido a la mente por casualidad. Es que la nuestra, como la de los 20, es también una época en la que saltan por los aires los consensos que han sustentado las formas vigentes de la dominación y que han ocultado el abismo que separa a las ideas consagradas en la política, la economía y la cultura de aquellas que animan la vida de la mayoría de la sociedad. Las voces reunidas en este libro expresan precisamente esa fractura.

El libro tiene también la virtud de convocar a un diálogo intergeneracional, está la generación emergente y está la generación persistente, esa que durante la transición ha mantenido la sana costumbre –y nada fácil de sostener en estos días- de la crítica y la autocrítica, permitiendo que las nuevas de fuerzas de cambio no crean haber llegado al mundo de la nada y puedan recoger la experiencia de la izquierda reciente. Diamela Eltit, aporta un balance muy lúcido del presente gobierno y la importancia de “escuchar el silencio electoral, pensar ese silencio” para comprender “la diversidad de voces que ese silencio porta” y que la política se niega a escuchar. Jorge Arrate ataca la inutilidad de la dicotomía mercado/Estado y reclama la necesidad de democratizar el Estado como tarea fundamental de la izquierda. Y Nelly Richard avanza en uno de los planos en los que, creo, las nuevas fuerzas nos demostramos más débiles: la construcción de una cultura alternativa a la dominante.

Quiero advertirles que en este libro también podrán encontrar un artículo excepcionalmente lúcido y fundamental para el rearme de la izquierda. Un artículo que, como apuntó un compañero, ocupa las palabras “socialismo” y “libertad” sin que una le pida permiso a la otra. Carlos Ruiz pone el dedo en una llaga jamás cicatrizada de la izquierda: la expropiación de las ideas de libertad y democracia que, en las formulaciones y experiencias más jóvenes del socialismo, fueron fundamentales. Su propuesta se mueve en dos escalas; la de la confrontación con los idearios de la transición que están en la base del desarme político intelectual de la izquierda chilena, una confrontación fundamental para construir el ideario y las guías prácticas de una nueva izquierda posible; y en la escala mucho más larga y global de la derrota histórica de la izquierda, de la búsqueda de banderas identitarias que permitan reconstruir un proyecto histórico capaz de ir más allá de los límites de las experiencias conocidas.

Felicito a Faride por la decisión de haber reunido a estas voces y la determinación de hacerlo en este momento. La cultura dominante es especialmente porfiada en años electorales para imponernos prácticas y discursos “correctos”. Mi reconocimiento a Faride por empeñarse en hacerle las cosas más difíciles a los que mandan y en contribuir a que la izquierda no pierda la costumbre de pensar y debatir.