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 ¿Cuál es el estado de salud del pensamiento de izquierda en Chile? ¿Está en condiciones de, como propone el debate que nos convoca, jugar un papel en un eventual proceso de profundización democrática? El estado de ánimo dominante, marcado por la refrescante irrupción de diversas luchas sociales y el decaimiento de la derecha -que seguramente será coronado por su derrota en las urnas-, puede llevarnos a responder con optimismo estas preguntas. Pero más allá de estos síntomas de coyuntura, por cierto relevantes, no es posible eludir el hecho de que todavía debatimos dentro la crisis de incidencia más larga que haya experimentado en su historia el pensamiento de izquierda en Chile.

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 Se trata de una crisis determinada, primero, por tendencias globales. El fracaso de los autoproclamados “socialismos realmente existentes” (tras una hábil propaganda que identificó las ideas socialistas con la “estadolatría” del comunismo soviético) y el triunfo global de la contrarreforma neoliberal abrieron lo que Hobsbawm llamó una drástica recesión política e intelectual del marxismo. Pero esta crisis fue acentuada también y delineada con características específicas por fenómenos propios del proceso político nacional, particularmente el desarme intelectual y política de la izquierda histórica y del movimiento popular tras la dictadura y los conservadores términos de la transición a la democracia que excluyeron a la izquierda del proceso político.

Este diagnóstico crítico del estado de salud del pensamiento de izquierda en Chile no parte de premisas muy distintas a las que éste mismo se propuso una vez recompuesto del autoritarismo militar. No se trata de -sería tramposo e inútil- ponerlo a prueba en tensión con propósitos que no se formuló, como el de nutrir de contenido socialista la transición a la democracia. Se trata, simplemente, de examinar su capacidad de orientar la acción política de sus fuerzas de acuerdo a sus propósitos declarados y, sobre todo, su capacidad de adaptarse al ritmo cambiante del devenir social para ofrecer soluciones a la emergencia constante de nuevos problemas.

Allí, decía Eugenio González, reside la eficacia del socialismo, doctrina que “necesita acaso más que cualquier otra interpretar el sentido de la época, los valores permanentes que en ella operan y los que le son específicos, para ajustar a él, con plena conciencia, la perspectiva de una política” (Posición doctrinaria del Socialismo, discurso en el Senado, 1957, EG).

Si hay un punto de intersección entre las diversas variantes de política y pensamiento de izquierda en la historia chilena reciente, es el de buscar una nueva articulación entre socialismo y democracia. Unos buscando dar sustento a una alianza con la Democracia Cristiana y con ello a la Concertación, otros por considerar que toda lucha democrática consecuente se transforma o crea las condiciones más aptas para que la lucha socialista resurja y, eventualmente, se haga dominante. Pongamos entonces en las tareas de la lucha democrática nuestra atención y en la democratización, política y social, los criterios para examinar la vitalidad del pensamiento de izquierda, su influencia en la política, y, lo que más nos interesa, sus deudas.

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Democracia hace referencia a una situación en la que las decisiones se tejen y construyen en el marco de una relación entre iguales. La lucha democrática alude así a toda lucha contra un régimen que limita, restringe y excluye la presencia histórico-social de una disidencia y de una oposición, y por la creación de una situación en la que todos y cada uno pesen lo mismo en la toma de decisiones (democracia política) y en la producción de lo social (democracia social).

En su primera dimensión, traducida materialmente en la lucha por la conquista de un máximo de derechos políticos, la lucha democrática quedó truncada por las condiciones bajo las cuales se pactó la transición, a saber, el respeto y en parte adopción de los aspectos fundamentales de la hoja de ruta diseñada por la propia dictadura para abrir paso a los gobiernos civiles. Se recuperaron de las manos militares importantes áreas decisionales, pero la distribución social del poder permanece concentrada en los salones de las elites. Son múltiples y conocidas las normas de nuestro sistema político que lo consagran, no tiene sentido enumerarlas. Lo que llama la atención es que, habiendo crítica en la izquierda al respecto, ello no se traduce en la forja de voluntades y programas efectivamente resueltos a cambiar dicha situación. Por el contrario, la izquierda que ha formado parte de los gobiernos de la transición, ha avalado la restricción social de la democracia, contribuyendo a la prolongación de una “democracia protegida”, ya no del marxismo internacional como aseguraba la dictadura, sino que de la ¡propia ciudadanía! en nombre de la sacrosanta “gobernabilidad”, engendro del pensamiento conservador que cierto pensamiento de izquierda, autodenominado progresista, ha adoptado como propio, en el marco de una retórica de la responsabilidad que en realidad tiene más de retórica de la claudicación.

Pero es en el plano de la democratización social donde el pensamiento de izquierda exhibe un desempeño aún peor. Primero, especialmente el proveniente de la renovación socialista, dejó un vacío al respecto al concentrar su atención casi exclusivamente en el aspecto institucional de las tareas de democratización política, tal vez por la vigorosa resistencia que entonces ofrecía el autoritarismo militar. Esta autocrítica se la han hecho varios de sus principales exponentes. Pero después, tuvo lugar otro movimiento, mucho más amplio y trascendental, comandado y seguido incluso por muchos que se decían a la izquierda de la original renovación, que pensó y piensa que el principal ámbito de realización de la democracia social es el mercado.

Se inaugura así, con la confluencia de importantes sectores del socialismo y el progresismo con la derecha política y económica, una eficaz y hegemónica “vía chilena al neoliberalismo”. Su resultante ha sido, por un lado, la prolongación bajo nuevas formas de la situación dependiente y subdesarrollada de Chile en el contexto de la economía global, y por otro, la extendida mercantilización de cada vez más aspectos de la vida social (educación, salud, previsión, política energética, etc), aumentando las desigualdades sociales hasta realidades insospechadas y subordinando la vida de las grandes mayorías -no sólo a los estadísticamente considerados “pobres”- a unos vaivenes del mercado que las condenan a nuevas formas de miseria material y espiritual y, sobre todo, incertidumbre ante su futuro.

No se trata de negar que a través del mercado se posibilitó el acceso de nuevas y vastas franjas de la sociedad chilena al consumo de diversos bienes y servicios o que el mercado deba jugar un papel en la sociedad. Se trata de discrepar con la idea según la cual esa era la única y mejor forma de hacerlo y, sobre todo, con el dogma según el cual la democracia se reduce a eso.

Algunos podrán decir que la vida chilena no está entregada al neoliberalismo, que el Estado interviene. Claro que lo hace, el neoliberalismo de hecho lo requiere, su retórica anti-estado es hipócrita. El neoliberalismo a la chilena usa al Estado para protegerse del mercado allí donde no le conviene y para asegurarlo allí donde sí le conviene.

Así las cosas, en la dimensión social de la perseguida democratización no es posible acusar “insuficiencia” o excesivo “posibilismo”, como cabría pensarlo –aunque difiero- con respecto a la dimensión política. En esta dimensión el pensamiento de izquierda que buscó influir en la transición fue derrotado, y el que avaló y nutrió la mercantilización de la vida, simplemente dejó de serlo para transformarse en un renovado pensamiento de derecha ubicado a la derecha, incluso, de un Adam Smith que sabía que habían áreas en las que la inmiscusión del mercado sólo podía ser regresiva.

Flaco favor le hacen a la izquierda quienes, desde una vereda, defienden la política y el pensamiento de izquierda involucrado en este proceso como el único posible por ser el “menos malo”. También quienes, desde una vereda contraria, apuntan con su dedo acusando “traición”. Me inclino a interpretar este fenómeno del modo que Gramsci pensó el fenómeno de las fuerzas que se terminan promoviendo como “el mal menor” o dando recetas con dicho espíritu. Cito:

El concepto de mal menor (…) no se trata, pues, de otra cosa que de la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento regresivo, cuya evolución está dirigida por una fuerza eficiente, mientras que la fuerza antitética está resuelta a capitular progresivamente, a trechos cortos, y no de golpe”.

En este punto, cabe entonces preguntarse: exactamente, ¿qué democracia queremos profundizar?

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Un segundo nudo en la crisis del pensamiento de izquierda que debemos desatar, es el de su estrecha comprensión de la noción y la materialidad que asume por nuestras días el poder y la práctica política, o dicho de otra forma, su incapacidad de combatir la hegemonía de lo que Gramsci llamó la “pequeña política”.

Mientras la gran política, decía, es aquella ligada “a la construcción, destrucción, defensa o conservación de determinadas estructuras económico-sociales”, la pequeña política “comprende las cuestiones parciales y cotidianas que se presentan al interior de una estructura ya establecida en el transcurso de luchas por la predominancia entre las diversas fracciones de una misma clase política (política del día a día, parlamentaria, de corredor, de intrigas)” (Antonio Gramsci, Cuadernos de la Cárcel).

Más allá de las formas espurias que asume en la realidad este fenómeno (políticos profesionales o por deporte, partidos deformados en agencias de empleo, difuso límite entre política y defensa de intereses corporativos), más interesante resulta mirar críticamente la formación de ciertas formas de pensamiento (en las cuales se forman cientos de jóvenes profesionales y militantes) tributarias de este fenómeno.

Preocupante resulta ver lo extendido, especialmente en las nuevas generaciones, de la creencia ciega según la cual a través de “políticas públicas” es posible contribuir a un mejoramiento sustantivo de la vida bajo la actual estructura económico-social, o peor, que la práctica política es eso. Esto supone una naturalización de los fundamentos de las políticas de Estado y, lo que es peor, de su carácter social y de las relaciones de fuerza que suponen.

Igual de alarmante resulta la reducción de la mirada y la práctica de construcción de fuerza social transformadora a la captura de espacios de administración (no siempre  poder) en el Estado, sobre todo en tiempos en que el debilitamiento de los Estados-nación es tal que se ven superados en sus esfuerzos por mediar (en niveles locales, regionales y nacionales) entre las exigencias de derechos de los ciudadanos y el afán de ganancia de los capitalistas.

La lucha democrática y la lucha socialista, o de la izquierda, son interdependientes, la segunda es imposible sin la primera, y la primera siempre se verá limitada sin la imbricación con la segunda. Pero la lucha socialista, es decir, por una mejora material y no tan sólo formal que permita la libertad más plena del hombre, requiere en el curso de la lucha democrática la construcción de la fuerza social que la hará posible y encarnará, perfilando en su propio actuar la fisonomía de la sociedad buscada.

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El sentido de un examen crítico del papel jugado por el pensamiento de izquierda en la transición a la democracia no es el de pasarle la cuenta al pasado. El sentido es evaluar para corregir y abrir nuevos caminos posibles, sobre todo, considerando las particulares condiciones y oportunidades que presenta la situación social y política actual.

Después de haber sido el paraíso neoliberal en los ‘90s, América Latina comenzó a transitar a una situación nueva, marcada por el ascenso de gobiernos con una preocupación por hacer prevalecer la soberanía de sus pueblos sobre los mercados a través de sus Estados. En lo internacional han privilegiado la integración regional por sobre a subordinación a EEUU y han pasado de Estados jibarizados controlados por grupos económicos, a otros más capaces de intervenir en la regulación de las relaciones sociales. La hegemonía global del neoliberalismo es indesmentible, de hecho nos siguen golpeando sus facetas más recesivas, en especial el predominio del capital financiero, pero en la región se constituyen diques de contención a esa hegemonía.

En nuestro país, en tanto, una creciente conflictividad social ha puesto en entredicho los aspectos más sustantivos de la herencia dictatorial, a saber la negación de derechos sociales, fundada en la permanencia del principio de subsidiariedad, y el carácter restringido de la democracia. No hay un derrumbe del modelo ni una crisis del neoliberalismo. Sucede que se han desnaturalizado sus fundamentos y pasado a ser objetos de una extendida crítica social. A su vez, el desconcierto ante esta situación de los componentes más regresivos de la sociedad y la política chilenas, demuestran, que su prolongación es incompatible con las exigencias de más democracia.

Neoliberalismo y democracia han terminado por demostrar así que son un matrimonio imposible.

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Para aportar a la superación del actual periodo histórico en miras de abrir un proceso de democratización plena, el pensamiento de izquierda debe asumir la incompatibilidad entre el neoliberalismo y la democracia y, en consecuencia, jugársela por influir para producir una ruptura con sus defensores, su herencia y sus naturalizadas formas y categorías de pensamiento.

No tiene sentido ni es sustentable, por lo tanto, postergar la construcción de una izquierda moderna, libertaria y abierta a los valores progresivos de nuestro tiempo, condición necesaria para inaugurar un proceso de plena democratización, por fraguar alianzas de dudoso sentido con los benefactores del mismo neoliberalismo. Y uso a propósito la palabra “postergar”, porque en la práctica son cosas incompatibles.

Se han escuchado consignas de diverso tipo en el último tiempo para justificar la continudad de los términos conservadores de la transición. “Es preciso una alianza con el ‘centro político’ para derrotar a la derecha”. Pero, ¿es posible usar con tanta ligereza esa noción en nuestros días? Su sentido era claro en el siglo XX, antes de la drástica restructuración productiva emprendida por el neoliberalismo, cuando los partidos estaban anclados en fuerzas sociales y de clase. ¿Qué es el centro político hoy? ¿Claudio Orrego lo representa?, ¿Andrés Velasco?

“Hay sectores progresistas del empresariado nacional que están por más democracia”. Ansiamos saber quiénes. ¿Los mismos que tienen fondeado el grueso de sus capitales en los paraísos fiscales?, ¿ese progresivo sector que se levanta todos las mañanas pensando en el bienestar de los trabajadores que son los banqueros, el señor Awad, el señor Luksic?, ¿los que tienen a nuestra economía dedicada a la exportación de piedritas y frutitas?, ¿ese empresariado que se resiste a la innovación por superponer al desarrollo su pequeño afán de ganancia inmediata?

Nosotros no tenemos la respuesta, lo que sí sabemos es que se van a requerir grandes dosis de creatividad y apertura. No se trata de buscar abstractas formas de consecuencia con el pasado. No debemos ser conservadores. Lo mejor de la tradición socialista nunca lo ha sido.

Debemos apropiarnos del presente, del presente de un país cuya fisonomía social y cultural está cambiando radicalmente, creando nuevos valores y desechando otros, reclamando fuerzas políticas nuevas; debemos tener apertura a las nuevas formas de organización y de sentir, dinámicas y radicales formas de democracia y valores socialista le pasan por el lado a la izquierda y sus partidos, en la práctica de varios movimientos sociales, en las posibilidades de creación abiertas por el desarrollo científico y técnico; y debemos tener un horizonte ¿cómo sería un paisaje sin horizonte?, no un dogma estanco, simplemente una forma de vida basa en la cooperación en lugar de la competencia.

Por lo pronto, la centralidad para el ciclo que se abre: desmercantilizar. Desmercantilizar es ganar soberanía sobre nuestras vidas y sobre el futuro. Es condición de una verdadera democracia.

En definitiva, tomarnos en serio cuando Eugenio González reclamaba un socialismo profundamente humanista, libertario y creador, que no fuera “un conjunto de domas estáticos, sino una concepción viva, esencialmente dinámica, que expresa en el orden de las ideas políticas las tendencias creadoras del proletariado moderno” (Fundamentación Teórica del Programa del Partido Socialista, 1947) .