Compartimos con ustedes el discurso de nuestra compañera Daniela López, candidata a diputada por Valparaíso, quien realizó esta intervención en el Congreso Ideológico de Revolución Democrática en representación de Izquierda Autónoma, realizado el 7 de Junio.

Me gustaría partir agradeciendo la posibilidad de compartir estas reflexiones, que surgen de distintas discusiones y actividades cotidianas, esperando que puedan servir para el proceso en el que siguen avanzando. En particular, porque se trata invitación a discutir sobre nuestras ideas, y no solo sobre una u otra acción coyuntural. Quisiera partir destacando eso porque sin ideas la política se transforma en administración de la realidad orden, es decir, deja de ser política, que es precisamente la actividad colectiva que, en nombre de ciertas ideas, busca reconfigurar la vida en común. Enumerar cuáles son las ideas de las que nos sentimos herederos sería tan fácil como insuficiente, ya que imagino que todos acá estamos de acuerdo en que queremos una sociedad más justa, más libre, o más igualitaria. Lo importante es precisar qué entendemos por esos conceptos, y cómo se podrían manifestar concretamente, ya que sin ese paso de las ideas a la realidad también abandonamos la política y nos quedamos en el espacio del dogma.

Para cualquier persona de izquierda el paso del siglo XX torna difícil responder a esas preguntas, tras el fracaso de las estrategias revolucionarias que buscaban la superación del capitalismo y terminaron gestando sociedades quizás más abominables que el propio capitalismo, pues su mayor equidad material se sostenía en una política tanto o más autoritaria que la del Estado libral. Las estrategias reformistas, por su parte, tampoco pueden estar más orgullosas de sus esfuerzos de humanizar el capitalismo. En particular hoy, cuando vemos que no son capaces de sostener los Estados de bienestar que generaron, como muestran las respuestas de las élites políticas ante la crisis que atraviesa hoy Europa. Esas dos estrategias dieron origen a las dos culturas de la izquierda chilena: la cultura legalista (PC y de algunos sectores del PS) y la cultura revolucionaria (MIR y otros sectores del PS durante la UP). Pese a sus diferencias, compartieron un elemento central: la toma del poder por parte del partido como condición necesaria y suficiente para la transformación. De ahí que hayan confluido en el proyecto de la Unidad Popular. Más allá de los éxitos, fracasos o culpas del gobierno de Allende, cuyo análisis exige otro tiempo y espacio que este, nos parece central señalar que a los Partidos que lo acompañaron les faltó imaginar una distinta relación entre el Estado, los Partidos y las mayorías, por lo que replicaron la estrategia leninista de ver a sus organizaciones sociales propias, como meras bases de apoyo para la acción de la vanguardia. Compartían, por tanto, un disimulado desprecio por lo social, por quienes, para la cultura política de izquierda tradicional, carecían de conciencia política, y por tanto, de potencial transformador.

Precisamente porque nos interesa rescatar la utopía que allí se puso en juego, destacando los procesos de movilización y empoderamiento popular que nunca dejaron de convivir y disputar las estrategias más leninistas del periodo, es que hay que reimaginar sus formas. Nuestra convicción fundamental es que el gran aprendizaje del movimiento social de nuestra época debe ser la necesidad de superar la visión vertical de la suplantación de la fuerza social transformadora que ha tenido históricamente la izquierda política. Algo de esto nos mostró el 2011, cuyas movilizaciones permitieron la emergencia de ciudadanos que antes no se movilizaban lo hicieran, fraguando en torno a esto, lenta y silenciosamente, una toma de conciencia de su potencial como sujeto revolucionario. Antes que adherirse a un partido o cultura de izquierda ya determinada, las movilizaciones permitieron la emergencia de nuevas ideas e imágenes, propias de experiencias de explotación distinta a las pensadas por el marxismo clásico. Si este emergió en el contexto de una sociedad industrial cuyo análisis concreto llevaba a pensar en el potencial revolucionario de una clase obrera industrial, hoy la resistencia formas concretas de explotación y exclusión han de considerar, también, nuevas tensiones que no se dejan leer en un esquema clásico. Por ejemplo, la subcontratación o la precarización que afecta incluso a los profesionales. Para decirlo con un ejemplo concreto, quien se titula de ingeniero comercial y pone un almacén en una esquina para pagar la deuda que tiene con la Universidad, y las que tendrá con sus hijos, difícilmente podría considerarse, en términos políticos, como miembro de la clase dominante, aunque no sea un asalariado. El ejemplo puede sonar rebuscado, pero no deja de ser indicativo de realidades de las que tenemos que hacernos cargo, junto a otras formas de desigualdad que, por ejemplo, desde las variables del género o la segregación urbana, nos obligan a considerar las injusticias actuales de forma compleja, sin dogmas. Es decir, tratando de ser fieles al espíritu crítico del materialismo.

Porque hay que ir más allá de las clásicas consignas y convencidos de izquierda es que nuestro esfuerzo no está centrado principalmente en unir a la izquierda, sino más bien en conseguir la unidad política del pueblo, del Chile movilizado. Creemos que aquí se encuentra el principal desafío, el único capaz de asumir y efectuar material y concretamente un cambio revolucionario. No nos interesa una unidad de izquierda que se asume vanguardia popular sin preguntarle previamente al pueblo si desea ser vanguardizado por esa izquierda. Ni vale la pena una izquierda dura que se limita a hablar con la minoría que desea cambiar la realidad, ni vale la pena que se limite a lo que la realidad nos permite hoy pensar, sin imaginar otro mundo posible. Es necesaria, por tanto, una izquierda que pueda ir generando las condiciones para ir transformando la realidad de acuerdo a lo que, colectivamente, podamos ir soñando como necesario. Por ello, no negamos el rol de conducción de las organizaciones políticas –de hecho, somos una, y jamás lo hemos negado -, pero creemos que conducción no implica suplantación. Es por eso que para nosotros la autonomía es un principio fundamental. Autonomía, por cierto, no es apoliticismo ni rechazo a priori a participar del sistema político. De hecho, hoy, al igual que ustedes, tenemos una apuesta electoral. Autonomía significa, más bien, el respeto a la autonomía política las luchas sociales de base, ya que ellas tienen la capacidad de enfrentar al capitalismo desde los conflictos cotidianos que expresan sus tensiones estructurales. Y en la transformación de aquellos espacios, en la ampliación de la participación cotidiana, y sobre todo, en la organización popular que estas tareas requieren, se encuentra la fuerza fundamental para la transformación social. La fuerza de los cambios, y por lo tanto, la fuerza política del pueblo, está centralmente dada por su capacidad de acción y organización de base. No por un color político, de esos que el sistema dibuja para que nos representen mediante el voto, no por un personaje determinado, sino por la capacidad de las personas de ir alterando su propia cotidianeidad y, desde ese ejercicio, desplazando los límites de lo posible.

Es una lamentable costumbre de los actuales revolucionarios la de definirse por aquello que no son y llamarse, por ejemplo, anticapitalistas, antineoliberales, antisistémicos.  Nosotros, por el contrario, preferimos definirnos por lo que sí deseamos ser, porque ahí es donde se juega la negación del capitalismo y sus injusticias. Nosotros luchamos, y no tenemos ninguna duda en eso, por la felicidad humana. Esta excede una mejor distribución de la riqueza, pues busca generar nuevas formas de producir y compartir no solo los productos, sino también nuestra vida en común, de forma libre y alegre. Bien lo señaló cuestión Recabarren, un comunista que no tendría cabida o espacio en el Partido Comunista de hoy, al definir en socialismo con dos sustantivos: “Amor y Justicia. La explotación y la tiranía son cosas que el socialismo combate más. El socialismo propone en lugar de la explotación, la justicia y en el lugar de la tiranía, el amor. El socialismo es bienestar real apoyado en la moral y en el trabajo común donde todos los seres humanos gozarán del placer de ser instruidos. El socialismo es amar a su prójimo como a sí mismo. El socialismo es la negación de toda tiranía porque la tiranía es la negación del amor al prójimo

Nosotros luchamos entonces por construir una sociedad en la que en las relaciones materiales cotidianas, y no solo formalmente, cada cual sea un ser igualmente valioso, capaz de colaborar, honestamente, en la construcción y goce colectivo de las riquezas que se generan. Por ello, consideramos que la revolución es ante todo un acto de amor, de apoyo mutuo y solidaridad. La capacidad revolucionaria está en ser capaces de universalizar una forma de vida más plena, más feliz, no más infeliz o “sacrificada”. La cultura del heroísmo, tan típica de la izquierda, no tiene fuerza revolucionaria para nosotros, porque la vida es para disfrutarla, no para sufrirla. Por eso, no buscamos superar la pobreza, a partir de un criterio económico, sino terminar la explotación, desde un criterio moral. La pobreza, al privar a hombres y mujeres, en particular, de lo que les debiera tocar merma a la humanidad, en general, de sus capacidades de crear. La pobreza nos quita algo a todos, no sólo a quienes la padecen. Es un problema universal, no focalizado. Y no se resuelve dándoles bonos a los pobres, sino cambiando las relaciones sociales que la engendran.  Éstas, en Chile, hoy están absolutamente determinada por el proceso de desmantelación del Estado que hemos vivido desde hace casi 40 años. Se trata de un modelo constituido en la profundización del capital en todas y cada una de las áreas de nuestras vidas, la mercantilización de nuestros derechos y concepción de un modelo de Estado subsidiario. Ante una realidad tan radical, es sensato que el más radical de sus portavoces sea quien mejor pueda vislumbrarlo. Mucho más certeros que los diagnósticos socialdemócratas sobre los avances parciales de una Concertación que ha profundizado el neoliberalismo es lo dicho por Longueira: Después de 17 años de neoliberalismo en dictadura, Chile ha tenido estos últimos 20 años 5 excelente gobiernos de centro-derecha.

Por tanto, si no es sólo plantearse hoy como un “anti”, ¿Qué nos exige el actual escenario político? ¿Qué claridades deben guiar nuestros pasos en un año con tantos desafíos como el presente? Dicho de otra manera, ¿Cómo intervenimos políticamente hoy en el Chile post-pinochet?

En primer lugar, entendiendo los peligros y problemas que nos presenta el actual escenario. Este 2013, junto con ser una oportunidad para que los movimientos sociales construyan una nueva democracia, es también una cancha para que la vieja política y sus términos se impongan. En este escenario, la Concertación apuesta por hacerse parte de los conflictos sociales desde los términos de continuismo del Chile que niega derechos sociales universales, re-impulsando con caras ciudadanas y participes del malestar, iniciativas que ocultan la convicción que existe al interior de dicho conglomerado que entiende que una sociedad se construye focalizando derechos. Una apuesta como ésta al final seguirá reproduciendo la realidad actual: que una inmensa mayoría de los chilenos sea víctima de que se lucre con sus vidas, su salud, vivienda, educación etc. El desafío entonces, para las fuerzas de cambio, no pasa por robustecer una expresión progresista del neoliberalismo como es la Concertación, ni tampoco caer en los cantos de sirena de la nuevas – viejas – mayorías. Al contrario, es necesario horadar y limitar sus amplios grados de determinación que tiene en el escenario político, a través de una táctica unitaria que contemple amplitud y que ponga en el centro del debate electoral los conflictos sociales de los últimos años, especialmente el educativo.

Por lo anterior, es que creemos que no podemos enfrentar un 2013 sin un 2011, tanto en sus demandas como en sus actores. Debemos evitar la cooptación para la clase dominante y privilegiada, desde la unidad y amplitud, teniendo la capacidad de representar el malestar social de las mayorías que piden transformación y chocan con una democracia antipopular y un mercado deshumanizante, mediante la construcción de camino propio, con una política no en esencia electoralista, forjando una nueva alternativa, una nueva fuerza. No para rejuvenecer la gobernabilidad neoliberal de Pinochet, sino para que en este nuevo ciclo de luchas nazca una nueva alternativa con arraigo en las fuerzas sociales en organización.

Es por esto que, apostamos, desde las urnas, las calles y la movilización social, intentar  abrir, o al menos a generar las condiciones, para la irrupción de un nuevo ciclo histórico, capaz de superar de una vez por toda la herencia pinochetista y transicional, el cual ponga en su centro las aspiraciones populares para una vida digna, es decir, con derechos sociales universales garantizados y una profunda y radical apertura democrática. Para lo anterior, creemos fundamental constituir una alianza política y social amplia, independiente del duopolio, que permite perfilar a todos aquellos actores, movimientos y fuerzas que son genuinos representantes del Chile movilizado y de sus aspiraciones, especialmente en educación pero también en otras luchas sociales. Esta alianza debe también constituirse en una vía, no la única, para que tales movimientos y fuerzas puedan dar un salto al campo de la política sin tener que delegar su potencial transformador. Una nueva política debe perfilarse desde los nuevos movimientos, una que irrumpa para convocar al Chile de la calle. Creemos que Izquierda Autónoma, Revolución Democrática y otros movimientos están llamados a esto.

Este esfuerzo debe tener como horizonte programático ineludible y fundamental una democratización social, avanzar hacia la recuperación de derechos sociales universales, y  democratización política, una nueva institucionalidad participativa, que incluya un llamado a Asamblea Constituyente. En definitiva, de lo que hoy se trata es de re-ciudadanizar Chile,  sólo así iremos construyendo una franja de población con cada más conciencia de sí mismas y su potencial transformador.