Columna de Camila Rojas, dirigenta de Izquierda Autónoma y precandidata a diputada por la V costa.

Publicada originalmente en El Lider

Menos sueldo, previsión social y salud más caras, trabajo dentro y fuera del hogar, son algunas de las cargas extras en las espaldas de las mujeres. Acompañado de esas situaciones cotidianas y que pasan por naturales, día a día sabemos de casos de maltratos, violaciones y femicidios: “Comerciante santiaguino fue detenido por golpear a su mujer”, “Prisión preventiva para garzón que atacó a su pareja con un cuchillo”, “Agredió a su pareja y luego la dejó en la vía pública” son algunas noticias de El Líder de los últimos días.

En todas sus formas, y como señala la Red Chilena Contra la Violencia hacia las Mujeres, la violencia en la vida de las mujeres es un continuo, que se expresa en las relaciones al interior del hogar y también en espacios públicos como la calle, el trabajo, el colegio o la universidad. El femicidio es el último eslabón de estas violencias, y refleja plenamente el sometimiento al cual estamos expuestas y el desprecio soterrado que existe por nuestras vidas. Uso de armas blancas, asfixias y quemaduras son las causas más frecuentes de las muertes de mujeres en manos de hombres reconocidos como quienes “las amaban”, mutilaciones, arranques de ojos o piel las más brutales. Para completar la postal muchas veces mujeres y hombres enjuiciamos con frases del tipo ¿Cómo iba vestida? ¿Qué tomó? ¿Lo habrá engañado? ¿Le habrá coqueteado? Hablar de amor y enjuiciar lo que provoca es 1) atenuar las responsabilidades de los agresores y 2) que las mujeres seamos señaladas como causantes de la violencia; ambas olvidan el carácter estructural de esta situación.

Cifras del Ministerio del Interior indican que una de cada tres mujeres chilenas ha vivido violencia física, sexual o psicológica por parte de parejas o ex parejas. Culparlas es el camino fácil, al contrario el camino difícil nos invita a reconocer que este es un problema social que supera lo que vive cada mujer, siendo necesario prevenir y sancionar; y que la legislación debe ir más allá del ámbito intrafamiliar, abordando todas estas violencias e identificando desigualdades estructurales y discriminaciones arbitrarias que las intensifican (situación económica, etnia, orientación sexual). Socialmente debemos comprender que las mujeres somos personas en sí mismas y para nosotras mismas y no para los hombres, teniéndolo claro nuestras relaciones serán sanas y no meros ejercicios de dominación.