La idea de que el movimiento estudiantil para enfrentar el 2013, lograr sus demandas y proyectarse, tiene como tarea en lo inmediato la “articulación con otros sectores” se ha transformado en un lugar común. Un planteamiento como este por cierto no puede ni debe ser desechado a priori. Sin embargo, tampoco puede ser simplemente asumido sin una caracterización clara más allá de la consigna. Se nos hace necesario dimensionar en qué terreno estamos caminando, cual es la iniciativa del enemigo y que estaríamos entendiendo, junto con los alcances y restricciones de una herramienta como esta.

El presente artículo tiene como objetivo proponer un análisis político de la multisectorialidad y el rol que le cabe en el quehacer el movimiento estudiantil este año, más allá de titulares, ideologismos (de distinto signo) y mecanicismos. Se propone en primer lugar una breve caracterización del presente año, para luego abordar desde una visión de crítica constructiva algunos enunciados que sustentan la idea de hacer de la multisectorialidad, en si misma y per-se, un componente central. Finalmente, como corolario de todo lo anterior, se plantean algunas ideas acerca de cuál es el lugar que consideramos que debe tener.

¿En qué pie estamos?

Hoy nos enfrentamos a una iniciativa del enemigo mucho más clara y compleja que todas las que hemos debido afrontar durante el ciclo de movilizaciones iniciado el 2011. Durante este período nuestras reivindicaciones han avanzado de manera sustantiva sobre el sentido común, al punto que hasta personeros de la derecha se han expresado contra el lucro y a la Concertación no le ha quedado más alternativa que dejar de ignorarnos. Sin embargo, ya no estamos ante simples maniobras defensivas: asistimos a una clara iniciativa de cooptación y manoseo de nuestras demandas, que permita hacerlas “solucionables” dentro de los marcos del neoliberalismo.

El movimiento estudiantil ha tenido la particular capacidad de representar un malestar profundamente arraigado en la sociedad chilena, a partir de la frustración ante el incumplimiento de la promesa neoliberal del esfuerzo individual como llave para la superación personal. La movilización ha puesto sobre la mesa anhelos y visiones ajenas y antagónicas a los marcos de la transición, en particular la idea de un Estado garante de derechos en contraposición a una concepción subsidiaria y “focalizada” de los derechos sociales. Pocas veces, desde el retorno de los gobiernos civiles, una clase o grupo social fuera de la clase dominante, había logrado transversalizar una posición por fuera del Chile de Jaime Guzmán. Ni hablar de proyectos socialistas, para los cuales si es central la articulación y conducción de los sujetos revolucionarios.

Además, la articulación que pueden llegar a tener las demás expresiones de las clases subalternas no pasan por el rol mesiánico del movimiento estudiantil, sino por el grado de crisis que produzcan las fuerzas en posición de hacerlo. Por ejemplo, la actual crisis empujada desde el 2006/11 ha posibilitado la emergencia de nuevos actores, la dinamización a la movilización de otros sectores antes inmovilizados (universidades privadas, cft’s, ip) y la politización de la discusión al interior del movimiento social, y no por el acercamiento de un grupo a otro. Ha sido la lucha política la que ha abierto el camino.

De ahí que resulta una aproximación errada y profundamente identitaria pensar que la única importancia que tiene un actor social reside en su posición dentro del entramado productivo, sin considerar como criterio relevante para la política el rol efectivo que un actor puede ejercer en la correlación central de fuerzas en la sociedad. Este identitarismo es uno de los principales componentes que subyace a la idea de la “multisectorialidad” como vía única y prácticamente como un fin en si mismo.

Más allá del voluntarismo

Además de lo anterior, desde estos sectores se plantean también otro tipo de argumentos, que parten de esta (errada) premisa inicial. En primer lugar, la natural observación de que son los trabajadores y no los estudiantes el sujeto revolucionario y por lo tanto deben ser ellos quienes encabecen un movimiento social transversal y unificado. Esta aproximación (muchas veces más culposa que genuinamente revolucionaria) cae en el error anteriormente señalado, de desconocer la capacidad que ha tenido un actor como el movimiento estudiantil de contribuir a agudizar la crisis de legitimación y representación que sufre el bloque dominante. Pero además, incurre en otro error adicional: asociar de manera mecánica la posición estratégica de los trabajadores en el entramado productivo, con una inmediata disposición a la organización y la movilización. Un análisis a todas luces ciego de las condiciones materiales que atraviesan al mundo del trabajo en el Chile neoliberal, marcada por realidades como el subcontrato, la precarización, y la baja sindicalización.

Ahora bien, de lo anterior no puede por cierto derivarse la idea, igualmente falaz, de que el movimiento estudiantil sea capaz por sí solo de enfrentarse al cierre de la política. Es claro que un movimiento como el mencionado debe sí o sí apostar a generar alianzas amplias con sectores estratégicos, que permitan una posición de fuerza mayor para el movimiento social. La pregunta es por el cómo se llevan a cabo dichas alianzas, más allá de la obvia constatación de que estas son necesarias. Y esto por una razón muy simple: a pesar de lo que seguramente todas las fuerzas con vocación transformadora quisiéramos, la realidad del Chile actual nos muestra que, más allá del movimiento estudiantil, hoy son pocas las fuerzas sociales vivas con capacidad de articulación y movilización, y menos aún las que son capaces de generalizar sus intereses a la mayoría de los chilenos.

Tras las apologías a “los trabajadores” en abstracto, muchas veces se esconde una profunda ceguera ante una realidad que muestra niveles de organización aún muy incipientes en el ámbito laboral, lo cual se expresa en el número de trabajadores sindicalizados, la cantidad de huelgas y negociaciones colectivas, la poca capacidad de instalar sus reivindicaciones en la agenda política, aunque sean gremiales, y la cooptación por parte del colaboracionismo de clase del grueso de sus dirigencias. Por ejemplo, la movilización de los portuarios representó un importante despliegue en todo Chile, que generó ciertamente pérdidas al capital transnacional: sin embargo, se trató de una movilización básicamente por cuestiones propias del sector, y nadie con sentido de realidad podría afirmar que dicha movilización hizo mella alguna a la legitimación de las clases dominantes. En un sentido similar, los trabajadores del cobre ni en la demandas de la renacionalización de los recursos naturales han encontrado apoyo.

Por otra parte, y más atrás que el mundo sindical, los movimientos ambientalistas, regionalistas y poblacionales si bien han logrado frenar ciertas agendas y obtener victorias sectoriales, no se han proyectado como fuerzas que levanten alternativas en oposición al duopolio. Finalmente los problemas de la salud y de la previsión ni siquiera han logrado articulación suficiente para levantar una movilización.

Es claro que nada de lo anterior se debe a incapacidades ni limitaciones que sean inherentes a ninguno de los actores antes mencionados. Las razones son más profundas, y encuentran su fundamento en el radical cambio que tuvo el Estado chileno en el contexto de la dictadura cívico-militar. Resulta iluso y voluntarista pensar en reconstruir esa fuerza de la noche a la mañana, más aún cuando ni siquiera en los tiempos previos al golpe había logrado terminar de cuajar, a pesar de tener tras de sí más de medio siglo de luchas.

La multisectorialidad es y será un objetivo estratégico de toda fuerza con intenciones de transformación social real, una tarea primordial para la construcción de un proyecto alternativo. Pero una cosa es el objetivo estratégico, de largo aliento, y otra son las tareas centrales en el corto plazo que nos demanda la lucha política del 2013. No puede cometerse el error de que la afirmación de corte estratégico impida y obstaculice el enfrentar las tareas a las que nos enfrentamos este año, desviando la fuerza del principal actor que puede oponerse al cierre impulsado por el bloque dominante, y por lo tanto haciéndonos en la práctica mucho más difícil la tarea para los años venideros.

Hoy por hoy, estamos lejos de proponer la toma del poder por parte de las clases subalternas. Actualmente nuestro objetivo es mucho más humilde, pero igual de importante para el futuro: fisurar el consenso de las clases dominantes, posibilitando la emergencia de actores políticos capaces de iniciar procesos que permitan el retroceso del neoliberalismo. Para esto, es necesario el dar golpes a las bases bajo las que se sustenta el modelo, tal como hemos hecho ahora al cuestionar al mercado educacional levantando el derecho social que es la educación. Por ello, la centralidad inmediata es potenciar las movilizaciones sociales que tengan la capacidad de cuestionar las bases del modelo a través de sus demandas, y a la vez lograr una transversalidad que le permite instalar y defender trincheras dentro de la hegemonía ideológica del enemigo.

Multisectorialidad y proyecto político

¿Qué rol cumple la multisectorialidad entonces? No basta con simplemente enunciar al aire la “necesidad de articularse con otros sectores” sin plantear un cómo hacerlo. En ese sentido, la multisectorialidad no puede ser pensada como un mero agregado de reivindicaciones de distintos sectores sociales que se movilizan en conjunto, ni tampoco como proyectos antagónicos al modelo imperante que no son capaces de generalizar sus intereses a las clases subalternas, sino más bien, como la convergencia de ellos en torno a un objetivo político común, capaz de condensar los intereses particulares en un proyecto cualititatívamente distinto a la suma de demandas, de tal manera que se haga cargo de la totalidad de relaciones sociales existentes.

Un movimiento sin una unidad política definida en torno a un proyecto alternativo y coherente, y que no es capaz de transversalizar sus demandas, es un movimiento fácil de suplantar por parte de las fuerzas políticas ya constituidas. Por tanto, no basta con cualquier multisectorialidad: la multisectorialidad que permite avanzar es la que se da en torno a un proyecto político que representa los intereses de las clases subalternas y se constituye como una alternativa al modo de vida imperante.

Nuestro deber inmediato es evitar que la pequeña grieta que se ha abierto dentro de la hegemonía que desde la dictadura mantiene la clase dominante se repare, expulsando de nuevo al mundo social de la política e impidiendo con ello la articulación de un movimiento social capaz de proyectarse en un proyecto revolucionario. El rol que juega la articulación entre sectores sociales es considerable, un elemento sin duda de proyección estratégica, necesario, pero en ningún caso suficiente por sí solo y en abstracto. El camino que nos queda por recorrer es largo, y no hay lugar para tomar atajos.

 

Nicolás Valenzuela

Manuel Ubilla

Juan Pablo Ruiz