(artículo publicado en el segundo número de revista Contratiempo)

El aún reciente deceso de Hugo Chávez ha motivado hasta el día de hoy un intenso debate acerca de sus posibles repercusiones para el futuro del proceso venezolano y sus consecuencias para la región. Mientras las derechas afilan sus colmillos, en múltiples planos se debaten sus posibles efectos en experiencias como las de Bolivia, Ecuador o incluso Argentina y Brasil, de acuerdo a algunos. Experiencias que comparten un signo de incuestionable democratización social y política si se las compara con la enorme exclusión económica, social y política de vastos sectores de la población en nuestro país.

No buscamos en estas líneas hacer predicciones acerca del devenir del proceso venezolano y otras experiencias latinoamericanas. El presente artículo busca esbozar a grandes rasgos un marco interpretativo que permita abordar conceptualmente las transformaciones producidas en las últimas décadas en América Latina. Se busca trazar una genealogía de éstas, que sirva como provocación al debate y como herramienta para extraer las lecciones necesarias que permitan apropiarnos de manera creativa del legado político de estas experiencias en la tarea de construir una vía de superación del capitalismo en Chile y el resto del continente.

Una empresa de estas características se enfrenta a dos desviaciones muy recurrentes entre distintos sectores de la izquierda. Por un lado, obnubilarse con estos procesos y su carácter propiamente socialista. Se trata de una visión centrada únicamente en Chile, que concibe nuestro de neoliberalismo extremo como el único capitalismo posible, sin considerar las numerosas experiencias de capitalismo nacional en la historia del continente ni la capacidad del modelo de reinventarse y adaptarse a las peculiaridades de cada sociedad.

En el otro extremo, se impone un paralizante pesimismo, en el cual basta con establecer con académica torpeza el corte entre lo que es o no socialismo, para luego negar toda posibilidad de aprendizaje respecto a los procesos de democratización y protagonismo popular que hoy se viven en varios países de la región. Si desde la perspectiva anterior se impone una tentación de replicar mecánicamente dichas experiencias en nuestro país sin hacerse cargo de la especificidad del neoliberalismo chileno, aquí lo que prima es una profunda incapacidad de extraer lecciones de éstos que puedan resultar útiles para construir nuestra propia vía hacia la superación del capitalismo.

La excepción chilena

Chile no es la única experiencia en que la transformación neoliberal ha avanzado sin mayores crisis sociales ni conflictividades asociadas que la hayan puesto en tela de juicio. Experiencias como la colombiana, la peruana o incluso la mexicana, más allá de sus diferentes grados de avance, también caben dentro de este saco.  Sin embargo, sí existen dos elementos distintivos en el “giro neoliberal” chileno que resulta relevante consignar.

Por un lado, lo temprana que fue su implementación. Se ha señalado frecuentemente que Chile anticipó lo que años después sería el llamado “Consenso de Washington”: la primera formulación explícita a finales de los años ’80 de lo que puede concebirse como un programa político-económico propiamente neoliberal para América Latina. Cuestiones como el creciente giro primario-exportador, la privatización de empresas estatales y servicios públicos, los ajustes monetarios como también al nivel del mercado laboral, por nombrar algunas dimensiones, han avanzado y se han profundizado sin mayores sobresaltos en nuestro país desde mediados de los años ‘70.

Por otra parte, y ligada a lo anterior, la otra gran excepción chilena es que las bases de la transformación neoliberal se hayan sentado en dictadura, a diferencia de la mayoría de los países de la región, donde los principales impulsores de este curso de reformas fueron los regímenes democráticos posteriores a los autoritarismos. De ahí que por lo general la historia reciente de muchos países de la región, a diferencia de Chile, ha estado marcada por la incapacidad para estabilizar un orden político después de las dictaduras, así como la recepción conflictiva de las reformas neoliberales, al punto que éstas en muchos casos se ven reformuladas o de frentón revertidas.

Las diferentes tensiones y alianzas que se dan en cada país entre los diferentes grupos sociales que impulsan este tipo de reformas y aquellos que apuestan a contenerlas o revertirlas, es lo que se ha visto manifestado en la dirección que asume el proceso de desarrollo en los diferentes puntos de América Latina. A modo de hipótesis para el debate, plantearemos la existencia de otros dos tipos de cursos de transformación distintos al avance continuo del neoliberalismo.

Interrupciones al neoliberalismo: Los “neopopulismos”

 Si anteriormente fueron mencionados un conjunto de experiencias nacionales en las cuales la transformación neoliberal avanza sin grandes sobresaltos, en este apartado hacemos referencia a casos radicalmente opuestos. Experiencias como las de Argentina, Venezuela y Bolivia tienen como denominador común el representar situaciones en las cuales el impulso de este tipo de reformas trajo consigo fuertes procesos de crisis del sistema político, abriéndose situaciones de vacío de gobernabilidad en las cuales se hace explícita la pugna entre los principales sectores del gran capital (industriales y financieros, nacionales e internacionales). Es como consecuencia de esta disputa que, en este tipo de países, emergieron actores que asumen desde el Estado un esfuerzo de freno o reversión de las reformas neoliberales, reestatizando servicios sociales privatizados, promoviendo al sector productivo por sobre la especulación financiera, entre otras.

Cabe aclarar que en estas líneas caracterizamos este tipo de experiencias como “neopopulismos”, evitando la confusión simplista de entender “populismo” como “demagogia”, clásica desviación de la intelectualidad tecnocrática latinoamericana. Por “populismo” se entiende una forma específica de control social, estructurada en torno a la movilización de vastos sectores sociales con carácter de masa más que como clases constituidas como tales, en torno a la figura de un liderazgo articulador. De ahí que, evitando juicios de valor acerca de si esto es “bueno” o “malo”, es posible entender este tipo de experiencias como “neopopulistas” en la medida que se asume desde el Estado un impulso activo de una suerte de capitalismo nacional, que marca ciertos retrocesos de algunas transformaciones neoliberales, apoyado en sectores populares con un fuerte carácter de masa, debido a los procesos de precarización e informalidad asociados a los intentos de reforma neoliberal.

Por cierto, existen particularidades históricas diferentes entre uno y otro país. En Argentina serán amplios sectores medios y populares precarizados los que serán sumados en carácter de masa por el kirchnerismo a un consenso con los antiguos sectores industriales y los resabios del antiguo sindicalismo. En Bolivia tendrán un peso significativo, además de los sectores medios urbanos, los movimientos cooperativos, pequeños propietarios y PYMES, comunidades y en general unidades sociales intermedias, que no corresponden al clásico sindicalismo ni a una condición de masa inorgánica. Mientras, Venezuela estará marcada por el consenso entre una especie de “burguesía estatal”, hija del largo auge petrolero, y una base popular extendida, marcada por la pobreza y una inorgánica condición de masa. Pero, no obstante estas particularidades, es posible trazar una genealogía histórica similar en estos tres países. Si eso significa o no un idéntico futuro, solo el curso de la historia lo dirá.

“Liberalismo desarrollista”

El concepto de “liberalismo desarrollista” fue acuñado por Marco Aurelio García, uno de los principales ideólogos del gobernante Partido de los Trabajadores (PT) brasileño. Esta idea resume de manera expresiva un caso como el de Brasil, y posiblemente también algo de eso exista en las experiencias de Ecuador y Uruguay. En ellas se asumen como pilares fundamentales una hegemonía liberal en lo político y lo económico, mezclada con medidas dispersas de orientación desarrollista y políticas que permitan extender la cobertura social y mejorar los ingresos y posibilidades de ascenso de los sectores bajos.

En términos históricos, se trataría de experiencias nacionales en las cuales el impulso de la transformación neoliberal se ve limitado por el imperativo de hacerlo compatible con poderosos grupos de intereses locales (especialmente sectores de industria nacional) surgidos durante el período previo a las dictaduras como también durante éstas, imprimiéndose una orientación capitalista distinta a la que dicta la obediencia irrestricta al Consenso de Washington. En síntesis, si en países como Chile el neoliberalismo avanza sin contrapesos y en Argentina o Venezuela genera crisis y cierto grado de reversiones, en este tipo de experiencias lo fundamental es la capacidad de pacto entre actores sociales, conciliándose la tensión entre el impulso del programa neoliberal y la conservación de espacios heredados del período desarrollista y muy fuertemente arraigados en intereses internos.

Haciendo un ejercicio similar al apartado anterior de rescatar ciertas particularidades históricas, es posible señalar que el caso de Brasil está marcado por la conformación de una suerte de alianza social entre sectores tecnocráticos, burguesías nacionales que emergen de la “industrialización tardía” producida en dictadura y también grupos obreros que surgen de dicho proceso (particularmente el “nuevo sindicalismo”, principal base social del PT). La experiencia uruguaya, por su parte, presenta características similares, aunque la capacidad de contención y reformulación del giro neoliberal no corre tanto a manos de una burguesía local y nuevos grupos obreros, sino más bien de unas muy extendidas capas medias.

Finalmente, en el caso ecuatoriano podrían caber dudas de su clasificación en este apartado y no el anterior, considerando que sí se registra en los ’90 un avance neoliberal y su colapso bajo una resistencia creciente y radicalizada. Sin embargo, no es una alternativa “neopopulista” (como la que intentó encarnar Lucio Gutiérrez entre 2003 y 2005) la que llena el vacío político, sino más bien un camino relativamente reciente y cuyo carácter aún se encuentra abierto bajo el gobierno de Rafael Correa, recientemente reelecto en comicios que contaron con la participación de más del 80% de los ecuatorianos habilitados para hacerlo.

La vía chilena al socialismo

En un año en el cual se cumplirán 40 años del golpe de Estado que sepultó el proyecto de “revolución con sabor a empanadas y vino tinto” de la Unidad Popular, nos intentan convencer de distintas maneras que pensar en una alternativa de superación del capitalismo en Chile es cuestión del pasado. La intelectualidad tecnocrática constantemente se encarga de presentarnos como un país modelo, con una economía estable, un modelo político consolidado, y una burocracia moderna, eficiente y menos corrupta que el resto.

Ante la enorme dificultad y la impotencia que esto puede generar para un esfuerzo revolucionario, no basta con abrazar eufóricamente la estética y las banderas de otros procesos sociales que se llevan a cabo en la región, ni tampoco con desdeñar de manera arrogante sus esfuerzos de construcción y democratización. En tiempos en que se nos invita a debatir solamente sobre cómo administramos mejor el modelo que ya existe, se nos impone como una tarea ineludible el apropiarnos creativamente de estos procesos, haciéndonos cargo de nuestras propias condiciones históricas y el carácter específico de nuestro capitalismo, sobre el cual desplegaremos la lucha política. Es éste el mejor homenaje posible a Chávez y a la larga tradición de luchadores sociales que han levantado las banderas de la igualdad y el protagonismo popular en América Latina.

José Miguel Sanhueza

@albohemio