(artículo publicado en el segundo número de revista Contratiempo)

La autonomía puede entenderse al interior del debate marxista desde dos perspectivas. Por un lado, autonomía como independencia de clase, como gestación de un sujeto político-social cualitativamente distinto a la burguesía, íntimamente relacionada a la autodeterminación y la autovaloración. Es una independencia subjetiva, organizativa e ideológica.

Por otra parte, autonomía es también emancipación, entendida como modelo, prefiguración o proceso de construcción del horizonte de liberación. Se relaciona con una estrategia política autónoma de carácter transformador, que sea capaz de vincular teoría y práctica revolucionaria, de relacionar una nueva forma de entender la realidad con una nueva manera de enfrentar el mundo.

En términos globales, la autonomía es un principio orientador de la acción que articula ambas dimensiones antes señaladas -la de independencia de clase como la de emancipación-, las cuales conviven en una misma situación histórica y por tanto pueden ser comprendidas como un todo estructurado. Sin embargo, el advenimiento del capitalismo como modo de producción trajo consigo el desgarro de esta posibilidad de comprensión -aunque no su fractura total-. La razón de aquello es que la voluntad colectiva que se forjó en el capitalismo, con capacidad de discernimiento propio, independiente de fuerzas exógenas -como el poder divino o el orden natural- fue atesorada por las fuerzas dominantes y negada para los dominados. A partir de ese momento, a los dominados se les presenta como desafío y como obligación, la necesidad de conquistar su autonomía, su propia forma de construir la historia.

En la discusión filosófica, la autonomía se opone a la heteronomía. Es la forma de superar la aceptación de reglas morales que proceden de fuerzas ajenas a la conciencia del hombre mismo. Desde una perspectiva histórica, es el principio en el que se funda la posibilidad de hacer del hombre el protagonista de su propia historia. En la política, es la base para la expresión de la rebeldía humana, de la insubordinación y la sublevación. Es lo que permite erigirse frente a la servidumbre, la inclinación y la opresión. Es un principio de ruptura política. Es la expresión de la emergencia del poder de la clase.

La autonomía da un paso adelante de la simple negación, no obstante, sin ella no existe. A partir del conflicto se construye la independencia. Del antagonismo deriva la autonomía. Es la lucha cotidiana -en contra de las prácticas, del sentido de la acción, de las normas y los valores- el factor de diálogo entre el ser social y la conciencia social. El interés por el impacto que genera el conflicto en la formación de sujeto y la conciencia de si mismo es un nudo central en la teoría marxista. Esta ha sido la preocupación de prácticamente todos los líderes políticos que han llevado el marxismo hacia una expresión política y no puramente académica, tales como Lenin, Mao, Gramsci o el Ché Guevara. Ellos, empezando del análisis de la subordinación, de la experiencia misma de la dominación, desplegaron sus iniciativas tanto intelectuales como orgánicas y políticas, para la comprensión de las emergencias subjetivas vinculadas con las experiencias de conflicto y rebelión

Y es que la posibilidad de realizar plenamente la autonomía humana no ha encontrado mejor abrigo que en las ideas y en la acción socialista. El socialismo, como horizonte alternativo al capitalismo e impulso de la acción revolucionaria (no como doctrina estanca o conjunto de consignas), no es otra cosa que la realización de la autonomía, pero de todos los individuos, no de sólo algunos, y por lo tanto de la sociedad toda. Es la emancipación en antagonismo con la explotación. Como Marx y Engels resumen el Manifiesto Comunista: “el movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una inmensa mayoría”

Esa convicción, en parte intelectual pero sobre todo vital, ha animado todas las luchas emancipatorias de los trabajadores y los pueblos oprimidos del mundo. Los dominados no conquistarán su libertad sino es librándose de las cadenas, económicas y espirituales, con que los dominantes lo subyugan.

La famosa arenga allendista de “La historia es nuestra y la hacen los pueblos” representa también un llamado a la construcción de autonomía política. Es una referencia a que todo acto histórico debe ser forzosamente realizado por una entidad colectiva, por una unidad cultural y social que permite aunar a una multiplicidad de voluntades disgregadas bajo un mismo fin. Esto hace posible que una heterogeneidad de particularidades se afiance en una común concepción del mundo y una similar forma de afrontarlo.

Contrario a lo que nos dice el liberalismo, ideología servil al capitalismo, la autonomía es colectiva. “Para todos todo; para nosotros nada”, decía el Subcomandante Marcos. La dominación, mediante sus distintas instituciones incrustadas en lo más profundo de la sociedad civil, ha querido hacernos creer que la autonomía es individual, y que la libertad no es otra cosa que hacer lo que al individuo le plazca. Eso no es libertad. Eso es sometimiento al impulso, a lo natural. Es la anulación de la facultad humana de pensar y de crear.

Muy por el contrario. La traducción concreta más superior de la libertad y la autonomía no es otra cosa que la acción colectiva, consciente y soberana. El compromiso con la libertad para liberar. La organización por la conquista de la autonomía. Eso es lo que ha impulsado históricamente a las revueltas, revoluciones, organizaciones y nuevas formas de ser. Y es algo que no se puede detener. Menos en tiempos donde las élites dominantes han reconquistado con gran capacidad, las riendas para imponer sus propios términos, su propia forma de pensar y de sentir, a las grandes masas humanas.

Desgraciadamente, la izquierda tradicional le ha hecho flacos favores al pueblo en la lucha por su autonomía. Con la fijación de producir formas de obediencia limitadas, ha terminado por postergar la rebeldía y la autonomía para un futuro que nunca llega, reprimiéndolas hasta destruirlas en el presente. Pese a la estatización de los medios de producción y a la eliminación de la propiedad privada en los socialismos reales, la batalla por la hegemonía, por la dirección moral y política de la sociedad, la ganó la burguesía. No porque posean una riqueza económica que les pemite tener el control de los medios de propaganda, sino fundamentalmente porque comprendieron que el regular la vida espiritual de las sociedades modernas, no podía darse única y exclusivamente mediante el control de los dispositivos de “orden y mando” del aparato estatal.

La “revolución”, sin autonomía política de la clase, es sólo apoyar a una nueva clase dominante, que se erige como “representante” ante el poder político de los intereses o “derechos” de los trabajadores, pero sin alterar más que por encima la forma de la vida social, o bien, únicamente haciendo reformas sociales que buscan “humanizar” el capitalismo, independiente de su fraseología.

Pocos son los que han seguido el ejemplo de Rosa Luxemburgo, quien consideraba que el Partido, como expresión de la vanguardia militante y máximo referente de la autonomía política de la clase obrera  “no debía ponerse a las órdenes de las clases dirigentes en defensa del estado clasista actual, ni de apartarse silenciosamente esperando que pase la tempestad, sino de seguir expandiendo y fortaleciendo la lucha por la autonomía, que en toda gran crisis de la sociedad burguesa golpea las clases dirigentes y empuja a la crisis más allá de ella misma”.

Uno de los que siguió este camino y tradujo esa convicción en el principio de autonomía a la acción revolucionaria fue Gramsci. Para el revolucionario italiano, la clase obrera no podría construir el socialismo sino era contraponiendo formas de pensamiento, instituciones y valores propios frente a las formas de pensamiento, instituciones y valores dominantes, que no son otros más que los de la clase dominante. Lo relevante de su pensamiento radica en dejar en claro que el asalto al poder no empieza cuando se atacan sus centros detentadores de violencia, sino cuando se incita a cuestionar normas y valores, a romper con la “clausura de sentido” que legitima su existencia.

Los desafíos que tenemos los luchadores sociales del Siglo XXI es precisamente superar estas deficiencias y pasar a la ofensiva de la mano de una preparación lenta, rigurosa y sistemática de todo un conjunto de capacidades y estructuras que garantizarán la posibilidad de desafiar la dominación imperante. El poder de los dominantes y por tanto la permanencia y profundización del capitalismo y sus lógicas deshumanizantes, no se ejerce sólo sobre la base de la represión. Le es imprescindible controlar la producción, difusión y aceptación de normas de valoración y comportamiento. El poder se apoya en aquello que da sentido, en lo que enseña a pensar unas cosas y no otras. En las aspiraciones que son permisibles y aceptadas. En aquello que se tiene que amar y en aquello que se tiene que odiar. Es en el fondo, la capacidad de englobar toda la producción espiritual en el cauce de los intereses dominantes.

Por lo tanto, la lucha por la conquista de la autonomía de los dominados, inmersa en la experiencia viva del capitalismo, es concreta, es práctica y es material. Posee una negación y una prefiguración. El sometimiento a la hegemonía dominante, nos permite ver lo que el socialismo no es y no puede ser. Del mismo modo, el análisis de las revoluciones proletarias, pero también de la lucha sobre el control de la vida cotidiana, permiten decir lo que el socialismo puede y debe ser.

En el fondo, no hay algo que se pudiera llamar “el modo subalterno de apropiación de la realidad”, pero sí hay algo que está presente, como potencialidad, como posibilidad, en el conjunto de momentos específicos en donde se expresa la subalternidad. La autonomía se conquista en la lucha misma por la autonomía. La nueva sociedad no se inventa después de la toma del poder, sino que está determinada por el propio proceso de la lucha por el poder.

Esa posibilidad es la tenemos que tomar con nuestras propias manos. Construir autonomía es un desafío colectivo y cotidiano. Organizarse en tiempos donde reina la despolitización y el individualismo es un imperativo para cambiar el estado real de las cosas. La lucha por la emergencia de nuevos actores socio-políticos debe ir acompañada de procesos reales que configuren, no sólo una resistencia, sino una emancipación de los mismos. El poder implica hacer. Para construir un poder alternativo, contrahegemónico, hay que hacer cosas alternativas y contrahegemónicas. No sólo por la propia actividad concreta, sino porque es luchar por cambiar el mundo negando el que existe. La rebeldía y la autonomía no es algo natural. Es un paso hacia adelante. Compañeras y compañeros, sigamos avanzando.