Como rara vez habemos tantos autónomos juntos, y es más raro aún que lo estemos a la vez con gente importante para nosotros como organización pero también para cada uno como personas, dan ganas de aprovechar la instancia y decir muchas cosas. Pero mientras preparaba estas palabras, caí en la cuenta de que lo más importante es tal vez referirme a lo que está en juego este año para todos nosotros, militantes y no militantes, luchadores sociales y políticos, frenteamplistas e independientes, disconformes y rebeldes de los más diversos tipos.

Con no poca razón, los izquierdistas de antaño advertían contra la “ilusión democrática” que suelen despertar las elecciones. El bombardeo de propuestas hechas a la medida de lo que cada miembro del público quiere escuchar, la facilidad con que los candidatos ofrecemos una sonrisa, van produciendo un ambiente en el que no parece tan descabellada la idea de que una persona puede valer un voto. Razón, digo, porque la realidad se encarga rápidamente de demostrar que los poderes que moldean cómo vivimos nuestras vidas no suelen presentarse a elecciones. Gobiernan por la fuerza, y las más de las veces no por la bruta, sino por la fuerza de quien controla los medios con los que subsistimos.

Esto es incluso más cierto que ayer. Los señores Luksic, Angelini o Matte nunca han puesto sus nombres en una papeleta. Y aún así determinan si podemos acceder o no, y a qué precio, no ya a bienes de consumo, sino al agua, a la salud o a la educación.

Pero vista desde hoy día, esta advertencia izquierdista parece extemporánea, incluso un tanto tierna, como los chistes con los que se reían nuestros abuelos. Pero no porque haya sido refutada, sino porque parece estar de sobra: con esta democracia ya casi nadie se ilusiona. Cada vez menos chilenos esperan algo de la política, ni hablar de dejarse seducir por discursos y programas. Si la fiesta de la democracia no fuera una imagen, sino una fiesta de verdad, sería una extremadamente aburrida, decadente incluso, con apenas un par de invitados dando tumbos en las paredes, mientras se retan a un duelo de cinismo y beben sobras con más cenizas que trago, animando una escena sumamente poco atractiva.

Es inevitable, sin embargo, no sentir que los que vienen llegando a esta malograda fiesta, ilusionados con abrirla a los que pasan afuera, somos nosotros. Para decirlo sin rodeos: enfrentamos la cruel paradoja de querer construir una nueva política justo cuando la política se encuentra más desprestigiada. Solamente asumiendo y encarando esta realidad podremos revertirla.

El desafío de las fuerzas de cambio que componemos el Frente Amplio, por lo tanto, no es “entrar” al sistema político de la transición, ni tampoco arrancarle a éste una cuota de “representación” para quienes han permanecido excluidos. Es que el propio sistema político está en el suelo, la sociedad le pasa por el costado.

No hay que tener un doctorado en sociología para entender por qué pasa esto. Las razones son muy concretas, mucho más que las metafísicas explicaciones que invocan los sacerdotes del neoliberalismo. Si las instituciones representativas, las que se deben al electorado, tienen cada vez menos capacidad de incidir en el modo en que producimos y convivimos, ¿por qué entonces molestarse en salir a votar o en gastar el poco tiempo que nos deja la pega en reuniones de partido?

La política democrática no convoca, porque la propia democracia juega un rol cada vez menos relevante en la sociedad. El Estado resultó a tal punto capturado por la elite empresarial, que ya no es capaz de mediar de forma legítima entre los derechos de las personas y los afanes de ganancia de sus patrones. En el lugar de la democracia se impuso al mercado, y hoy chapoteamos en sus aguas, sórdidamente utilitarias y egoístas, para sobrevivir.

Lo que está en juego, por lo tanto, si queremos cambiar para mejor nuestras condiciones de vida, no es menos que reconstruir las condiciones de posibilidad de la democracia. No darlas por sentadas. Y para lograrlo debemos ir a la raíz del problema y encararlo sin ambigüedades. Podemos calmar nuestras conciencias hablando de las virtudes de la transparencia, prometer que bajaremos nuestros sueldos si llegamos al Parlamento, seducir a nuestra audiencia con el hecho de que no robamos y somos jóvenes… pero todo eso será decoración si no asumimos que para expandir la democracia y conquistar una soberanía efectiva sobre nuestras vidas, desmercantilizar la vida debe ser un principio irrenunciable de nuestra acción política.

Esto implica superar decididamente la engañosa creencia según la cual puede haber democracia sin haber derechos, según la cual puede haber una república sin ciudadanía. Romper, en definitiva, con la piedra angular del proyecto histórico de la Concertación.

Hay quienes piensan que esto no es muy difícil, ahora que los héroes aparte de fatigados están formalizados. Pero la cuestión no es tan simple, porque sigue estando en pie el binominal, y no me refiero al sistema electoral, porque nunca fue sólo eso, sino a la cultura binominal, ese conjunto de hábitos mentales y disposiciones prácticas que presionan para que las fuerzas de cambio nos subordinemos a las disputas internas de la Concertación, como si Chile todavía fuera el país del Sí y el No.

Si algo dejó en evidencia lo inútil que es dejarse llevar por la cultura binominal ha sido el gobierno de la Nueva Mayoría. Su fracaso es también el fracaso de la tesis de las “dos almas de la Concertación”. El bando supuestamente “progresista” de la coalición por fin tomó control del barco, pero sólo para llevarlo por la misma senda ya trazada. Pese a la retórica reformista manoseada, nunca antes se había subsidiado con tantos recursos estatales la conquista emprendida por el sector privado de los servicios públicos. Si esto es reformismo, nosotros somos astronautas. La Nueva Mayoría despilfarró la posibilidad de emprender grandes reformas, posibilidad que se había ganado en la calle, peleando con autonomía por ampliar los límites de lo posible.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos autonomía política.

Pero autonomía no significa que los que estamos bastamos, ni que esto comienza con nosotros. La corrosiva invasión del mercado sobre cada vez más aspectos de nuestra vida individual y colectiva, ha vuelto a poner a la orden del día el problema de la oposición entre capitalismo y democracia. Resuenan así las preocupaciones originales del socialismo, y en un sentido más amplio, la preocupación de la izquierda por hacer de la democracia y la libertad no sólo palabras en un papel, sino una realidad para todos y todas.

Nuestros objetivos inmediatos son entonces pasos en un camino mucho más largo, que se extiende no sólo al futuro con un alcance insospechado, sino también hacia el pasado, conectándose con las generaciones anteriores que lucharon por mantener viva la esperanza en una sociedad distinta.

No se trata de un deber moral. Se trata de una necesidad política. Debemos enfrentar los desafíos de nuestro tiempo con la creatividad con que Recabarren enfrentó los del suyo, levantando organización allí donde los poderosos menos la esperan; luchar, como luchó Eugenio González, por poner los grandes avances técnicos y científicos de nuestro tiempo al servicio de las personas y no al revés, para hacernos más y no menos libres; trabajar, como lo hizo Raúl Ampuero, por darnos partido y proyecto, por darnos brújula y barco para hacer de la política no un deporte, sino una herramienta de efectiva transformación social.

La magnitud de los desafíos que enfrentamos, en definitiva, nos obliga a reimaginar la izquierda. No como un pequeño núcleo de convencidos. Reimaginarla como la herramienta de la unidad social y política de las mayorías, del nuevo en Chile en movimiento que se rebela por un sistema de auténtica seguridad social, por acabar con el yugo del endeudamiento en educación, por la autonomía y la plena ciudadanía de las mujeres, por la conquista de derechos sociales fundamentales.

Llegar al punto de proponerse estas metas, de pensarlas como posibles, no ha sido fácil. Y en adelante, incluso si nos va bien, sobre todo si nos va bien, se vienen más dificultades. Pienso que el ciclo de luchas sociales del que nosotros como Izquierda Autónoma provenimos, de lo que se ha tratado, al final, es de luchar por el derecho a disentir y a imaginar sin permiso una política distinta. No se ha traducido en grandes reformas todavía, de ahí que sea tan difícil encontrar de dónde agarrarse para mantener la esperanza, especialmente considerando toda la derrota que hay para atrás y la incertidumbre que hay cuando miramos para delante.

Sobre esta cuestión de la esperanza es que quiero compartir con ustedes unas palabras que escribió Manuel Rojas, tal vez para saber cómo lidiar con la esperanza, con el hecho de que sea tan esquiva y tan intempestiva a la vez…

Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella.

Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.

Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.

Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.

Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?

Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.

(De qué se nutre la esperanza, Manuel Rojas, 1948)

Francisco Figueroa

Coordinador Nacional de Izquierda Autónoma

Santiago, Mayo 2017