La votación del Frente Amplio en las primarias presidenciales estuvo dentro de lo que las fuerzas que lo componen esperábamos. No es una votación menor para una alianza con apenas 6 meses de existencia. El balance es más crítico, sin embargo, en comparación con la votación de la derecha y en relación a las grandilocuentes expectativas provenientes de nuestras propias filas. No permite, en todo caso, sacar juicios concluyentes de cara a las generales de noviembre. Pero sí hacer evaluaciones de medio camino para corregir el rumbo.

La derecha demostró una notable capacidad de movilizar a su electorado duro. Y lo hizo bajo el predominio no de una renovación sino de una afirmación de su versión más regresiva. El prometido asomo de una derecha “liberal” volvió a esfumarse y el sector demostró capacidad de procesar el descontento en una clave conservadora, de aversión al cambio. En un contexto de baja participación, el avance de esta fórmula puede aumentar la eficacia de las viejas máquinas partidarias y el distanciamiento mayoritario de la política.

El Frente Amplio irrumpe por primera vez en la arena electoral y queda mejor parado que ayer en miras de la batalla parlamentaria. El problema es que la grandilocuencia contribuyó a sembrar expectativas mucho más altas, expectativas que por supuesto no se cumplieron y que hoy nuestros adversarios usan contra nosotros. Me refiero a las afirmaciones sobre que apostábamos a ganarle a Piñera en esta primaria y que poco menos que ya habíamos echado abajo al duopolio. Ayer quedó claro lo que todos sabemos: que el FA es un proyecto en formación y que recién debuta en política.

La situación, guardando las proporciones, me recuerda a la bofetada que recibió de vuelta Podemos en 2016 tras prometer un “sorpasso” al PSOE que nunca llegó. Hiperventilados por las encuestas y la compulsión por mostrar credenciales de gobernabilidad, el sector que más confianza depositó en el poder “constituyente” de la “guerra electoral” acabó imponiéndole a Podemos los criterios de evaluación que sus adversarios habían cocinado. De este modo, lo que en realidad fue un triunfo (71 escaños parlamentarios, peor votación histórica del PSOE, quiebre del bipartidismo, cohesionamiento de fuerzas de cambio) quedó como una derrota. Esto sobredeterminó muchas cosas en adelante.

Nosotros no hemos ganado nada aún, que no quepa duda. Pero acudo a este ejemplo porque a nosotros también nos acecha el problema de cifrar todos nuestros movimientos en función del corto plazo. Ya por la vía de sacrificar la identidad y programa propio para ampliar la base electoral, confundiendo amplitud con ambigüedad, problema que predominó en la candidatura de Beatriz Sánchez (ver última declaración que sacamos como IA para conocer nuestra posición más en extenso). Ya por la de adoptar una línea de “todo vale” para posicionarse en la disputa interna y un foco en una versión estática de la izquierda, problema que prevaleció en la precandidatura de Alberto Mayol.

Por anga o por manga, en la antesala de la primaria presidencial predominó lo electoral como fin en sí mismo y no como medio, como una dimensión total y no parcial de nuestro proceso de constitución y acumulación política.

Para corregir el rumbo no basta con introducir “matices” en el discurso. Hablando, por ejemplo, más seguido de fortalecer los movimientos sociales o haciendo autocríticas moralistas de cuando en vez. Tampoco se trata de hacer ajustes a la estrategia electoral. Esta no es una discusión a sostener entre estrategas electorales y asesores de contenido. Es un debate que debemos protagonizar las fuerzas políticas y sociales que componemos el Frente Amplio, dándolo franca, directa y abiertamente.

Estos meses, además, ha quedado claro que apelar a una vacía “transversalidad” no significa un mejor desempeño electoral. Se intentó y no rindió lo prometido. En cambio, como aspiramos a construir un proyecto de transformación social, nuestra votación debe expresar la formación de un nuevo sentido común, que sea base socio-cultural de una alternativa al propio régimen de la transición y no sólo a sus excesos más abyectos. Por eso es tan importante tomar e impulsar definiciones nítidas de cambio en la concepción de Estado y modelo de desarrollo vigentes, para encarar con claridad y mirada global la demanda social por redistribución del poder y la riqueza.

Si renunciamos a hacer esto en aras de “ir a buscar votos al centro” o la tentación tecnocrática de proponer mejores políticas pública aisladas, sin proyecto distinto de sociedad y Estado, el 20 de noviembre tendremos las manos vacías. Incluso si aumentamos nuestra presencia parlamentaria, serían sólo más voces de denuncia y fiscalización mediática. El avance del Frente Amplio debe ser el avance de una fuerza social y cultural que rompa las bases del consenso neoliberal de la transición.

Para lograrlo, la grandilocuencia no sólo es insuficiente, se ha demostrado contraproducente. En adelante, en el Frente Amplio el diálogo y la soberanía de las organizaciones, movimientos y partidos, debe prevalecer sobre las ocurrencias de nuestras vocerías más visibles y mediáticas. Sólo así podremos autodeterminarnos y trabajar sobre nuestras propias definiciones y no las que nos impone el ambiente. Ahora que tenemos una candidatura presidencial única, en ésta se debe dar cabida a la pluralidad de esfuerzos que han hecho posible el FA y a quienes miran desde fuera con dudas.

Hay que asumir también que la modalidad de construcción del programa debe ser repensada. Habiéndolo planteado desde un comienzo, hoy lo mantenemos: el programa del Frente Amplio debe ser construido con las fuerzas sociales organizadas en la lucha por expansión de derechos, recogiendo sus demandas y dotándolas de proyecto, no a partir de la suma de pareceres individuales. Además de obedecer a un paradigma que mantiene desarmadas a las mayorías, este modelo ha dejado a nuestras candidaturas careciendo demasiado tiempo de contenido y alianzas sociales relevantes.

Finalmente, el Frente Amplio debe perder el miedo a confrontar a la Concertación. Y, de haber diferencias, discutirlas abiertamente, no disfrazándolas de matices de estrategia electoral. Hacerlo es fundamental porque la construcción de una nueva izquierda, amplia y anclada en el Chile actual y el que viene, supone desarmar la domesticación impuesta sobre los sectores democráticos por el progresismo neoliberal. Lo que hagamos en la segunda vuelta será definido por lo que hagamos desde hoy hasta la primera. Es ingenuo desestimar la influencia que la Concertación ejerce sobre algunos sectores del FA. Por eso, debemos poner nuestros términos y actuar con unidad. En buena medida, allí se juega el constituirnos como una fuerza política y no sólo electoral.

Nadie dijo que iba a ser fácil. Pero en la desazón sólo pueden caer quienes primero se pasaron películas. Para quienes trabajan con los pies en la tierra y la mirada puesta en las grandes transformaciones, la esperanza está intacta. Ahora, a trabajar en dotarnos de más y mejor unidad política, en perfilar mejor nuestra candidatura presidencial y en conquistar una bancada parlamentaria comprometida con dejar atrás el Chile del pacto derecha-Concertación. ¡Allá vamos!